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Un cirujano opera a Jesucristo
Meditación. Un solo cuerpo.
 
Cada vez van desapareciendo más de la Iglesia ciertas formas de piedad que hoy nos parecen pasadas de moda. Por el contrario, van aumentando otras maneras de manifestar a Dios nuestra piedad, de modo que ésta resulte mucho más profunda y más al gusto de hoy.

Por ejemplo, todo lo que se refiere al amor de Jesucristo lo manifestamos y probamos por el amor que tenemos al hermano.

Si conocemos un poco la Historia de la Iglesia, vemos en seguida que la Iglesia siempre ha creído y ha vivido, desde el principio, las mismas verdades, sin quitar ni añadir nada.

Pero, vemos también cómo en cada época ha vivido con más intensidad algunos principios del cristianismo.

Ha respondido así a las necesidades que la misma Iglesia o el mundo estaban necesitando en un momento preciso.

Esos principios o verdades se convertían entonces en ideasmadre, de fecundidad inagotable.

Nuestro mundo de hoy tiene también sus peculiaridades, sus necesidades más urgentes que remediar, su mentalidad especialísima. ¿Sabemos cuál es?…

Podríamos señalar como una característica nuestra la solidaridad entre los hombres.
Hemos vivido unas guerras espantosas. Vemos surgir muchas naciones jóvenes, que no acaban de cuajar en el concierto universal de los pueblos. Contemplamos unas desigualdades sociales entre ricos y pobres, que constituyen un problema gravísimo.

Mientras muchos hombres viven en una sociedad de bienestar envidiable, otros muchísimos carecen de lo más elemental para sus vidas.

Y esto no puede seguir así. Queremos unas condiciones de vida que sean dignas para todos. Y vienen las soluciones, propuestas por tantos hombres de buena voluntad.

Todas tienden a lo mismo: a crear conciencia de que todos los hombres somos iguales; que todos tenemos los mismos derechos; que la explotación de unos sobre otros es un crimen intolerable; que es necesaria la fraternidad entre todos los pueblos; que la ayuda mutua no debe cesar jamás.

Los Derechos Humanos deben mover hoy todas nuestras relaciones. Por otra parte, entre los grupos se cree cada vez más en el amor y se fomenta cada día más la amistad. Todo esto es un bien que está a la vista de todos.

Y la Iglesia, ¿no tiene que decir nada la Iglesia sobre todo esto?… Sí; ella tiene la palabra como nadie. Ella, desde el apóstol San Pablo, ha enseñado siempre una verdad fundamentalísima del cristianismo, como es la realidad de Cuerpo Místico de Cristo. Esta verdad, que tenemos en la Palabra de Dios, se reduce a esto:
No hay más que un solo Cristo. Jesús es la Cabeza, y nosotros sus miembros. Y, entre Él y nosotros, no formamos más que un solo Cristo, el Cristo entero, el Cristo Total.
¿Qué se sigue de aquí? Que todo lo que hacemos por los demás, se lo hacemos al mismo Jesucristo.

Bien metida esta verdad en todos nosotros, los cristianos somos los que más contribuimos a la formación de ese Mundo Nuevo, de ese Mundo Mejor por el que todos los pueblos suspiran.
Quiero expresar ahora esto con el ejemplo de un cirujano de nuestras tierras.

Católico convencido, aquel Doctor vivía esta verdad de un modo admirable. Hombre de prestigio, las operaciones eran para él cosa de cada día. Y las hacía muy en cristiano… Nos lo contaba él mismo. Cuando tenía al paciente en el quirófano, bien ido ya del todo por la anestesia, tomaba el frasco de mertiolato, empapaba un algodón con él y trazaba en las carnes del paciente una gran cruz, roja como la sangre…
Comentaba después el cristianísimo Médico:
Así sé cómo tratar a mis enfermos. Es el mismo Jesucristo crucificado a quien estoy curando yo.
Sin comentarios, vaya…
Los comentarios los sacamos nosotros para nuestras vidas propias.

¿Este mi compañero de trabajo, este peón de mis campos, es Cristo?…
¿Esta mi secretaria, es Cristo?…
¿Este cliente que llega a la tienda, es Cristo?…
¿Este que llevo en el bus, o ese policía en servicio, es Cristo?…
¿Este niño tan enredón en la clase, es Cristo?…
¿Este pobre que viene a mí, es Cristo?…
¿Esta empleada doméstica, esta obrera del taller, es Cristo?…

Son unas consecuencias incuestionables de esa doctrina inagotablemente rica de la realidad del Cuerpo Místico de Jesucristo, el cual ha extendido su propia vida a todos los miembros que formamos el Reino de Dios, la Familia de Dios, la Iglesia Santa. Vida que se ofrece a todos los hombres, y por eso hacemos a todos el bien sin distinción alguna, porque Dios quiere que todos reciban y acepten el don de la salvación.
Amigo cirujano, tan querido por todos los que tuvimos la dicha de conocerte y tratarte. Ahora que estás en el Cielo, ya no tienes que practicar a Jesucristo más operaciones en sus miembros de la Tierra. Pero, con aquel tu mertiolato y con elocuencia inusitada, nos dices que mejoramos mucho al mundo cuando en cada vecino adivinamos al mismo Cristo en persona….
Dr. Esteban López Varela, Decano en la Universidad de San José, Costa Rica.

Autor: Pedro García, Misionero Claretiano

Estampas de Jesucristo

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Estampas de Jesucristo
La mejor imitación de Jesucristo.
 
Estampas de Jesucristo
Estampas de Jesucristo

Uno de los fenómenos más comunes entre las personas que se aman es aquel que podríamos llamar mimetismo. O sea, el afán por asemejarse a la persona querida. Se le quiere imitar en todo: en la manera de pensar, de hablar, de expresarse, de actuar. Se tiende a hacer siempre lo mismo que ella.

Este hecho, comprobado tantas veces, tiene una aplicación muy grande en el orden espiritual de la fe.

Desde el momento que nuestra religión se centra en Jesucristo conocido, amado, vivido, todo el afán del cristiano es asemejarse lo más posible a Él. La ilusión más grande es salir una copia perfecta de Nuestro Señor Jesucristo.

