La Ley por Moisés y la Gracia por Jesucristo.
Cristo nos da su vida por la comunión de su cuerpo, que nos robustece para cumplir sus mandamientos.
 
La Ley por Moisés y la Gracia por Jesucristo.
La Ley por Moisés y la Gracia por Jesucristo.

DOMINGO III DE CUARESMA. CICLO B

1. “Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud. No tendrás otros dioses rivales míos. Honra a tu padre y a tu madre. No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás testimonio falso contra tu prójimo. No codiciarás los bienes de tu prójimo: ni la mujer, ni su esclavo, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él” Exodo 20,1.

2. Los mandamientos de Dios son revelación suya y palabras de él, son don suyo y gracia suya. No son ataduras, sino horizonte amplio de libertad. No obstáculos en el camino, sino autopistas con guardavallas poderosas para no despeñarse, e impulsos hacia la velocidad en el camino del ser, del bien, de la verdad y de la belleza. Tampoco son barreras para frenar la marcha de la máquina del tren, sino rieles garantes de la seguridad de los viajeros. Ni escalones que nos precipitan, sino ascensores que nos elevan. Antes de ser grabados en las piedras por la mano de Dios: “Yo te daré unas tablas de piedra con la ley y los mandamientos que he escrito con mi dedo” (Ex 24,12; Dt 9,10); antes de ser escritos en los papiros, en los pergaminos y en las hojas de los catecismos, habían sido impresos en el corazón de los hombres. “Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en su corazón” (Jr 31,33), para que no os precipitéis en el desconcierto, ni prevalezca la ley de la jungla.

“Mientras mi afán más y más
en el mundo se concentra,
hay algo en mí que no encuentra
nunca en el mundo su paz.
Y aunque yo mismo de grado
confesármelo no quiera,
vuelvo de cada quimera,
con el airón desplumado
y chafada la cimera.
Y cuando en las flores
del mundo, mi alma se engríe
y hecha risas, se deslíe
en un mar de pluma y seda…
qué es esto que siempre queda
en mí que nunca se ríe?”
dice Javier a San Ignacio, según Pemán en el Divino Impaciente.

Nos acucia el hambre de la verdad, el ansia de la bondad, la subyugación de la belleza, porque Dios nos ha creado para la verdad y la bondad y la belleza absolutas, que son El, y a él tendemos, aunque el lastre del mal nos atenace. Y cuando se realiza el mal, el mismo mal nos arañara las entrañas, porque: “Nos has hecho, Señor para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti”, dirá iluminado san Agustín que también sabía lo suyo de la profundidad de su pozo insaciable.

3. Por eso todo el mundo, aun los pueblos no civilizados, saben que hay que hacer el bien y hay que evitar el mal, y aunque expresen estos sentimientos de modos muy rudimentarios, manifiestan la acción del espíritu de Dios que ha hecho al hombre a imagen y semejanza suya.

4. El día 26 de febrero de 2000, en su última jornada en Egipto, al pie del enorme monte rojizo donde Yahveh reveló su nombre y su ley en el Sinaí, hace tres mil doscientos años, Juan Pablo II, con toda sencillez y sin ninguna retórica, dijo que los mandamientos entregados allí a Moisés por el Señor, siguen vigentes. En aquel solemne lugar el Papa se sumergió en tan profunda y evidente oración, que el abad-obispo Damianos, quedó impresionado. Se celebró una ceremonia litúrgica, en la que se leyeron los Diez Mandamientos, y el Santo Padre se emocionó. Después tocó las piedras rojizas características de aquel lugar esencial y agreste, formado por el desierto y las montañas de granito. Como «peregrino tras las huellas de Dios» se presentó a los pies de la montaña sagrada del Monte de Moisés, en el monasterio greco-ortodoxo de Santa Catalina.

