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Comunicar la caridad de Jesucristo buen Pastor
Prepararse para el ministerio de la Palabra, para el ministerio del culto y la santificación, para el ministerio del Pastor: representar delante de los hombres a Cristo
 

La formación pastoral: comunicar la caridad de Jesucristo buen Pastor

TEXTO TOMADO DEL DOCUMENTO: “PASTORES DABO VOBIS”

57. Toda la formación de los candidatos al sacerdocio está orientada a prepararlos de una manera específica para comunicar la caridad de Cristo, buen Pastor. Por tanto, esta formación, en sus diversos aspectos, debe tener un carácter esencialmente pastoral. Lo afirma claramente el decreto conciliar Optatam totius, refiriéndose a los seminarios mayores: La educación de los alumnos debe tender a la formación de verdaderos pastores de las almas, a ejemplo de nuestro Señor Jesucristo, Maestro, Sacerdote y Pastor. Por consiguiente, deben prepararse para el ministerio de la Palabra: para comprender cada vez mejor la palabra revelada por Dios, poseerla con la meditación y expresarla con la palabra y la conducta; deben prepararse para el ministerio del culto y de la santificación, a fin de que, orando y celebrando las sagradas funciones litúrgicas, ejerzan la obra de salvación por medio del sacrificio eucarístico y los sacramentos; deben prepararse para el ministerio del Pastor: para que sepan representar delante de los hombres a Cristo, que “no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida para redención del mundo” (Mc. 10, 45; cf. Jn. 13, 12-17), y, hechos servidores de todos, ganar a muchos (cf. 1 Cor. 9, 19)[179].

El texto conciliar insiste en la profunda coordinación que hay entre los diversos aspectos de la formación humana, espiritual e intelectual; y, al mismo tiempo, en su finalidad pastoral específica. En este sentido, la finalidad pastoral asegura a la formación humana, espiritual e intelectual algunos contenidos y características concretas, a la vez que unifica y determina toda la formación de los futuros sacerdotes.

Como cualquier otra formación, también la formación pastoral se desarrolla mediante la reflexión madura y la aplicación práctica, y tiene sus raíces profundas en un espíritu que es el soporte y la fuerza impulsora y de desarrollo de todo.

Por tanto, es necesario el estudio de una verdadera y propia disciplina teológica: la teología pastoral o práctica, que es una reflexión científica sobre la Iglesia en su vida diaria, con la fuerza del Espíritu, a través de la historia; una reflexión, sobre la Iglesia como “sacramento universal de salvación”[180], como signo e instrumento vivo de la salvación de Jesucristo en la Palabra, en los Sacramentos y en el servicio de la caridad. La pastoral no es solamente un arte ni un conjunto de exhortaciones, experiencias y métodos; posee una categoría teológica plena, porque recibe de la fe los principios y criterios de la acción pastoral de la Iglesia en la historia, de una Iglesia que “engendra” cada día a la Iglesia misma, según la feliz expresión de San Beda el Venerable: “Nan et Ecclesia quotidie gignit Ecclesiam”[181]. Entre estos principios y criterios se encuentra aquel especialmente importante del discernimiento evangélico sobre la situación sociocultural y eclesial, en cuyo ámbito se desarrolla la acción pastoral.

El estudio de la teología pastoral debe iluminar la aplicación práctica mediante la entrega y algunos servicios pastorales que los candidatos al sacerdocio deben realizar, de manera progresiva y siempre en armonía con las demás tareas formativas; se trata de “experiencias” pastorales que han de confluir en un verdadero “aprendizaje pastoral”, y que puede durar incluso algún tiempo y que requiere una verificación de manera metódica.

Mas el estudio y la actividad pastoral se apoyan en una fuente interior, que la formación deberá custodiar y valorizar: se trata de la comunión cada vez más profunda con la caridad pastoral de Jesús, la cual, así como ha sido el principio y fuerza de su acción salvífica, también, gracias a la efusión del Espíritu Santo en el sacramento del Orden, debe ser principio y fuerza del ministerio del presbítero. Se trata de una formación destinada no sólo a asegurar una competencia pastoral científica y una preparación práctica, sino también, y sobre todo, a garantizar el crecimiento de un modo de estar en comunión con los mismos sentimientos y actitudes de Cristo, buen Pastor: “Tener entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo” (Flp. 2, 5).

