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Vicente Balaguer

La actitud y las enseñanzas de Jesús —que después siguió la primera comunidad cristiana, como se ve en el libro de los Hechos de los Apóstoles y en las cartas del Nuevo Testamento— otorgaban a la mujer una dignidad que contrastaba con las costumbres del momento.

Aunque hay diferencias entre las clases altas y las populares, lo común es que la mujer no tuviera un lugar en la vida pública. Su ámbito era el hogar donde está sometida al marido: salía poco de casa y cuando salía lo hacía con el rostro cubierto con un velo y sin detenerse a hablar con los hombres. El marido podía darle el libelo de repudio y despedirla. Ciertamente, todo esto no se aplicaba estrictamente a las mujeres que, por ejemplo, tenían que trabajar ayudando en las tareas del campo. Pero aún así, no podían detenerse a solas con un hombre. Donde se percibe la diferencia más notable con el varón es, sin embargo, en el plano religioso: la mujer está sometida a las prohibiciones de la Ley, pero está liberada de los preceptos (ir a las peregrinaciones a Jerusalén, recitar diariamente la Shemá, etc.). No estaba obligada a estudiar la Ley y las escuelas se reservaban para los muchachos. De la misma manera, en la sinagoga las mujeres estaban con los niños, separadas de los varones con un enrejado. No participaban en el banquete pascual ni eran contadas entre los que pronuncian la bendición después de la comida.

Frente a esto, en los evangelios, descubrimos muchos ejemplos de una actitud de Jesús abierta: además de las muchas curaciones de mujeres que realiza, en su predicación propone a menudo ejemplos de mujeres como la que barre la casa hasta encontrar la dracma perdida (Lc 15,8), la viuda perseverante en la oración (Lc 18,3), o la viuda pobre y generosa (Lc 21,2). Corrigió la interpretación del divorcio (Lc 16,18) y admitió mujeres en su seguimiento. En cuanto al seguimiento de Jesús, o al discipulado, también la actitud de Jesús fue más abierta. Jesús tenía seguidores, discípulos sedentarios, podría decirse, que vivían en sus casas, como Lázaro (Jn 11,1; cfr Lc 10,38-39), o José de Arimatea (Mt 27,57). De la misma manera que ellos se puede considerar seguidoras a Marta y a María (Lc 10, 38-41). De María se dice que “sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra” (Lc 10,39), como una manera de significar la actitud del discípulo del Señor (cfr Lc 8,15.21). También en el evangelio se habla de la misión itinerante de Jesús y de sus discípulos. En este contexto hay que entender Lc 8,2-3 (cfr Mt 27,55-56; Mc 15,40-41): Jesús “pasaba por ciudades y aldeas predicando y anunciando el evangelio del Reino de Dios. Le acompañaban los doce y algunas mujeres que habían sido libradas de espíritus malignos y de enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; y Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes; y Susana, y otras muchas que les asistían con sus bienes”. Hay un grupo de mujeres que acompañan a Jesús y a los Apóstoles en la predicación del Reino y que desempeñan una labor de diaconía, de servicio.

Bibliografía: J. Gnilka, Jesús de Nazaret, Herder, Barcelona 1993; A. Puig, Jesús. Una biografía, Destino, Barcelona 2005; J. Jeremias, Jerusalén en tiempos de Jesús, Cristiandad, Madrid 2000; J. González Echegaray,Arqueología y evangelios, Verbo Divino, Estella 1994.

Vicente Balaguer

Es sabido que no poseemos el manuscrito original de los evangelios, como tampoco el de ningún libro de la antigüedad. Los escritos se transmitían mediante copias manuscritas en papiro y después en pergamino. Los evangelios y los primeros escritos cristianos no son ajemos a este tipo de transmisión. El Nuevo Testamento deja ya percibir que algunas cartas de San Pablo se han copiado y se trasmiten en un cuerpo de escritos (2 Pe 3,15-16), y lo mismo ocurre con los evangelios: las expresiones de San Justino, San Ireneo, Orígenes etc., anotadas en la pregunta anterior (¿Quiénes fueron los evangelistas?)dan a entender que los evangelios canónicos se copiaron enseguida y se transmitieron juntos.

El material utilizado en los primeros siglos de la era cristiana fue el papiro y a partir del siglo III se empezó a usar el pergamino, más resistente y duradero. Sólo desde el siglo XIV se comenzó a utilizar el papel. Los manuscritos que conservamos de los evangelios, con un estudio atento de lo que se denomina crítica textual, nos muestran que, frente a la mayoría de obras de la antigüedad, la fiabilidad que podemos darle al texto que tenemos es muy grande. En primer lugar, por la cantidad de manuscritos. De la Iliada, por ejemplo, tenemos menos de 700 manuscritos, pero de otras obras, como los Anales de Tácito, sólo tenemos unos pocos —y de sus primeros seis libros sólo uno—. En cambio, del Nuevo Testamento tenemos unos 5.400 manuscritos griegos, sin contar las versiones antiguas a otros idiomas y las citas del texto en las obras de los escritores antiguos. Además, está la cuestión de la distancia entre la fecha de composición del libro y la datación del manuscrito más antiguo. En tanto que para muchísimas obras clásicas de la antigüedad es casi de diez siglos, el manuscrito más antiguo del Nuevo Testamento (el Papiro de Rylands) es treinta o cuarenta años posterior al momento de composición del evangelio de San Juan; del siglo III tenemos papiros (los Papiros de Bodmer y Chester Beatty) que muestran que los evangelios canónicos ya coleccionados se transmitían en códices; y desde el siglo IV los testimonios son casi interminables.

Obviamente, al comparar la multitud de manuscritos, se descubren errores, malas lecturas, etc. La crítica textual de los evangelios —y de los manuscritos antiguos— examina las variantes que son significativas, intentando descubrir su origen —a veces, un copista intenta armonizar el texto de un evangelio con el de otro, otro intenta explicar lo que le parece una expresión incoherente, etc.— y buscando de esa manera establecer cuál pudo ser el texto original. Los especialistas coinciden en afirmar que los evangelios son los textos que mejor conocemos de la antigüedad. Se basan para ello en la evidencia de lo dicho en el párrafo anterior y también en el hecho de que la comunidad que transmite los textos es una comunidad crítica, unas personas que implican su vida en lo afirmado en los textos y que, obviamente, no comprometerían su vida en unas ideas creadas para la ocasión. 

J. Trebolle, La Biblia judía y la Biblia cristiana. Introducción a la historia de la Biblia, Trotta, Madrid 1998; J. O’Callaghan, Los primeros testimonios del Nuevo Testamento. Papirología neotestamentaria, El Almendro, Córdoba 1995; E.J. Epp, “Textual Criticism (NT)”, en Anchor Bible Dictionary VI, Doubleday, New York, 1992, 412-435; F. Varo, ¿Sabes leer la Biblia? Planeta, Barcelona 2006.