5. Fuera del monasterio, y debajo de un almendro en flor celebró la Eucaristía, y dirigiéndose a unos quinientos católicos egipcios, explicó el Papa el sentido de su peregrinación: «El obispo de Roma viene como peregrino al Monte Sinaí atraído por esta montaña santa que se yergue como un monumento majestuoso en honor de lo que Dios reveló aquí. ¡Aquí reveló su nombre! ¡Aquí entregó su Ley, los diez mandamientos de la Alianza”. En este santuario al aire libre, consagrado a la fe en el único Dios, el Santo Padre no renunció a replantear el diálogo entre las tres religiones monoteístas, hablando del «viento que todavía sopla en el Sinaí», la fuerza liberadora de los diez mandamientos. El «peregrino tras las huellas de Dios» vino al Sinaí a contemplar el secreto mismo de la libertad del hombre. Dijo que las tablas de la Ley entregadas a Moisés, «no son una imposición arbitraria de un Dios tirano. Fueron escritas en piedra, pero antes, habían sido escritas en el corazón de los hombres como la ley moral universal, válida para todo tiempo y lugar. Y propuso el Decálogo como único futuro para toda la humanidad. Hoy como siempre, las Diez Palabras de la Ley ofrecen la única base auténtica para la vida de los hombres, de las sociedades y de las naciones. Hoy, igual que siempre, son el único futuro de la familia humana. Salvan al hombre de su destructiva fuerza del egoísmo, del odio y de la mentira. Ponen de manifiesto todos esos falsos dioses que le esclavizan: el amor propio hasta la exclusión de Dios y la avidez de poder y de placer, que trastoca el orden de la justicia y degrada nuestra dignidad humana y la de nuestro prójimo.

6. El Papa vivió el momento de mayor emoción cuando visitó la Iglesia de la Transfiguración del monasterio cristiano más antiguo del mundo, donde se conservan las raíces de la «zarza ardiente» desde la que Dios habló a Moisés y le reveló su nombre: «Yo soy el que soy». El Papa peregrino se quitó los zapatos, como Dios ordenó a su profeta, se arrodilló y se postró para besar esta tierra santa.

7. Al promulgar el Decálogo, Dios manifiesta una infinita perspicacia psicológica, partiendo del principio de que él es el liberador de la esclavitud: “Yo soy el Señor tu Dios que te saqué de la esclavitud de Egipto”. Su pueblo es suyo por derecho de reconquista, pero no lo invoca para oprimirles, ya que les acaba de liberar de la opresión, sino para inducirles a que, como pueblo suyo a él consagrado y ovejas de su rebaño, le permitan poder continuar la relación con ellos, y su relación entre salvador y salvados, entre liberador y liberados. Primero la liberación, los mandamientos después, para seguir salvándolos y haciéndolos dichosos, en el cumplimiento de unos Mandamientos convertidos en autopistas de felicidad, en relación con él y en relación con los hombres. Y todo desde la raiz del amor, resumen “y plenitud de la ley” (Rm 18,10),

8. La relación entre la primera y tercera lecturas, que siempre procuro buscar y encontrar en estas homilías, se nos va a hacer un poco difícil de descubrir, porque es muy profunda, pero también muy fecunda. El Señor trata a su pueblo como un niño, como un aprendiz de teología. No le puede abrir el programa de golpe. Va por etapas. Tiene en cuenta la ley del crecimiento de la semilla. En el Exodo, Yahve, fundamenta su derecho a obtener la obediencia del pueblo en que es su libertador, que les ha sacado de la esclavitud de Egipto liberándolos de un mal material insoportable.

9. Pero los mandamientos no les van a resultar fáciles de guardar, porque hay enemigos apostados como terroristas en las curvas, y en los instintos e inclinaciones al pecado, como quinta columna en el corazón. Pesan mucho los hábitos, y las costumbres son una rémora inexpugnable, que luchando con ella se apodera del hombre como la agonía de Getsemaní, que a veces exige sudar sangre y angustia para dominarla.

10. Esto no les ocurría sólo a aquellos hombres, recién salidos de Egipto, donde respiraban paganismo y carnalidad, ni en la aridez y soledad de los cuarenta años del desierto, cuando todavía no existía la ley de la lapidación, pero sí la ley del Talión, inspirada en el Código de Hamurabi 1800 años antes de Cristo, sino que les sucederá todavía en tiempos de Cristo, como manifestará San Pablo de sí mismo que “no hago el bien que quiero… sino el mal que no quiero. Siento una ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado, que está en mis miembros”(Rm 7,19). Y seguirá ocurriendo siempre a todos los hombres, que van a necesitar unas fuerzas nuevas para luchar y vencer la incesante tentación. “¡Desdichado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Ib). Aunque el pecado no es un virus que ataca sin que te des cuenta, es una bacteria resistente, que los antibióticos de la voluntad son insuficientes para inmunizarla. El mal es una flor sin semilla, un mineral sin arqueología, un tenebroso veneno que se nos infiltra en los genes por generación espontánea y nos repugna y sobrecoge, nos encoge el ánimo y nos ofusca con sórdida fascinación. Habita dentro de nosotros, como una bestia enjaulada que clama por su libertad y de cuando en cuando acierta a lanzar su zarpazo.