58. Entendida así, la formación pastoral no puede reducirse a un simple aprendizaje, dirigido a familiarizarse con una técnica pastoral. El proyecto educativo del seminario se encarga de una verdadera y propia iniciación a la sensibilidad del pastor, a asumir de manera consciente y madura sus responsabilidades, al hábito interior de valorar los problemas y establecer las prioridades y los medios de solución, fundados siempre en claras motivaciones de fe y según las exigencias teológicas de la pastoral misma.

A través de la experiencia inicial y progresiva en el ministerio, los futuros sacerdotes podrán ser introducidos en la tradición pastoral viva de su Iglesia particular; aprenderán a abrir el horizonte de su mente y de su corazón a la dimensión misionera de la vida eclesial; se ejercitarán en algunas formas iniciales de colaboración entre sí y con los presbíteros a los cuales serán enviados. En estos últimos recae -en coordinación con el programa del seminario- una responsabilidad educativa pastoral de no poca importancia.

En la elección de los lugares y servicios adecuados para la experiencia pastoral se debe prestar especial atención a la parroquia[182], célula vital de dichas experiencias sectoriales y especializadas, en la que los candidatos al sacerdocio se encontrarán frente a los problemas inherentes a su futuro ministerio. Los Padres sinodales han propuesto una serie de ejemplos concretos, como la visita a los enfermos, la atención a los emigrantes, exiliados y nómadas, el celo de la caridad que se traduce en diversas obras sociales. En particular dicen: “Es necesario que el presbítero sea testigo de la caridad de Cristo mismo que “pasó haciendo el bien” (Hch. 10, 38); el presbítero debe ser también el signo visible de la solicitud de la Iglesia, que es Madre y Maestra. Y puesto que el hombre de hoy está afectado por tantas desgracias, especialmente los que viven sometidos a una pobreza inhumana, a la violencia ciega o al poder abusivo, es necesario que el hombre de Dios, bien preparado para toda obra buena (cf. 2 Tim. 3, 17), reivindique los derechos y la dignidad del hombre. Pero evite adherirse a falsas ideologías y olvidar, cuando trata de promover el bien, que el mundo es redimido sólo por la cruz de Cristo”[183].

El conjunto de estas y de otras actividades pastorales educa al futuro sacerdote a vivir como “servicio” la propia misión de “autoridad” en la comunidad, alejándose de toda actitud de superioridad o ejercicio de un poder que no esté siempre y exclusivamente justificado por la caridad pastoral.

Para una adecuada formación es necesario que las diversas experiencias de los candidatos al sacerdocio asuman un claro carácter “ministerial”, siempre en íntima conexión con todas las exigencias propias de la preparación al presbiterado y, (por supuesto, sin menoscabo del estudio), relacionados con el triple servicio de la Palabra, del culto y de presidir la comunidad. Estos servicios pueden ser la traducción concreta de los ministerios del Lectorado, Acolitado y Diaconado.

59. Ya que la actividad pastoral está destinada por su naturaleza a animar la Iglesia, que es esencialmente “misterio”, “comunión”, y “misión”, la formación pastoral deberá conocer y vivir estas dimensiones eclesiales en el ejercicio del ministerio.

Es fundamental el ser conscientes de que la Iglesia es “misterio”, obra divina, fruto del Espíritu de Cristo, signo eficaz de la gracia, presencia de la Trinidad en la comunidad cristiana; esta conciencia, a la vez que no disminuirá el sentido de responsabilidad propio del pastor, lo convencerá de que el crecimiento de la Iglesia es obra gratuita del Espíritu y que su servicio -encomendado por la misma gracia divina a la libre responsabilidad humana- es el servicio evangélico del “siervo inútil” (cf. Lc. 17, 10).