De ahí ha nacido la expresión tan cristiana de la Imitación de Cristo, que ha dado incluso el título al libro mejor que ha nacido en el seno de la Iglesia.

Aquellos dos jóvenes artistas eran ciertamente muy ambiciosos, y se hicieron una apuesta: uno debía pintar la Mona Lisa de Vinci y el otro las Meninas de Velázquez, obras cumbres de la pintura universal. Las copias habrían de resultar tan fieles que fuera después imposible distinguirlas de los cuadros originales.

Otro estudiante ya había conseguido eso mismo en literatura: de tal manera imitó a Teresa de Ávila, que los miembros del jurado colegial hubieron de repasar las obras de la gran Doctora, para comprobar que el escrito del discípulo no había sido un plagio.

Esta nota curiosa de los tres muchachos atrevidos, los dos pintores y el literato, se convierte en un signo bello de la principal tarea cristiana.

¿Quién es un cristiano? La respuesta es clara si examinamos el plan de Dios, el cual nos eligió para ser en todo iguales a su Hijo, el Señor Jesucristo. San Pablo es en esto terminante:
- Pues, a los que había previsto, los eligió a ser copias exactas de la imagen que es el tipo, o modelo, su Hijo, Cristo Jesús.

Aquí observamos una diferencia esencial entre el concurso de Dios y los concursos artísticos en la sociedad.

En una exposición de pintura, de fotografía, de escultura…, en un certamen de literatura, de poesía…, en un desfile de modas…, no se admiten imitaciones. Quien es sorprendido en un plagio, no solamente es descalificado, sino acusado y multado por robo a la propiedad intelectual de otro. Las obras deben ser plenamente originales.

Esta es la razón de ser de esos avisos al pie de tantas publicaciones:
- Prohibida la reproducción total o parcial. Cualquier infracción será castigada según la ley.

En el concurso convocado por Dios ocurre todo lo contrario, porque en él no caben las originalidades.

El primer premio del certamen se lo llevará aquel que resulte la copia más fiel de Jesucristo, que es el tipo, la imagen, el modelo propuesto por Dios a toda la Humanidad redimida.

Tanto es así, que cuando Pablo les invita a los primeros cristianos a imitarle en todo lo bueno que hayan visto en su persona pues les dice: imitadme a mí, se encarga muy bien de añadir: como yo imito a Cristo. El prototipo no es Pablo, sino Jesucristo.

En los concursos de Dios, el aviso a los ladrones de copias sería muy diferente. Podría Dios formularlo de esta manera:
- Permiso, autorización, y hasta mandato, de sacar cuantas más y mejores copias se puedan. Grandes premios a las reproducciones más fieles…

Es el caso de los que llamamos Santos por antonomasia, los reconocidos y proclamados tales por la Iglesia, y venerados en los altares.

Son hombres y mujeres como nosotros, pero que fueron unos imitadores perfectos de Jesucristo.

Se puede recordar, por ejemplo, a un San Vicente de Paúl, el cual, ante cualquier cosa que había de hacer, se detenía unos instantes, y se preguntaba:
- ¿Qué haría Cristo aquí y ahora, en mi lugar?

Como es natural, Vicente resultó una copia perfecta del Señor.

Si somos buenos observadores cuando se nos dirige en la Iglesia la Palabra de Dios, habremos notado que la predicación de la Iglesia, notablemente mejorada en comparación de épocas pasadas, se dirige a esto: a presentarnos al Jesucristo del Evangelio como el único modelo a quien imitar.

¿La vida de familia? Como la de Jesús con su Madre y con José.
¿La oración? Como la de Jesús, constante, confiada, ininterrumpida.
¿El trabajo? Como el de Jesús por los campos y en el taller de Nazaret.
¿El trato con los demás, el amor, la comprensión? Como los de Jesús, de una exquisitez, delicadeza y elegancia como del Hombre más perfecto…

Esta tarea tan interesante y tan hermosa es de todos, y no de unos privilegiados.

El día en que nuestro trabajo, nuestra plegaria, nuestra relación con los demás y todo nuestro quehacer en la vida sean como los de Jesucristo y estén animados por sus mismos sentimientos, quedaríamos mejor clasificados como cristianos que los valientes alumnos de Teresa, de Vinci y de Velázquez como literatos o pintores….

Histórico. El estudiante, Daniel Ruiz Bueno, fue después traductor de clásicos en la BAC. – Rom. 8,29. 1Cor. 11,1.

Autor: Pedro García, Misionero Claretiano

Conocer, amar e imitar a Jesucristo
El amor nuestro a Jesús empieza siempre por el amor de Él a nosotros.
 
Conocer, amar e imitar a Jesucristo
Conocer, amar e imitar a Jesucristo

Pocas horas antes de morir, y en un arrebato sublime, dijo Jesús a Dios su Padre:
- ¡Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y al que Tú has enviado, Jesucristo!

En Jesucristo tenemos, pues, la vida eterna si le conocemos a fondo, si nos damos a Él con toda el alma, si nos apasionamos por su Persona adorable, si Jesucristo llena nuestra mente y nuestro corazón las veinticuatro horas del día.

Porque no se trata de conocer simplemente, como conocemos la naturaleza del agua, cuando decimos que es un átomo de oxígeno y dos de hidrógeno; o cuando decimos que conocemos a una persona porque la hemos visto alguna vez y sabemos que se llama Quimet o Marialina…

No se trata de eso, sino del conocimiento en el sentido de la Biblia: un conocimiento profundo, que lleva a darse con todo el amor a la persona querida.

Nos damos cuenta de que Jesucristo nos ama, y entonces nosotros le amamos también hasta la locura si es preciso. El amor nuestro a Jesús empieza siempre por el amor de Jesucristo a nosotros. Al sabernos amados, empezamos a amar.

Nos pasa a todos como a esa muchacha encantadora de corazón virginal. No ha amado hasta ahora más que a compañeras tan inocentes como ella. Pero apenas ha descubierto en la mirada y en una palabra de aquel chico que él la quiere, de repente se convierte en una amante y una enamorada llena de pasión.

