Jesucristo

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Un cirujano opera a Jesucristo
Meditación. Un solo cuerpo.
 
Cada vez van desapareciendo más de la Iglesia ciertas formas de piedad que hoy nos parecen pasadas de moda. Por el contrario, van aumentando otras maneras de manifestar a Dios nuestra piedad, de modo que ésta resulte mucho más profunda y más al gusto de hoy.

Por ejemplo, todo lo que se refiere al amor de Jesucristo lo manifestamos y probamos por el amor que tenemos al hermano.

Si conocemos un poco la Historia de la Iglesia, vemos en seguida que la Iglesia siempre ha creído y ha vivido, desde el principio, las mismas verdades, sin quitar ni añadir nada.

Pero, vemos también cómo en cada época ha vivido con más intensidad algunos principios del cristianismo.

Ha respondido así a las necesidades que la misma Iglesia o el mundo estaban necesitando en un momento preciso.

Esos principios o verdades se convertían entonces en ideasmadre, de fecundidad inagotable.

Nuestro mundo de hoy tiene también sus peculiaridades, sus necesidades más urgentes que remediar, su mentalidad especialísima. ¿Sabemos cuál es?…

Podríamos señalar como una característica nuestra la solidaridad entre los hombres.
Hemos vivido unas guerras espantosas. Vemos surgir muchas naciones jóvenes, que no acaban de cuajar en el concierto universal de los pueblos. Contemplamos unas desigualdades sociales entre ricos y pobres, que constituyen un problema gravísimo.

Mientras muchos hombres viven en una sociedad de bienestar envidiable, otros muchísimos carecen de lo más elemental para sus vidas.

Y esto no puede seguir así. Queremos unas condiciones de vida que sean dignas para todos. Y vienen las soluciones, propuestas por tantos hombres de buena voluntad.

Todas tienden a lo mismo: a crear conciencia de que todos los hombres somos iguales; que todos tenemos los mismos derechos; que la explotación de unos sobre otros es un crimen intolerable; que es necesaria la fraternidad entre todos los pueblos; que la ayuda mutua no debe cesar jamás.

Los Derechos Humanos deben mover hoy todas nuestras relaciones. Por otra parte, entre los grupos se cree cada vez más en el amor y se fomenta cada día más la amistad. Todo esto es un bien que está a la vista de todos.

Y la Iglesia, ¿no tiene que decir nada la Iglesia sobre todo esto?… Sí; ella tiene la palabra como nadie. Ella, desde el apóstol San Pablo, ha enseñado siempre una verdad fundamentalísima del cristianismo, como es la realidad de Cuerpo Místico de Cristo. Esta verdad, que tenemos en la Palabra de Dios, se reduce a esto:
No hay más que un solo Cristo. Jesús es la Cabeza, y nosotros sus miembros. Y, entre Él y nosotros, no formamos más que un solo Cristo, el Cristo entero, el Cristo Total.
¿Qué se sigue de aquí? Que todo lo que hacemos por los demás, se lo hacemos al mismo Jesucristo.

Bien metida esta verdad en todos nosotros, los cristianos somos los que más contribuimos a la formación de ese Mundo Nuevo, de ese Mundo Mejor por el que todos los pueblos suspiran.
Quiero expresar ahora esto con el ejemplo de un cirujano de nuestras tierras.

Católico convencido, aquel Doctor vivía esta verdad de un modo admirable. Hombre de prestigio, las operaciones eran para él cosa de cada día. Y las hacía muy en cristiano… Nos lo contaba él mismo. Cuando tenía al paciente en el quirófano, bien ido ya del todo por la anestesia, tomaba el frasco de mertiolato, empapaba un algodón con él y trazaba en las carnes del paciente una gran cruz, roja como la sangre…
Comentaba después el cristianísimo Médico:
Así sé cómo tratar a mis enfermos. Es el mismo Jesucristo crucificado a quien estoy curando yo.
Sin comentarios, vaya…
Los comentarios los sacamos nosotros para nuestras vidas propias.

¿Este mi compañero de trabajo, este peón de mis campos, es Cristo?…
¿Esta mi secretaria, es Cristo?…
¿Este cliente que llega a la tienda, es Cristo?…
¿Este que llevo en el bus, o ese policía en servicio, es Cristo?…
¿Este niño tan enredón en la clase, es Cristo?…
¿Este pobre que viene a mí, es Cristo?…
¿Esta empleada doméstica, esta obrera del taller, es Cristo?…

Son unas consecuencias incuestionables de esa doctrina inagotablemente rica de la realidad del Cuerpo Místico de Jesucristo, el cual ha extendido su propia vida a todos los miembros que formamos el Reino de Dios, la Familia de Dios, la Iglesia Santa. Vida que se ofrece a todos los hombres, y por eso hacemos a todos el bien sin distinción alguna, porque Dios quiere que todos reciban y acepten el don de la salvación.
Amigo cirujano, tan querido por todos los que tuvimos la dicha de conocerte y tratarte. Ahora que estás en el Cielo, ya no tienes que practicar a Jesucristo más operaciones en sus miembros de la Tierra. Pero, con aquel tu mertiolato y con elocuencia inusitada, nos dices que mejoramos mucho al mundo cuando en cada vecino adivinamos al mismo Cristo en persona….
Dr. Esteban López Varela, Decano en la Universidad de San José, Costa Rica.