En segundo lugar, la conciencia de la Iglesia como “comunión” ayudará al candidato al sacerdocio a realizar una pastoral comunitaria, en colaboración cordial con los diversos agentes eclesiales: sacerdotes y Obispo, sacerdotes diocesanos y religiosos, sacerdotes y laicos. Pero esta colaboración supone el conocimiento y la estima de los diversos dones y carismas, de las diversas vocaciones y responsabilidades que el Espíritu ofrece y confía a los miembros del Cuerpo de Cristo; requiere un sentido vivo y preciso de la propia identidad y de la de las demás personas en la Iglesia; exige mutua confianza, paciencia, dulzura, capacidad de comprensión y de espera; se basa sobre todo en un amor a la Iglesia más grande que el amor a sí mismos y a las agrupaciones a las cuales se pertenece. Es especialmente importante preparar a los futuros sacerdotes para la colaboración con los laicos. “Oigan de buen grado -dice el Concilio- a los laicos, considerando fraternalmente sus deseos y reconociendo su experiencia y competencia en los diversos campos de la actividad humana, a fin de que, juntamente con ellos, puedan conocer los signos de los tiempos”[184]. El Sínodo ha insistido también en la atención pastoral de los laicos: “Es necesario que el alumno sea capaz de proponer y ayudar a vivir a los fieles laicos, especialmente los jóvenes, las diversas vocaciones (matrimonio, servicios sociales, apostolado, ministerios y responsabilidades en las actividades pastorales, vida consagrada, dirección de la vida política y social, investigación científica, enseñanza). Sobre todo es necesario enseñar y ayudar a los laicos en su vocación de impregnar y transformar el mundo con la luz del Evangelio, reconociendo su propio cometido y respetándolo”[185].

Por último, la conciencia de la Iglesia como comunión “misionera” ayudará al candidato al sacerdocio a amar y vivir la dimensión misionera esencial de la Iglesia y de las diversas actividades pastorales; a estar abierto y disponible para todas las posibilidades ofrecidas hoy para el anuncio del Evangelio, sin olvidar la valiosa ayuda que pueden y deben dar al respecto los medios de comunicación social;[186] y a prepararse para un ministerio que podrá exigirle la disponibilidad concreta al Espíritu Santo y al Obispo para ser enviado a predicar el Evangelio fuera de su país[187].

[179] Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, 4.

[180] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dog. sobre la Iglesia Lumen gentium, 48.

[181] Explanatio Apocalypsis, lib. II, 12: PL 93, 166.

[182] Cf. Propositio 28.

[183] Ibid.

[184] Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 9; cf. Exhort. Ap. Christifideles laici (30 diciembre 1988), 61: l. c., 512-514.

[185] Propositio 28.

[186] Cf. Ibid.

[187] Cf. Carta Enc. Redemptoris missio (7 diciembre 1990) 678: l. c., 315-316.

Autor: S.S. Juan Pablo II (Pastores dabo vobis)

LA SABIDURÍA DE LA CRUZ
Y DOS MUJERES CLAVES DEL PONTIFICADO DE JUAN PABLO II

El cardenal Ratzinger sobre el Papa, el 5 de noviembre, de 1998 en la celebración por el 50 aniversario del doctorado de Karol Wojtyla.

«Como todo discípulo de Jesús, el Papa ha experimentado muy de cerca el sufrimiento, pero este discípulo, a través de su sufrimiento, parece haber aprendido mejor que otros el lenguaje de un dolor que salva».

«Dos mujeres que han pertenecido a la Orden del Carmelo pueden ayudarnos a comprender la dimensión sapiencial sobre la que se apoya toda la reflexión teológica de este pontificado… una santa a la que él declaró doctora y de una doctora a la que él declaró santa».

«La primera, santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz, es una muchacha que hizo transparente la santidad a través de la sencillez de su joven ardor y, gracias a Juan Pablo II, se ha revelado tan sabia que ha sido proclamada doctora de la Iglesia. La segunda, santa Teresa Benedicta de la Cruz –más conocida como Edith Stein, n.d.r.–, es una joven filósofa que aprendió a través del conocimiento de la cruz hasta el martirio, aceptado conscientemente, esa sabiduría misteriosa que lleva a la santidad.

Una es patrona de las misiones, signo de la apertura universal de la salvación; la otra es una judía convertida al catolicismo, signo de esa reunión entre el padre y los hijos. En la vida de las dos, nos encontramos con la santidad que se hace sabiduría y con la sabiduría que se hace santidad, en un único designio de amor y salvación para los hombres en la inseparable unidad entre vida y pensamiento. Las dos experimentan esa sabiduría que es revelada tan sólo a aquellos que han encontrado en la cruz la clave de toda su existencia».