Una de esas santas jóvenes modernas, como Isabel de la Trinidad, nos dio una lección inolvidable. La muchachita se pasa ante el Sagrario ratos y más ratos, quieta, sin hablar nada, con la mirada fija en un punto, como queriendo atravesar el metal. Una señora que la ve siempre así, le suelta:
- Pero, váyase. ¿Qué hace aquí tantos ratos sin hacer nada?
Y la jovencita, que hoy está ya en los altares, responde con acento conmovedor:
- ¡Ay, señora! ¡Es que nos queremos tanto!…
Una contestación como ésta de la Beata Isabel deja asombrado al sicólogo más agudo y le llena de envidia al teólogo más sabio…

El conocimiento de Jesús nos lleva al amor a Jesús; pero el amor, a su vez, nos lleva al conocimiento cada vez más hondo de Jesucristo.

Nos debe pasar como a las mamás. Una mamá, por ignorante y sencillita que sea, conoce a su hijo con una profundidad que nos deja pasmados. El amor es quien le ha llevado a ese conocimiento tan único que solamente las madres tienen y entienden.

En este caso, no podemos ni imaginar a alguien que haya conocido a Jesús como María. El conocimiento y el amor de María a Jesús llegó a unas profundidades indecibles.
Así nosotros con Jesús: si le conocemos, le amaremos; pero si le amamos, le conoceremos cada vez más profundamente y más íntimamente.

No tendrá nadie que decirnos cuáles son los pensamientos de Jesús, pues nos los sabremos de memoria.

Nadie tendrá que explicarnos cómo siente y ama Jesús, pues tendremos los mismos sentimientos que Él, como nos pide San Pablo.
Ninguno habrá de darnos lecciones sobre la vida, gestos, gustos y querer de Jesús, porque estaremos compenetrados completamente con todo lo suyo.

Se podrá preguntar: ¿Y cómo llegar a este conocimiento y a este amor de Jesucristo?
Digamos ante todo que es gracia de Dios. Pero una gracia que Dios no niega a nadie que la busca y la quiere. Una gracia que Dios Padre la concede con una complacencia única. Querer conocer y amar a Jesús es atraerse el amor del Padre de una manera irresistible, como nos dice Jesús:
- Quien me ama será amado de mi Padre.

Ante todo, pues, pedir a Dios este conocimiento de Jesús.

Después, estudiarlo, sobre todo en el Evangelio. Quien lee el Evangelio hasta aprendérselo de memoria, llega a compenetrarse del pensamiento y de los sentimientos más íntimos de Jesucristo.
Pero, más que todo, lo que interesa es la contemplación. Ratos y ratos en oración, sobre todo ante el mismo Jesús presente con nosotros en la Eucaristía, es el medio máximo para conocerlo de manera vivencial –existencial, como decimos hoy– que se traduce en amor y en ansias incontenibles de hacer algo por Él, en la oración, en la caridad o en el apostolado.

Cuando así pensamos y así hablamos de Jesucristo, por fuerza tenemos presente su Resurrección. Sin ella, Jesucristo sería un personaje de la Historia que no nos diría nada. Pero ahora, ¡Jesús vive!, y está con nosotros, y nos acompaña, y podemos hablar con Él familiarmente como los mejores amigos. La fe en la Resurrección nos resulta fundamental. Por ella Jesús, no sólo está allá arriba en las alturas a la diestra de Dios. Está con nosotros, haciéndose presente en todo nuestro caminar…

¡Jesucristo, Señor!
Nosotros, por gracia tuya, te conocemos y te amamos. Te amamos y nos damos a Ti. Nos damos a Ti y queremos hacer algo por Ti y por el Reino.

¡Y qué dicha al saber que así tenemos ya la vida eterna!…

Autor: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
Dios y el hombre en Jesucristo
Adentrarse en el misterio insondable del amor de Dios.
 
Dios y el hombre en Jesucristo
Dios y el hombre en Jesucristo

Actualmente se nos hace caer en la cuenta de que hablamos bastante del amor que nosotros debemos tener a Dios — es el primer mandamiento suyo– y se nos habla mucho menos del amor que Dios nos ha tenido y nos tiene a los hombres. Y tendría que ser al revés. Cuando se conoce bien y se tiene metida muy adentro la convicción de que Dios nos ha amado primero y que desde un principio nos ha llamado al amor, entonces es cuando empezamos a sentir el amor de Dios en nuestros corazones y nos entregamos sin reservas al Dios que es amor, que se nos ha dado por amor y que nos llama al amor eterno.

Nuestra reflexión de hoy quiere adentrarse en el misterio insondable del amor de Dios que, en Jesucristo, se ha hecho hombre para que el hombre llegue a ser Dios.

¿Es posible que la historia de Dios se haga historia del hombre? ¿Es posible que la historia del hombre llegue a ser historia de Dios? En otras palabras, ¿es posible que Dios se meta de tal manera en el hombre, que Dios sea hombre realmente? ¿Es posible que el hombre se meta en Dios hasta llegar a ser Dios?

Cualquiera diría que hoy nos subimos hacia las alturas más de la cuenta, cuando en realidad lo que hacemos no es otra cosa que comentar la Biblia en lo que tiene de más grande, de más profundo, de más misterioso, de más consolador, de más tierno, de más hermoso.

Toda la Biblia no nos dice otra cosa sino que ese Dios tan grande y tan inmenso se ha hecho un hombre, y que un hombre se ha hecho nada menos que Dios.

El Dios grande se ha hecho hombre muy pequeño. Y el hombre tan pequeño ha llegado –como quien no dice nada– a ser esto: Dios.

Éste es el misterio de Jesucristo. Dios se hace hombre en Jesucristo. Y el hombre se hace Dios –participante de la vida de Dios– cuando se inserta en Jesucristo.

Dios, por Jesucristo –nacido de una Mujer conocida, una Mujer de nuestra raza–, se ha metido en nuestra historia de hombres, nacido en un lugar concreto, en un tiempo determinado, hecho hombre perfecto en todo.

