“Me consagro y me entrego a Jesucristo
Pedirlo con una oración intensa, el deseo y la voluntad de responder al amor de Jesús entregándote por entero a Él.
 
23.
23. “Me consagro y me entrego a Jesucristo

Debes repetir todos los días de tu vida: me consagro y me entrego a Jesucristo.

Después de una dolorosa experiencia en la que había tomado conciencia de su radical pobreza, uno de mis amigos me decía un día: “Mi pecado me hace estar más enamorado todavía de Jesucristo”.

Es cierto, había tenido que reelegir a Cristo consagrándose de nuevo a Él. Sales serio de la contemplación del pecado, pero estás muy lejos de sentirte desanimado pues has vislumbrado, en el perdón de Dios, el amor de Jesús que se entrega a ti. Como decía santa Teresa de Lisieux: “El amor sólo se paga con amor”. Por eso, ahora estás en el mejor momento para renovar tu fe en Cristo.

Piensas a veces que basta con elegir a Cristo en los momentos de las grandes etapas de tu vida; sábete que no es así, sino que cada día estás en “estado de evangelización”. Por eso la Iglesia te invita cada año, en el momento de la Pascua a renovar tu fe en Cristo. Es la meta y la fuente de tu vida, y por eso debes “reconocerle” cada día. No basta tan sólo con hacer un acto intelectual de fe, sino de dar a toda tu existencia una cierta orientación que te conforme con la manera de pensar, de obrar y de amar de Cristo.

Es cierto, que hay etapas en las que esta elección es más radical pues se trata de una opción que pone en tela de juicio las profundidades de tu ser y de tu destino. Este es el caso de la elección en el momento de la adolescencia o hacia los cuarenta o cincuenta años en el momento en que quieres dar a tu vida una calidad de amor y de libertad. Esta elección es siempre posible y es la expresión más profunda de tu personalidad. Muy a menudo, inaugura o pone fin a una crisis de crecimiento en tu historia personal, pues polariza y unifica todos tus deseos alrededor de la persona de Jesucristo. Al dar nuevo sentido a tu vida te marca para el tiempo y para la eternidad.

Es lo que pides aquí con una oración intensa, el deseo y la voluntad de responder al amor de Jesús entregándote por entero a Él. En el fondo, quieres repetir hoy, con pleno conocimiento de causa y con todas las potencias de tu ser, la ofrenda de tu bautismo; Quieres aspirar al mayor amor y, con la gracia de Dios. ponerte al servicio del Reino.

En la oración, tienes que ponerte resueltamente ante la persona de Cristo que quiere realizarte en plenitud. Jesús es un ser vivo, habita en tu corazón por la fe. Qué importa que no sientas su presencia con tal que esta presencia se dé, pues esto es lo esencial. Lo demás es sentimiento y literatura.

Lee en Juan (1, 35 a 51), el primer encuentro de los discípulos con Jesús. Déjate interpelar por él: “¿Qué buscas?” (1, 38), y asume la respuesta de Andrés y de Juan: “Maestro, ¿dónde moras?” Y luego sigue a Cristo, es decir entra en el misterio profundo del conocimiento de su persona y quédate con él a lo largo de todo el día.

Tú sabes pasar un día con tus mejores amigos, ¿por qué no vas a pasar un día con Cristo, viviendo cara a cara con él? Si sabes permanecer en silencio esperándole, te hará experimentar su presencia, tendrás sobre todo la “gracia” de su presencia. Y para pasar con Él esta jornada, te basta con leer el evangelio, dejando caer una a una en tu corazón las palabras de Cristo. Así te penetrarás de su pensamiento y de su amor.

Entonces podrá revelarte el secreto de su intimo ser, inscribirá en tu corazón sus nombres propios y sobre todo se te dará a ti en un contacto de amistad que ninguna palabra humana es capaz de expresar. Escucharás que te hace una última petición:

“Hijo mío, dame tu corazón”. ¡Ojalá puedas responderle con el “sí” de Maria en la Anunciación!

Autor: Jean Lafrance | Fuente: Catholic.net