«en este sublime entrelazarse de la sabiduría del corazón y de la cruz, podemos encontrar el origen auténtico del anhelo que inspira a Juan Pablo II». Este hombre, «a través del sufrimiento vivido en su misma carne, ha revalorizado la sabiduría de la cruz. Hoy por hoy es imposible pensar en él sin encontrarse frente a su rostro, en el que se encuentran inscritas, de manera indeleble, las huellas del sufrimiento, un dolor que ofrece a la Iglesia por el tercer milenio».

El cardenal Ratzinger reveló que el Papa le dijo en una ocasión: «es necesario introducir a la Iglesia a través del sufrimiento de Dios». El cardenal consideró que «Precisamente esta es la sabiduría que hacía falta en un mundo en el que el dolor es vivido como una vergüenza».

Citando a un autor ruso, el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe afirmó que «la idea de un Dios-hombre que sufre es la única teología posible, la única justificación convincente». «Quizás era necesario precisamente este dolor para que el corazón del hombre recuperara la sabiduría, esa sabiduría que mana del misterio de Dios siempre presente en la historia y, sin embargo, cada vez menos conocido por el corazón del hombre».

http://www.corazones.org/jesus/cruz/cruz_jp2.htm

Milagros: Un llamado a la Fe
Audiencia general de SS Juan Pablo II el 16 de diciembre, de 1987.

1. Los “milagros y los signos” que Jesús realizaba para confirmar su misión mesiánica y la venida del reino de Dios, están ordenados y estrechamente ligados a la llamada a la fe. Esta llamada con relación al milagro tiene dos formas: la fe precede al milagro, más aún, es condición para que se realice; la fe constituye un efecto del milagro, bien porque el milagro mismo la provoca en el alma de quienes lo han recibido, bien porque han sido testigos de él.

Es sabido que la fe es una respuesta del hombre a la palabra de la revelación divina. El milagro acontece en unión orgánica con esta Palabra de Dios que se revela. Es una “señal” de su presencia y de su obra, un signo, se puede decir, particularmente intenso. Todo esto explica de modo suficiente el vínculo particular que existe entre los “milagros-signos” de Cristo y la fe: vínculo tan claramente delineado en los Evangelios.

Efectivamente, encontramos en los Evangelios una larga serie de textos en los que la llamada a la fe aparece como un coeficiente indispensable y sistemático de los milagros de Cristo. Al comienzo de esta serie es necesario nombrar las páginas concernientes a la Madre de Cristo con su comportamiento en Caná de Galilea, –y aún antes y sobre todo– en el momento de la Anunciación. Se podría decir que precisamente aquí se encuentra el punto culminante de su adhesión a la fe, que hallará su confirmación en las palabras de Isabel durante la Visitación: “Dichosa la que ha creído que se cumplirá lo que se te he dicho de parte del Señor” (Lc 1, 45).

Sí, María ha creído como ninguna otra persona, porque estaba convencida de que “para Dios nada hay imposible” (Cfr. Lc 1, 37). Y en Caná de Galilea su fe anticipó, en cierto sentido, la hora de la revelación de Cristo. Por su intercesión, se cumplió aquel primer “milagro-signo”, gracias al cual los discípulos de Jesús”creyeron en él” (Jn 2, 11). Si el Concilio Vaticano II enseña que María precede constantemente al Pueblo de Dios por los caminos de la fe (cfr. Lumen Gentium, 58 y 63; Redemptoris Mater, 5-6), podemos decir que el fundamento primero de dicha afirmación se encuentra en el Evangelio que refiere los “milagros-signos” en María y por María en orden a la llamada a la fe.

3. Esta llamada se repite muchas veces. Al jefe de la sinagoga, Jairo, que había venido a suplicar que su hija volviese a la vida, Jesús le dice: “No temas, ten sólo fe”. (Dice «no temas», porque algunos desaconsejaban a Jairo ir a Jesús) (Mc 5, 36). Cuando el padre del epiléptico pide la curación de su hijo, diciendo: “Pero si algo puedes, ayúdanos…”, Jesús le responde: “¡Si puedes! Todo es posible al que cree”. Tiene lugar entonces el hermoso acto de fe en Cristo de aquel hombre probado: “¡Creo! Ayuda a mi incredulidad” (cfr. Mc 9, 22-24).