El hombre, en Jesucristo, se ha hecho Dios, y todos los hombres hemos llegado a ser Dios porque Jesucristo nos ha metido con Él en la misma vida de Dios.

Con una afirmación semejante, tenemos para volvernos locos de admiración y de felicidad. ¿Tan pequeño es Dios, que es como yo? ¿Tan grande soy yo, que soy como Dios?…

Esto no lo entiende ningún pagano, ni tan siquiera algunos otros creyentes que adoran al verdadero Dios, como un judío o un musulmán. Sólo el cristiano entiende la Palabra de Dios en toda su dimensión, y se atreve a decir:
- ¡Dios vive en mí, escondido en mi corazón! ¡Yo vivo en Dios, hecho partícipe de su misma vida divina dentro de mí!

Jesucristo ha sido quien ha unido estas dos cosas tan imposibles de anexionar: Dios y el hombre. Los dos, como el estaño y el cobre, se han hecho una pieza de bronce irrompible, porque Dios será siempre hombre, y el hombre será siempre Dios…

Esta es la maravilla de la Encarnación del Hijo de Dios. El Hijo de Dios se hizo hombre en el seno de una Mujer, para que el hombre llegara a ser Dios.

Ante este misterio, caemos de rodillas adorando pasmados el amor de Dios. ¿Qué necesidad tenía Dios de llegar a esto? Ninguna. Sólo el amor ha podido llevar a Dios a semejante condescendencia. Y entonces viene el preguntarse:
- ¿Quién no amará a semejante amador?…

Metido Dios en nuestra historia, en nuestra vida de cada día, cambia del todo nuestra manera de ser y de comportarnos. Jesucristo, el Dios hecho hombre, nos ha hecho a nosotros capaces de llevar una existencia como la de Dios.

Vivimos, trabajamos, comemos, dormimos, gozamos y sufrimos como el mismo Dios, que se empeñó en llevar nuestra misma manera de vivir.

Morimos como murió el mismo Dios.
Resucitamos a una vida nueva como resucitó el mismo Dios después de muerto.

Llevamos en nosotros el mismo Espíritu Santo, como lo llevaba y nos lo dio Jesucristo el Resucitado.

Reinaremos en la gloria de Dios como reina Jesucristo, inmortales por una eternidad inacabable.

En Jesucristo nos hemos encontrado Dios y los hombres a fin de llevar Dios nuestra vida y nosotros la vida de Dios.

El cristiano, que sabe esto, ¿puede tomarse la libertad de llevar una vida que no sea digna de Dios?…
El cristiano, que sabe que tiene el mismo destino de Dios, es decir, la misma gloria y felicidad de Dios, ¿puede jugar con su salvación?…

Señor Dios, tu grandeza es inmensa. Tu poder no tiene límites. Tus días son incontables. Tu hermosura es inimaginable.

Pero tu amor sobrepasa toda medida y toda comprensión. ¿Tú tan pequeño como yo, para hacerme yo en ti tan grande como Tú?…
Si me faltases Tú, ¿qué sería para mí todo lo demás? Si te poseo a ti, ¿todo lo demás qué me importa, si me sobra todo?…

Autor: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

La fe en Jesucristo

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La fe en Jesucristo
Meditación. ¿Quién es este Jesús que nos ama? Busca la repuesta.
 
¡Hoy se nos dice muchas veces que nuestra religión cristiana no es una religión de verdades ni de mandamientos ni de culto, sino que es una religión que se centra en la Persona de Jesucristo. ¿Cómo podemos entender esto? Y, sin explicaciones que nos serían un enredo para todos, empezando por mí, me parece que una comparación de fe humana nos va a hacer entender lo que es la fe en Jesucristo.

Pensemos en dos jóvenes con dos nombres muy familiares: él se llama Luis y ella se llama Rosita. Rosita nos va a enseñar lo que es la fe humana y, por ella, vamos a aprender lo que es la fe cristiana.

Luis le dice un día a Rosita: ¡Te quiero! Y Rosita se hace unas ilusiones inmensas, como es natural. Comienza el noviazgo, que desemboca en una boda feliz. Antes de la boda, le preguntamos a Rosita:
- Pero, ¿ya sabes lo que haces, y te casas bien segura?
Y Rosita nos responde con profunda convicción.
- Sí, me caso con plena seguridad. Conozco bien a Luis, sé que es sincero cuando me asegura que me quiere, y confío plenamente en que me va a hacer feliz. Por eso quiero yo también a Luis, a él uno mi destino y me doy del todo a él y para siempre.
Rosita habla enamorada y con una convicción que nos asombra. Nos ponemos a examinar su fe en Luis, y vemos que tiene estos elementos.

* Primero, y ante todo, conocimiento claro de quién es Luis, pues dice convencida: Lo conozco bien. Sé que no me engaña cuando me dice que me ama, porque me ama de verdad.
* Segundo, una gran confianza, ya que sin la confianza no se le podrá dar nunca, y por eso dice también: Me fío plenamente de Luis. Sé que no me va a fallar y que con él voy a ser feliz del todo.
* Tercero, amor, mucho amor, y esto es lo principal que Rosita asegura: Yo también le quiero a Luis. Estoy enamorada perdida.
* Cuarto, donación total, que es la consecuencia final que ella saca: Me entrego a Luis del todo y no voy a vivir más que para él.

¿Hay un acto de fe humana, de fe en un hombre, más grande que el de Rosita en Luis y, ya se entiende, también de Luis en Rosita? Porque Luis ha pensado y ha dicho de Rosita lo mismo que ella de él.

Si queremos saber lo que es la fe cristiana, no tenemos más que trasladar el amor encantador de Rosita y de Luis a Jesucristo y a cada una de las personas, a usted, a mí…

Jesucristo es el que nos amó primero. Es Jesús quien nos dijo como Luis a Rosita: ¡Te quiero! Fue Jesús quien optó primero por nosotros. Se fió de nosotros. Y nos eligió. La iniciativa partió de Jesús.