11. Todo ello no es obstáculo para que los frutos de los mandamientos sean: “Lugar de descanso; produzcan alegría, que hace brillar de luz los ojos felices; sean más preciosos que el oro y más dulces que la miel recién destilada del panal. Todo eso es pura verdad en teoría, pero en la práctica, ¡qué angustioso es abstenerse de fumar, por poner una adicción más confesable! El fumador y cualquier adicto a la droga, sabe muy bien que se está destruyendo, pero ¿cuántos son los que empezaron la dieta y perseveraron sin claudicar? ¿Qué no darían por verse libres de su adicción? En el libro “El niño que soñaba con la luna”, del Padre Duval, famoso cantautor, con belleza cautivadora, analiza el jesuita alcohólico, su dolor y su tragedia, su soledad y su impotencia. ¡Quería salir y no podía!, y sus triunfos se convirtieron en derrotas, y sus amistades todas se rompieron, como una rosa azotada por el huracán. Dediqué la oración de ayer a meditar el salmo 18, lo encontré como nuevo, y casi me dio la clave de sus afirmaciones.

12. He dicho que a aquel pueblo inmaduro debió de pesarle mucho el cumplimiento de los mandamientos proclamados por Moisés. Para que los mandamientos resulten dulces como la miel y preciosos como el oro, va a ser necesario que Jesús inaugure la época del Espíritu y sea devorado por la angustia, cargue sobre sí todos los pecados consumido por el celo, que es la consecuencia del amor, pues, según San Agustín, “qui non zelat non amat”, y ofrezca al Padre y al mundo de los hombres, la mayor prueba de amor, devorado y consumido por el amor. Sólo después de la resurrección, recordarán los discípulos que el salmo había dicho “que el celo de tu casa me devora”.

13. La luminosidad y brillo de los ojos, la preciosidad del oro fino y la dulzura de la miel que el panal destila, la satisfacción y la alegría de los mandamientos, puede resplandecer en un cuerpo agonizante, en un alma torturada, pero pacificada en medio de las luchas, y aún después de las caídas que, aunque le humillan y le atormentan, no le derrotan, por el consuelo de la misericordia y el rocío de la sangre de Jesús. Los mandamientos pues, no prometen sólo una paz trascendente, sino una satisfacción plena actual.

14. Está llegando el tiempo del cumplimiento de las palabras que dijo Jesús antes sus dudas a la mujer samaritana: “Nuestros padres adoraron a Dios en este monte y vosotros decís que el sitio donde se ha de adorar es Jerusalén: -Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Esta es la hora en que los verdaderos adoradores, adorarán al Padre en espíritu y verdad” (Jn 4,20). Sólo con la efusión del Espíritu Santo, derramado por la Sangre de la Cruz, podrán los hombres superar la ley del pecado, la agonía de la inmolación, el amor limpio y puro que les haga dulce la negación de sí mismos y el camino de la cruz. LA LEY QUE VINO POR MOISÉS.

15. Está pasando la ley y a punto de llegar la gracia. Antes, quien quería encontrarse con Dios, tenía que ir al Templo. Desde ahora el nuevo templo es ya Jesús, su cuerpo físico en quien reside personalmente la divinidad (Col 2,9), su Eucaristía y su Cuerpo Místico, llamado a poblar toda la tierra, como el árbol de mostaza que cobija todos los pájaros del aire (Mt 13,31). Adorar a Dios ahora, no será cuestión local, sino de interiorización, “en espíritu y verdad” (Jn 4,23), porque “el reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17,21).