Recordemos, finalmente, el coloquio bien conocido de Jesús con Marta antes de la resurrección de Lázaro:”Yo soy la resurrección y la vida… ¿Crees esto? Si, Señor, creo…” (cfr. Jn 11, 25-27).

4. El mismo vínculo entre el “milagro-signo” y la fe se confirma por oposición con otros hechos de signo negativo. Recordemos algunos de ellos. En el Evangelio de Marcos leemos que Jesús de Nazaret “no pudo hacer…ningún milagro, fuera de que a algunos pocos dolientes les impuso las manos y los curó. El se admiraba de su incredulidad” (Mc 6, 5)6). Conocemos las delicadas palabras con que Jesús reprendió una vez a Pedro:”Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?”. Esto sucedió cuando Pedro, que al principio caminaba valientemente sobre las olas hacia Jesús, al ser zarandeado por la violencia del viento, se asustó y comenzó a hundirse (cfr. Mt 14, 29-31).

5. Jesús subraya más de una vez que los milagros que El realiza están vinculados a la fe. “Tu fe te ha curado”, dice a la mujer que padecía hemorragias desde hacia doce años y que, acercándose por detrás le había tocado el borde de su manto, quedando sana (cfr. Mt 9, 20-22; Lc 8, 48; Mc 5, 34). Palabras semejantes pronuncia Jesús mientras cura al ciego Bartimeo, que, a la salida de Jericó, pedía con insistencia su ayuda gritando: “¡Hijo de David, Jesús, ten piedad de mi!” (cfr. Mc 10, 46-52). Según Marcos: “Anda, tu fe te ha salvado” le responde Jesús. Y Lucas precisa la respuesta: “Ve, tu fe te ha hecho salvo” (Lc 18,42).

Una declaración idéntica hace al Samaritano curado de la lepra (Lc 17, 19). Mientras a los otros dos ciegos que invocan a volver a ver, Jesús les pregunta: “«¿Creéis que puedo yo hacer esto?». «Sí, Señor»… «Hágase en vosotros, según vuestra fe»” (Mt 9, 28-29).

6. Impresiona de manera particular el episodio de la mujer cananea que no cesaba de pedir a ayuda de Jesús para su hija “atormentada cruelmente por un demonio”. Cuando la cananea se postró delante de Jesús para implorar su ayuda, El le respondió: “No es bueno tomar el pan de los hijos y arrojarlo a los perrillos.” (Era una referencia a la diversidad étnica entre israelitas y Cananeos que Jesús, Hijo de David, no podía ignorar en su comportamiento práctico, pero a la que alude con finalidad metodológica para provocar la fe). Y he aquí que la mujer llega intuitivamente a un acto insólito de fe y de humildad. Y dice: “Cierto, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores”. Ante esta respuesta tan humilde, elegante y confiada, Jesús replica: “¡Mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como tú quieres” (cfr. Mt 15, 21-28).

Es un suceso difícil de olvidar, sobre todo si se piensa en los innumerables “cananeos” de todo tiempo, país, color y condición social que tienden su mano para pedir comprensión y ayuda en sus necesidades!

7. Nótese cómo en la narración evangélica se pone continuamente de relieve el hecho de que Jesús, cuando”ve la fe”, realiza el milagro. Esto se dice expresamente en el caso del paralítico que pusieron a sus pies desde un agujero abierto en el techo (cfr. Mc 2, 5; Mt 9, 2; Lc 5, 20). Pero la observación se puede hacer en tantos otros casos que los evangelistas nos presentan. El factor fe es indispensable; pero, apenas se verifica, el corazón de Jesús se proyecta a satisfacer las demandas de los necesitados que se dirigen a El para que los socorra con su poder divino.

8. Una vez más constatamos que, como hemos dicho al principio, el milagro es un “signo” del poder y del amor de Dios que salvan al hombre en Cristo. Pero, precisamente por esto es al mismo tiempo una llamada del hombre a la fe. Debe llevar a creer sea al destinatario del milagro sea a los testigos del mismo.