Ahora viene nuestra respuesta. ¿Quién es este Jesús que así nos ama? Le conocemos, sabemos quién es, y lo aceptamos. Aceptamos su Persona, como Rosita a Luis.

* Como Rosita cree en la palabra de Luis, así nosotros, al saber quién es Jesucristo y aceptar su Persona, aceptamos ante todo su palabra, y le creemos aunque nos diga lo más imposible para nuestra cabeza.

¿Me dice que Él es Dios, el chiquillo que llora en Belén y el Crucificado del Calvario? Es Dios, aunque me parezca imposible. Tengo bastante con que me lo diga Él…

¿Me dice que su Madre fue virgen siempre, a pesar de su maternidad? Yo no lo veo, pero lo creo, porque me lo dice Él…

¿Me dice que eso que parece pan y vino es su Cuerpo y su Sangre? No lo entenderé jamás, pero lo creo a pie juntillas, sólo porque me lo dice Él…

¿Me dice que hay un infierno de penas inacabables, por pecados de esta vida que pasó tan pronto? Yo no lo entiendo ni a la de tres, pero lo creo sólo porque lo dice Él…

Porque creo en la Persona de Jesucristo creo en toda su Palabra, aunque me diga al parecer lo más absurdo. Él es incapaz de engañarse y de mentirme. Las verdades que me propone la Iglesia las acepto a ciegas porque son las verdades que enseñó Jesucristo, y Jesucristo no me puede engañar, lo conozco bien.

* Como Rosita en Luis, nosotros nos fiamos de Jesucristo porque sabemos que es fiel, y que cumplirá todo lo que nos promete. Y si me promete una vida eterna con Él en el Cielo, yo creo en ese Cielo, espero en ese Cielo, y sé que ese Cielo será mío porque me lo promete Jesucristo. La fe en Jesús lleva a una confianza sin límites en Él.

* Como Rosita a Luis, al creer en Jesucristo y fiarnos de Él, le amamos con locura, y le decimos hasta con lágrimas en los ojos, como Pedro a la orilla del lago:
- ¡Señor, Tú sabes que yo te quiero!

* Y también como Rosita con Luis, no nos quedamos en palabras, sino que le damos la vida entera. Viviremos para Jesús. Y ya puede mandarnos lo que quiera, que cumpliremos todo lo que nos diga, porque nuestra vida ya no es para nosotros, sino para Jesucristo.

Así vemos cómo la fe en Dios y en Jesucristo no es una fe de verdades ni nuestra religión una religión de mandamientos ni de prácticas de culto, sino una entrega a una Persona, a Jesucristo. Por eso creemos todas las verdades que Él nos enseña, practicamos todos los mandamientos que Él nos da, celebramos sus misterios y rezamos y cantamos porque le amamos y esperamos estar con Él en su mismo Cielo.

Y acabamos todos dando gracias a Rosita y a Luis por habernos prestado sus nombres y su historia amorosa para hacernos entender la fe en nuestro Señor Jesucristo…

Autor: Pedro García, Misionero Claretiano

A los de Colosas. Jesucristo sobre todo
Meditaciones de San Pablo. Si han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba. Aspiren a las cosas de arriba, no a las de la tierra.
 
El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008 al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que Dios regaló a la Iglesia naciente.

En las meditaciones de los lunes y miércoles realizaremos un modesto programa que pretende dar a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite a todos. Pedro García Misionero Claretiano.

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¿Quiénes eran los colosenses?

Pablo dirigió una carta magnífica a esos cristianos a los que nunca había visitado.
Sabemos que Pablo, mientras evangelizaba Éfeso, extendió su radio de acción a las ciudades cercanas, enviando a ellas a sus colaboradores más preparados; y entre todos, trabajando así en equipo, fundaron aquellas iglesias que hicieron del Asia Menor un campo feraz de cristianismo. Entre esas ciudades iba a ser Colosas una de las más significativas.

La ciudad de Colosas había sido en otro tiempo una población grande, y ahora, venida a menos, estaba compuesta de griegos, de judíos y de una gran colonia de indígenas frigios. Toda su riqueza le venía de la industria derivada de la cría de ovejas, con sus numerosos y nutridos rebaños. Ciudad medio campesina medio griega, era con todo muy dada a filosofar y teologizar.

Para saber cómo eran los colosenses y lo bien que se conservaban, basta leer estas palabras del saludo de Pablo:

“Damos gracias sin cesar a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, por ustedes en nuestras oraciones, al tener noticia de su fe en Cristo Jesús y de la caridad que tienen con todos los santos”.

¿A qué venía, pues, esta carta, muy cordial, pero que era un toque de alarma?
¿Y por qué la escribió Pablo, o la hizo escribir por uno de sus colaboradores bajo su propia inspección?

Epafras fue a visitar a Pablo en su prisión de Roma llevándole noticias sobre la situación de la Iglesia en Colosas. Se habían introducido doctrinas erróneas sobre los ángeles y potestades celestes, como dominadores del mundo e intermediarios de Dios.

Estas ideas eran debidas a unas corrientes de pensamiento griegas sobre misterios extraños, mezcladas además con otras apocalípticas judías, y que comprometían la supremacía de Cristo. Aquellos grecojudíos vendedores de novedades iban proclamando:

-¡Sí! Cristo Jesús es uno más de esos ángeles mediadores, pero no es ni él solo ni el más importante. Es uno de tantos espíritus que vagan por los aires, que nos ayudan o nos perdiguen, uno de esos tronos, dominaciones y potestades, los seres superiores de la creación.

¡Bueno estaba Pablo para consentir semejante error!… ¿Alguien superior a Cristo? ¿Cristo uno de tantos? ¡Eso sí que no!… Y Pablo enseña ahora:

¡Todo lo que existe está sometido a Cristo!
¡Jesucristo lo llena todo, porque Él es la “plenitud” de todo el mundo! ¡No existe nada que no sea de Cristo y para Cristo!