Autor: Pedro García, Misionero Claretiano

Estampas de Jesucristo
La mejor imitación de Jesucristo.
 
Estampas de Jesucristo
Estampas de Jesucristo

Uno de los fenómenos más comunes entre las personas que se aman es aquel que podríamos llamar mimetismo. O sea, el afán por asemejarse a la persona querida. Se le quiere imitar en todo: en la manera de pensar, de hablar, de expresarse, de actuar. Se tiende a hacer siempre lo mismo que ella.

Este hecho, comprobado tantas veces, tiene una aplicación muy grande en el orden espiritual de la fe.

Desde el momento que nuestra religión se centra en Jesucristo conocido, amado, vivido, todo el afán del cristiano es asemejarse lo más posible a Él. La ilusión más grande es salir una copia perfecta de Nuestro Señor Jesucristo.

De ahí ha nacido la expresión tan cristiana de la Imitación de Cristo, que ha dado incluso el título al libro mejor que ha nacido en el seno de la Iglesia.

Aquellos dos jóvenes artistas eran ciertamente muy ambiciosos, y se hicieron una apuesta: uno debía pintar la Mona Lisa de Vinci y el otro las Meninas de Velázquez, obras cumbres de la pintura universal. Las copias habrían de resultar tan fieles que fuera después imposible distinguirlas de los cuadros originales.

Otro estudiante ya había conseguido eso mismo en literatura: de tal manera imitó a Teresa de Ávila, que los miembros del jurado colegial hubieron de repasar las obras de la gran Doctora, para comprobar que el escrito del discípulo no había sido un plagio.

Esta nota curiosa de los tres muchachos atrevidos, los dos pintores y el literato, se convierte en un signo bello de la principal tarea cristiana.

¿Quién es un cristiano? La respuesta es clara si examinamos el plan de Dios, el cual nos eligió para ser en todo iguales a su Hijo, el Señor Jesucristo. San Pablo es en esto terminante:
– Pues, a los que había previsto, los eligió a ser copias exactas de la imagen que es el tipo, o modelo, su Hijo, Cristo Jesús.

Aquí observamos una diferencia esencial entre el concurso de Dios y los concursos artísticos en la sociedad.

En una exposición de pintura, de fotografía, de escultura…, en un certamen de literatura, de poesía…, en un desfile de modas…, no se admiten imitaciones. Quien es sorprendido en un plagio, no solamente es descalificado, sino acusado y multado por robo a la propiedad intelectual de otro. Las obras deben ser plenamente originales.

Esta es la razón de ser de esos avisos al pie de tantas publicaciones:
– Prohibida la reproducción total o parcial. Cualquier infracción será castigada según la ley.

En el concurso convocado por Dios ocurre todo lo contrario, porque en él no caben las originalidades.

El primer premio del certamen se lo llevará aquel que resulte la copia más fiel de Jesucristo, que es el tipo, la imagen, el modelo propuesto por Dios a toda la Humanidad redimida.

Tanto es así, que cuando Pablo les invita a los primeros cristianos a imitarle en todo lo bueno que hayan visto en su persona pues les dice: imitadme a mí, se encarga muy bien de añadir: como yo imito a Cristo. El prototipo no es Pablo, sino Jesucristo.

En los concursos de Dios, el aviso a los ladrones de copias sería muy diferente. Podría Dios formularlo de esta manera:
– Permiso, autorización, y hasta mandato, de sacar cuantas más y mejores copias se puedan. Grandes premios a las reproducciones más fieles…

Es el caso de los que llamamos Santos por antonomasia, los reconocidos y proclamados tales por la Iglesia, y venerados en los altares.

Son hombres y mujeres como nosotros, pero que fueron unos imitadores perfectos de Jesucristo.

Se puede recordar, por ejemplo, a un San Vicente de Paúl, el cual, ante cualquier cosa que había de hacer, se detenía unos instantes, y se preguntaba:
– ¿Qué haría Cristo aquí y ahora, en mi lugar?

Como es natural, Vicente resultó una copia perfecta del Señor.

Si somos buenos observadores cuando se nos dirige en la Iglesia la Palabra de Dios, habremos notado que la predicación de la Iglesia, notablemente mejorada en comparación de épocas pasadas, se dirige a esto: a presentarnos al Jesucristo del Evangelio como el único modelo a quien imitar.

¿La vida de familia? Como la de Jesús con su Madre y con José.
¿La oración? Como la de Jesús, constante, confiada, ininterrumpida.
¿El trabajo? Como el de Jesús por los campos y en el taller de Nazaret.
¿El trato con los demás, el amor, la comprensión? Como los de Jesús, de una exquisitez, delicadeza y elegancia como del Hombre más perfecto…

Esta tarea tan interesante y tan hermosa es de todos, y no de unos privilegiados.

El día en que nuestro trabajo, nuestra plegaria, nuestra relación con los demás y todo nuestro quehacer en la vida sean como los de Jesucristo y estén animados por sus mismos sentimientos, quedaríamos mejor clasificados como cristianos que los valientes alumnos de Teresa, de Vinci y de Velázquez como literatos o pintores….

Histórico. El estudiante, Daniel Ruiz Bueno, fue después traductor de clásicos en la BAC. – Rom. 8,29. 1Cor. 11,1.

Autor: Pedro García, Misionero Claretiano