16. El Templo de Jerusalén, máximo exponente religioso de los hebreos, iba a ser sustituido por el Cuerpo de Cristo. Y éste es un paso y un cambio tan importante, que Jesús lo quiso manifestar con un gesto inesperado en quien se ha proclamado como “manso y humilde de corazón”. Aprovechando el desbarajuste que reinaba en el patio de los gentiles del Templo en las vísperas de la Pascua, donde todos tenían que ofrecer sus sacrificios rituales: allí, entre los bueyes que mugen, los corderos y ovejas que balan, entre el cambio de monedas por siclos, entre el estiércol de los animales, y las disputas y regateos de mercaderes y compradores, en medio del zureo de palomas y las ofertas de incienso, harina y aceite, con la anuencia de los sacerdotes, que tenían en ese trapicheo de bazar o mercado, una buena fuente de ingresos, Jesús va a realizar una operación profética, que anunciará el cambio de culto, de ofrendas y de templo. El mismo va a sustituir el cuerpo y la sangre de aquellos animales, que purificaban el cuerpo, pero no las conciencias de las obras muertas (Heb 8,11), por su propio cuerpo y su propia sangre “no hecho por mano de hombre, es decir, no de esta creación, entrando de una vez para siempre en el santuario, no con sangre de machos cabríos y de becerros, sino con su propia sangre, adquiriéndonos una redención eterna. Jesús “hizo un azote de cordeles que había por el suelo y los echó a todos del templo”. San Ignacio enseña que “en las personas que van de pecado mortal en pecado mortal”, mientras que el mal espíritu les propone placeres aparentes para facilitarles la caída, el buen espíritu “usa contrario modo, punzándoles y remordiéndoles las conciencias…”

Dios a veces pega, y pega fuerte, para hacernos salir del pecado –que tiene mucho de comercio en un lugar santo-. La dureza de Dios sobre nosotros es para hacernos reaccionar, así como Jesús con los vendedores del Templo. No es lícito profanar la Casa de Dios y nosotros mismos y nuestros semejantes somos casa de Dios. Y en esa Casa, Jesús, actúa como dueño de casa y a veces con el látigo en la mano, diciéndoles:

17. “Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”. Y a la cólera con que los sacerdotes le increpan: “¿Qué signos nos muestras para hacer esto?”, responde Jesús: Destruid este templo y en tres días lo reedificaré” Juan 2,13. La destrucción de su cuerpo es su muerte, que se corresponde con la conversión del agua en vino en las bodas de Caná, donde el vino convertido es el símbolo de la sangre derramada, al ser destruido su cuerpo, que nos ha narrado San Juan en el principio de este mismo capítulo 2, inmediatamente antes de las palabras: “Destruid este templo”.

18. El Señor, que motivó en el Sinaí el cumplimiento de la Alianza por los Mandamientos en base a su liberación del cautiverio de Egipto, como su Señor y su Dios, va a fundamentar el cumplimiento de los mismos mandamientos perfeccionados, en el celo que le devora, hasta la pasión, crucifixión y muerte, con los que destruye los pecados, como Cordero de Dios. Y el amor supremo que su sangre nos proporciona es el cantado por el salmo que nos dice que los mandamientos son, como fruto conquistado con la sangre del sacrificio nuevo, de la Nueva Alianza, del amor supremo: “Descanso. Alegría. Luz radiante para los ojos. Más preciosos que el oro. Más dulces que la miel de un panal que destila: Con lo que se comprende que “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos”. Jesús vela singularmente por los templos vivos: “¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu mora en vosotros?” (1 Cor 3,16).

19. Para seguir el camino de Cristo e imitar su ofrecimiento por amor como hostia de holocausto, San Pablo nos exhorta a “presentar nuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable” (Rom 12,1). Y San Pablo mismo, que sentía aquella ley del pecado en sus miembros, comprende que lo va a conseguir: “Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor” (Rm 7,19). Es decir, “la ley entregada por Moisés, fué perfeccionada y fortalecida por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo”. San Juan de la Cruz, nueve meses en la cárcel sin poder celebrar misa, nos hablará de la muerte de amor y Santa Teresita del Niño Jesús, se ofrecerá como víctima de Amor.