Todo esto lo expone Pablo en un párrafo que es de lo más grandioso que contiene la Biblia sobre Jesucristo. Parece un himno de gran orquesta:

“Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz.
“Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.
“Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles.
“Todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.
“Él es también cabeza del cuerpo: de la Iglesia.
“Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo.
“Porque en él quiso Dios reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz”
(1,15-20)

Con este himno tan colosal quedaba zanjada toda la cuestión que preocupaba a los de Colosas:

Jesucristo es lo primero;
Jesucristo es lo supremo;
Jesucristo es principio y fin de todo;
Jesucristo es el centro en el que todo converge y todo se apoya;
Jesucristo es el único que tiene la salvación;
Jesucristo es no sólo Cabeza de la Iglesia, sino la plenitud de todas las cosas creadas.
Ni la Iglesia ni el Universo se entienden si no se arranca de Jesucristo y si no se coloca a Jesucristo en el centro de todo.

Ahora bien, si esto es Jesucristo sobre todo para nosotros, miembros de su cuerpo, ¿qué relación hemos de tener con Jesucristo ya en este mundo, aunque Él esté en el Cielo?

Nos lo dice Pablo con otro párrafo también formidable:

“Si han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios. Aspiren a las cosas de arriba, no a las de la tierra.
“Porque han muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, que es su vida, entonces aparecerán también ustedes gloriosos con él”
(3,1-4)

Pablo discurre sobre esto, y saca las consecuencias debidas. En el orden nuevo establecido por Dios en Cristo, desaparecen las divisiones enojosas que vive la sociedad:

¿los de un color u otro de la piel?…
¿los de una fe u otra, mientras sean sinceros en su conciencia?…
¿los cultos o los analfabetos?…
¿los ricos o los pobres?…
¿los empresarios o los trabajadores?…

Eso era antes en la era del pecado. Ahora, todo ha quedado rehecho y unificado en Cristo Jesús.

Dicen que modernamente tiene mucha aplicación esto de Pablo para los que vienen con asuntos de la Nueva Era, la “New Age” o cosas parecidas. Todo lo que sea salirse de Jesucristo como principio, centro y fin de la Iglesia y del Universo, es una equivocación total.

Por eso Pablo, queriendo centrar toda nuestra vida en Jesucristo, da después consejos de vida cristiana que son de lo más precioso y estimulante.

“Procedan de una manera digna del Señor, agradándole en todo, fructificando en toda obra buena y creciendo en el conocimiento de Dios”. “En Cristo reside toda la plenitud de la divinidad corporalmente, y ustedes alcanzan toda la plenitud en él”.

“Cristo es todo en todos”.

“La palabra de Cristo abunde en ustedes en toda su riqueza”.

“Todo cuanto hagan, de palabra o de obra, háganlo todo en el nombre del Señor Jesús”.

¡Qué belleza la de esta carta de Pablo a los de Colosas!

Jesucristo llenándolo todo.
Jesucristo nuestro supremo ideal.
Y nuestra vida, escondida con Jesucristo en Dios…

Esto, ya ahora. ¿Qué será esa vida cuando quede al descubierto sin velo alguno, y transformada plenamente en gloria?…

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

Jesucristo te compromete.
Nos pide desprendimiento y generosidad, pero nos da abundancia de paz, de amor, de libertad.
 
Jesucristo te compromete.
Jesucristo te compromete.

Jesucristo nos dice en su Evangelio unas palabras que no nos dejan en paz como nos pongamos a meditarlas. Nos dice lo que ningún líder se atreve a formular:

- Quien no está por mí, está contra mí.

Si nosotros oyéramos estas palabras en una campaña electoral, replicaríamos sin más al candidato:

- ¡Cuidado! Nosotros, no estamos por usted, pero tampoco nos ponemos en contra.
Sencillamente, nos declaramos neutrales. Pertenecemos a los del voto indeciso, y nos inclinaremos al final por el que más nos convenga.

Jesucristo no admite esta razón. Es tajante desde un principio:

- ¿Sí o no? ¿Conmigo o contra mí? ¡A fiarse de mí, porque soy yo el que os conviene! Yo soy el único necesario. Todos los que han venido antes de mí son unos ladrones y salteadores…

En otras palabras, Jesucristo compromete, y lo hace y exige de manera definitiva. No quiere ni indecisos, ni cobardes, ni desleales.

El seguimiento de Jesucristo lleva dentro de sí lo que hoy llamamos una mística. O sea, una ilusión, un convencimiento, un ideal, una obsesión, que nos arrastra de modo irresistible a darle todo: hemos escogido a Jesucristo y no lo cambiamos por nadie ni por nada que se nos pueda prometer o dar por otros. Con Jesucristo nos basta. Con Jesucristo nos realizamos. Por Jesucristo gastamos nuestra vida. Por Jesucristo vivimos y por Jesucristo moriremos.

Esto no son sueños de románticos e idealistas. Esta es la realidad que se vive en la Iglesia. La vemos encarnada en toda clase de personas, en hombres y en mujeres de toda edad y condición, en ancianos y en niños, y sobre todo jóvenes, muchachos y muchachas que se dan a Jesucristo del todo cuando más les sonríe la vida. No hay líder que cuente con seguidores como Jesucristo.

Se me ocurre a este propósito un chiste de la Segunda Guerra Mundial. En plena euforia de las conquistas alemanas, y cuando ya Italia se había uncido al carro triunfador de Hitler, una multitud inmensa de soldados y camisas negras fascistas se congregó en la Plaza Venecia de Roma aclamando a Mussolini.

Sale el Duce al balcón central del palacio, y se dirige a la multitud enardecida:

- Tengo una honrosísima misión que confiar a un valiente. Será difícil. Correrá riesgos el elegido, pero se convertirá tal vez en un héroe de la Patria. ¿Hay algún valiente entre vosotros que quiera cumplir esta misión?…
- ¡Síiiiii!…
- ¿Quién quiere serlo?
- ¡Yoooooo!…
- ¡Muy bien! ¡Gracias por tantos valientes!

El encargo de esta misión va escrito en este papel que tengo en la mano. Como sois tantos los voluntarios, yo lo voy a lanzar al aire; el primero que lo recoja, que se presente en mi despacho, y él se lleva el honor y el amor de toda la Patria.

Mussolini echó a volar el papel, y se metió en su despacho. Al cabo de un rato aparece de nuevo en el balcón, y ve con asombro que el papel todavía volaba por el aire, pues, cuando caía, todos aquellos voluntarios tan valientes soplaban hacia arriba y ninguno se apoderaba del papelito misterioso…

Un cuento, que, desde luego, tiene mucha sustancia. Entre los voluntarios que le dicen a Jesucristo como aquel del Evangelio: Te seguiré adondequiera que vayas, ¿no hay más de uno que se dedica a lanzar soplidos al mensaje de Jesucristo, para que lo recojan otros, porque ellos saben retirarse prudentemente?… Si Jesucristo sigue diciendo: El que quiera venir en pos de mí, que tome su cruz y me siga, ¿no ve Él cómo muchos le dan tristemente la espalda?…

Pero, al llegar aquí, nos encontramos con los pesimistas que piensan que el Evangelio es rigor, tristeza, exigencia y nada más.
¡No! Eso no es cierto. El Evangelio da mucho más de lo que exige.

Nos pide desprendimiento y generosidad, pero nos da abundancia de paz, de amor, de libertad.

Nos quita el peso del mundo, y nos echa encima una carga que el mismo Jesucristo dice que es suave y ligera…

Nadie niega que Jesucristo atrae hoy como nunca, sobre todo a los jóvenes. Hartos de líderes que nos engañan, en Jesucristo no se ve trampa, y Jesucristo responde a tanta angustia como atenaza al mundo.

Pero algunos se tiran para atrás cuando se presenta un Jesucristo muy concreto, que por su Iglesia pide tantas cosas que el mundo de hoy rechaza.

Si no fuera por la moral sexual, o por el respeto exigido a la vida, o por los reclamos de la justicia social…, veríamos cómo nadie se apartaría de Jesucristo y de su Iglesia. Se apartan de Jesucristo cuando es su Vicario quien nos recuerda estos deberes en nombre del mismo Señor.

Si muchos se van detrás de otros líderes, es porque prometen mucho y no exigen nada.
Porque se contentan con una moral sin compromiso.

Porque todo se va en cantar y en aplaudir.
Porque suavizan de tal manera el Evangelio que le privan de todo vigor.

Sin embargo, Jesucristo sigue clamando: ¡O conmigo o contra mí! No quiero votos indecisos. No quiero que mi mensaje flote por los aires, sin que nadie lo recoja…

Autor: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

¡Yo amo a Jesucristo!

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¡Yo amo a Jesucristo!
Jesucristo es nuestro ideal más grande, la ilusión mayor que tenemos en la vida: amarlo, hacer algo por Él.
 
¡Yo amo a Jesucristo!
¡Yo amo a Jesucristo!

La religión católica se centra en una persona, en NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, y nada más.

Con las verdades cristianas proclamamos lo que Jesucristo nos enseñó.

Con el culto expresamos nuestro amor a Jesucristo.

Con la oración nos unimos a Jesucristo.
Con los Sacramentos nos llenamos de la vida de Jesucristo.

Con la limosna ayudamos a Jesucristo, que vive necesitado en nuestros hermanos pobres.

Con el apostolado anunciamos a Jesucristo y extendemos su reinado.

Y así con todo lo demás: Jesucristo es lo único que nos interesa.

Mirando en la Biblia a los Apóstoles, nos encontramos con el ejemplo clamoroso de San Pablo. Si alguien ha entendido lo que es el cristianismo ha sido precisamente San Pablo. Pues bien, la libertad en todas esas prácticas que hemos citado era para él algo muy importante. Y así nos dirá:
- Que cada uno siga en su propio gusto y su parecer.

Exige, eso sí, una fidelidad total a la doctrina que han aprendido, y en esto era tan riguroso que maldice al que enseñe algo contrario a lo que los apóstoles han transmitido a la Iglesia. En lo demás, lo que importaba era el amor al Señor Jesucristo, de modo que acaba su carta primera a los de Corinto:
- El que no ame a nuestro Señor Jesucristo, que sea un maldito.

Ese amor de Pablo a Jesucristo se demuestra con un hecho hermoso. En sólo trece cartas ―pues no contamos la de los Hebreos―, saca el nombre de Jesús nada menos que 640 veces en sus diversas acepciones: Jesús, Cristo, Jesucristo, el Señor… Si así lo cita cuando escribe, quiere decir que el recuerdo y el amor a Jesucristo llenaba por completo lo más íntimo de todo su ser.

Una vez hemos llegado a conocer a Jesucristo, la vida ya no es la misma. Un planeta nuevo ―lo vamos a suponer dotado de inteligencia― que se quisiera meter en sistema solar, no podría salirse de su órbita aunque quisiera. Daría vueltas y vueltas alrededor del Sol, y jamás sería capaz de escaparse de allí donde un día se metió voluntariamente.

Esto le ocurre a cualquiera que ha conocido y ha llegado a amar a Jesucristo: necesita al Señor de todas maneras. No se contentará jamás con ninguna novedad que vengan a cantarle al oído. Y si en algún momento hiciera caso a voces extrañas, pronto notaría que se trata de sirenas engañosas que no le van a satisfacer y lo quieren llevar mar adentro del error. Consciente o inconscientemente volvería a Jesucristo siempre: o con al amor o con el remordimiento, pero volvería a Jesucristo.

Esta es la esencia del Cristianismo. En el amor a Jesucristo tenemos cifrada la fe verdadera. Quien ama, es porque cree. Y quien no ama a Jesucristo, aunque diga que cree en Él, en realidad no tiene fe. Ni hará nada por Jesucristo. Mientras que el que ama a Jesucristo, por Él lo hace todo.

Y es que Jesucristo es el único por quien nos podemos jugar la vida. Así lo reconocía Napoleón, cautivo después de tantas victorias que ya no le servían de nada:
- Yo he enardecido a millares y millares que murieron por mí. Pero ahora estoy aquí, atado a una roca, ¿y quién lucha por mí?… ¡Qué diferencia entre mi miseria y el reinado de Cristo, que es predicado, amado y adorado por todo el mundo y vive por siempre!…

Es triste que los grandes de la Historia hayan de reconocer tan tardíamente su error. Nosotros somos más afortunados. Nosotros amamos a Jesucristo desde siempre, y no nos equivocamos, no…

Jesucristo es nuestro ideal más grande, la ilusión mayor que tenemos en la vida: amarlo, hacer algo por Él….