20. Lo que vivió San Juan de la Cruz, y más, lo han vivido en este siglo cristianos, como el el arzobispo vietnamita François Xavier Van Thuân, cuando dirigió los Ejercicios Espirituales al Papa Jun Pablo II y a sus colaboradores, comenzó con una c_onMovedora evocación de las Misas que celebró en los trece años de cárcel que tuvo que soportar en su país. «Cuando me encarcelaron en 1975 -recordó el prelado vietnamita-, me vino una pregunta angustiosa: “¿Podré celebrar la Eucaristía?”». El prelado explicaba que, como al ser detenido no le permitieron llevarse ninguno de sus objetos personales, al día siguiente le permitieron escribir a su familia para pedir objetos de primera necesidad: ropa, pasta dental, etc. «Por favor, enviadme algo de vino, como medicina para el dolor de estómago». Los fieles entendieron muy bien lo que quería y le mandaron una botella pequeña de vino con una etiqueta en la que decía: «Medicina para el dolor de estómago». Entre la ropa escondieron también algunas hostias. La policía le preguntó: «¿Le duele el estómago?». «Sí», respondió monseñor Van Thuân, arzobispo de Saigón. «Aquí tiene su medicina». «No podré expresar nunca mi alegría: celebré cada día la Misa con tres gotas de vino y una de agua en la palma de la mano. Cada día pude arrodillarme ante la Cruz con Jesús, beber con él su cáliz más amargo. Cada día, al recitar la consagración, confirmé con todo mi corazón y con toda mi alma un nuevo pacto, un pacto eterno entre Jesús y yo, a través de su sangre mezclada con la mía. Fueron las Misas más bellas de mi vida».

21. Más tarde, cuando le internaron en un campo de reeducación, al arzobispo le metieron en un grupo de cincuenta detenidos. Dormían en una cama común. Cada uno tenía derecho a cincuenta centímetros. «Nos las arreglamos para que a mi lado estuvieran cinco católicos -cuenta-. A las 21,30 se apagaban las luces y todos tenían que dormir. En la cama, yo celebraba la Misa de memoria y distribuía la comunión pasando la mano por debajo del mosquitero. Hacíamos sobres con papel de cigarro para conservar el santísimo Sacramento. Llevaba siempre a Cristo Eucaristía en el bolso de la camisa».

22. Como todas las semanas teníamos una sesión de adoctrinamiento en la que participaban todos los grupos de cincuenta personas que componían el campo de reeducación, el arzobispo aprovechaba los momentos de pausa para pasar con la ayuda de sus compañeros católicos, la Eucaristía a los otros cuatro grupos de prisioneros. «Todos sabían que Jesús estaba entre ellos, y él cura todos los sufrimientos físicos y mentales. De noche, los prisioneros se turnaban en momentos de adoración; Jesús Eucaristía ayuda de manera inimaginable con su presencia silenciosa: muchos cristianos volvieron a creer con entusiasmo; su testimonio de servicio y de amor tuvo un impacto cada vez mayor en los demás prisioneros; incluso algunos budistas y no cristianos abrazaron la fe. La fuerza de Jesús es irresistible. La oscuridad de la cárcel se convirtió en luz pascual. Jesús comenzó una revolución en la cruz. La revolución de la civilización del amor tiene que comenzar en la Eucaristía y desde aquí tiene que ser impulsada”: Lo dice San Pablo en la 2ª lectura de hoy: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los griegos; pero para los llamados por Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios” 1 Corintios 1,22.

23. Concluyó monseñor Van Thuân con un sueño: en él la Curia romana es como una gran hostia, en el seno de la Iglesia, que es como un gran Cenáculo. Todos nosotros somos como granos de trigo que se dejan moler por las exigencias de la comunión para formar un solo cuerpo, plenamente solidarios y plenamente entregados, como pan de vida para el mundo, como signo de esperanza para la humanidad. Un solo pan y un solo cuerpo». Destacar la relación de los mandamientos proclamados en el Sinaí y culminados por la muerte de amor supremo en el calvario, es lo que a mi entender intentan hoy las lecturas.

24. Con nuestras fuerzas no podíamos llegar tan alto. Era necesario que la gracia de la Cabeza acudiera en nuestro socorro y consuelo, para obrar según el Espíritu y no según la carne, guardando sus mandamientos, “más preciosos que el oro; más dulces que la miel de un panal que destila” Salmo 18, con la gracia de los sacramentos de Cristo y vivificados por la oración, representados en el templo purificado, que sustituyen la ineficacia de la Ley Antigua. Así es como nos da su vida por la comunión de su cuerpo, que nos robustece para cumplirlos. LA GRACIA VINO POR JESUCRISTO. DESDE EL CUMPLIMIENTO DE LOS MINIMOS HASTA SER DEVORADO POR EL AMOR.

Jesús Martí Ballester


19 DE MARZO DE 2006

Autor: Catholic. net | Fuente: Catholic. net