Autor: Pedro García, misionero claretiano | Fuente: Catholic.net

Jesucristo El Soberano

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Jesucristo, El Soberano
Meditación sobre la majestad y poder de Cristo
 
Jesucristo, El Soberano
Jesucristo, El Soberano

Jesucristo ha sido constituido el centro del universo. Todo fue creado por Él y para Él, todo se mantiene en Él, y Jesucristo será el único Soberano de todas las cosas en los siglos eternos. ¡Qué grande es Nuestro Señor Jesucristo, y qué orgullosos estamos nosotros de su gloria!

Durante su vida en la tierra, aunque era el Hijo de Dios, Jesucristo vivió en humildad, se hizo todo para todos a fin de salvarnos a todos, y sólo a partir de su resurrección aparece en todo el esplendor de su grandeza. Sin embargo, aún no se ha manifestado toda la gloria suya. Hemos de esperar al fin, cuando vuelva a dar la mano definitiva al mundo y a cerrar la historia de todas las cosas. Sólo entonces veremos sometidos a Jesucristo los seres todos del cielo y de la tierra, y celebraremos su Reino que no tendrá fin.

Todo esto es muy bonito. Todo esto, entusiasma. Pero, ¿nos damos cuenta de lo que nos exige?…

En la revolución mexicana, que cubrió de mártires nuestra América, un joven de veintitrés años abandona su magnífico puesto en el Banco Internacional de México y se enrola en las filas de los católicos que luchaban por defender la Religión perseguida. Una bala perdida le atraviesa las dos piernas, pierde el sentido, cae prisionero, y, recobrado el conocimiento, le pregunta el coronel:
- ¿De qué partido es usted?
- Soy un defensor de Cristo Rey.
- ¿Qué grado tiene?
- Capitán primero.
- ¿Se rinde?
- No, no me rindo.
- Deme su revolver.
- Tómelo, y máteme si quiere. Pero antes déjeme gritar: ¡Viva Cristo Rey!
El coronel disparó el arma, le destrozó al valiente muchacho la cabeza con las balas, y con aquellos disparos le abría las puertas del Cielo, el Reino glorioso de Jesucristo.

Como este joven mártir, nosotros, bien penetrados de la fe cristiana, miramos en Jesucristo al Soberano que dicta leyes, al Jefe que gobierna, al Juez que pedirá cuentas. Y nos rendimos ante Jesucristo.

Con la mentalidad democrática que rige nuestros pueblos, nos cuesta aceptar un jefe absoluto, al que llamamos dictador; no nos sometemos a nadie sino al pueblo soberano, como decimos; y jamás aceptaríamos una justicia que no se rigiera por las normas que nosotros mismos le hemos impuesto. Así es nuestra democracia, así pensamos, y esto es lo único que aceptamos.
Pero ante Jesucristo hemos de cambiar de parecer.

Jesucristo no es un dictador que oprima a nadie ni un hombre sin corazón. Es un Soberano lleno de amor que no busca sino nuestra salvación.

Pero el único legislador es Jesucristo, y no una asamblea constituyente, con diputados elegidos por nosotros.

El único que manda es Jesucristo, porque es el Señor.

El que tendrá la última palabra es Jesucristo, porque ha sido constituido Juez de vivos y muertos.

Ante este Jesucristo nos jugamos la vida.
Aceptar a Jesucristo es aceptar su Persona, su doctrina y sus mandatos.

Por desgracia, no todos aceptan a Jesucristo de manara incondicional. Son muchos los que lo rechazan. No admiten a nadie que esté sobre sus cabezas. No quieren a ninguno que les venga a fastidiar la vida de placer a que se entregan…

El orgullo y la sensualidad son los dos grandes enemigos de Cristo.

Sin embargo, Jesucristo se ofrece y actúa como Salvador antes que ejercer sus poderes de Juez.
Ha dejado su Iglesia en el mundo como signo del Reino y encargada de llevar adelante el Reino de Dios hasta que Jesucristo vuelva. Y aquí, en la Iglesia y su Vicario el Papa, es donde tropiezan también muchos. Al aceptar a Jesucristo en su Persona y no en sus representantes ni en su Iglesia, vienen a rechazar al mismo Jesucristo, que dijo:
- Id y enseñad… Con vosotros estoy… Quien os acoge a vosotros me acoge a mí, y quien a vosotros rechaza me rechaza a mi y al Padre que me envió.

Cuando nosotros hablamos así de Jesucristo y salimos con energía por sus derechos, podemos dar la sensación de que nosotros somos más rigurosos que el mismo Jesucristo. Pero esto es una equivocación completa. Jesucristo no es nada riguroso, porque es Rey de amor y Rey de paz.

Nuestra lengua puede subir un poco el tono, pero tampoco somos rigurosos. Lo que nos pasa es que nos duele, como le dolía a Pablo, el ver que hombres, hermanos nuestros, rehusan someterse a Jesucristo, porque con ello hasta pueden poner en peligro su salvación. Y este miedo nos hace cambiar un poquito la voz…

Nosotros, creyentes, no ponemos condiciones a Jesucristo. Que mande. Que pida. Que nos gobierne por su Iglesia. No nos pide que dejemos el puesto en el Banco ni que entreguemos la pistola al enemigo para que nos abra la cabeza. Pero nos pide el amor del corazón, y se lo damos entero. Nos pide la obediencia a su Iglesia, y no nos ponemos a discutir. Y así, tranquilos, esperamos su venida, y hasta le pedimos que la acelere, pues estamos impacientes de encontrarnos con Él: ¡Ven, Señor Jesús!… .

Salvador Gurtiérrez de Mora, 19-Mayo-1927.

Autor: Pedro García, misionero claretiano | Fuente: Catholic.net