Esto vale para los mismos Apóstoles, desde el primer “signo” realizado por Jesús en Caná de Galilea; fue entonces cuando “creyeron en El” (Jn 2, 11). Cuando, más tarde, tiene lugar la multiplicación milagrosa de los panes cerca de Cafarnaum, con la que está unido el pre-anuncio de la Eucaristía, el evangelista hace notar que “desde entonces muchos de sus discípulos se retiraron y ya no le seguían”, porque no estaban en condiciones de acoger un lenguaje que les parecía demasiado “duro”. Entonces Jesús preguntó a los Doce: ‘¿Queréis iros vosotros también?’. Respondió Pedro: “Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo de Dios” (cfr. Jn 6, 66-69).

Así, pues, el principio de la fe es fundamental en la relación con Cristo, ya como condición para obtener el milagro, ya como fin por el que el milagro se ha realizado. Esto queda bien claro al final del Evangelio de Juan donde leemos: “Muchas otras señales hizo Jesús en presencia de los discípulos que no están escritas en este libro; y éstas fueron escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 30-31).

http://www.corazones.org/diccionario/milagros.htm#Milagro de Gracia

Audiencia general de SS Juan Pablo II el 9 de diciembre, de 1987.

1. “Signos” de la omnipotencia divina y del poder salvífico del Hijo del hombre, los milagros de Cristo –narrados en los Evangelios– son también la revelación del amor de Dios hacia el hombre, particularmente hacia el hombre que sufre, que tiene necesidad, que implora la curación, el perdón, la piedad. Son, pues, “signos” del amor misericordioso proclamado en el Antiguo y Nuevo Testamento (cfr. Encíclica Dives in misericordia).

Especialmente, la lectura del Evangelio nos hace comprender y casi “sentir” que los milagros de Jesús tienen su fuente en el corazón amoroso y misericordioso de Dios que vive y vibra en su mismo corazón humano. Jesús los realiza para superar toda clase de mal existente en el mundo: el mal físico, el mal moral, es decir, el pecado, y, finalmente, a aquél que es “padre del pecado” en la historia del hombre: a Satanás.

Los milagros, por tanto, son “para el hombre”. Son obras de Jesús que, en armonía con la finalidad redentora de su misión, restablecen el bien allí donde se anida el mal, causa de desorden y desconcierto. Quienes los reciben, quienes los presencian se dan cuenta de este hecho, de tal modo que, según San Marcos, “…sobremanera se admiraban, diciendo: «’Todo lo ha hecho bien; a los sordos hace oír y a los mudos hablar»!” (Mc 7, 37: 2).

Un estudio atento de los textos evangélicos nos revela que ningún otro motivo, a no ser el amor hacia el hombre, el amor misericordioso, puede explicar los “milagros y señales” del Hijo del hombre. En el Antiguo Testamento, Elías se sirve del “fuego del cielo” para confirmar su poder de profeta y castigar la incredulidad (cfr. 2 Re 1, 10). Cuando los Apóstoles Santiago y Juan intentan inducir a Jesús a que castigue con “fuego del cielo” a una aldea samaritana que les había negado hospitalidad, El les prohibió decididamente que hicieran semejante petición. Precisa el Evangelista que, “volviéndose Jesús, los reprendió” (Lc 9, 55). (Muchos códices y la Vulgata añaden: “Vosotros no sabéis de qué espíritu sois. Porque el Hijo del hombre no ha venido a perder las almas de los hombres, sino a salvarlas”). Ningún milagro ha sido realizado por Jesús para castigar a nadie, ni siquiera los que eran culpables.

3. Significativo a este respecto es el detalle relacionado con el arresto de Jesús en el huerto de Getsemaní. Pedro se había prestado a defender al Maestro con la espada, e incluso “hirió a un siervo del pontífice, cortándole la oreja derecha. Este siervo se llamaba Malco” (Jn 18, 10). Pero Jesús le prohibió empuñar la espada. Es más, “tocando la oreja, lo curó” (Lc 22, 51).Es esto una confirmación de que Jesús no se sirve de la facultad de obrar milagros para su propia defensa. Y confía a los suyos que no pide al Padre que le mande “más de doce legiones de ángeles” (cfr. Mt 26, 53) para que lo salven de las insidias de sus enemigos.

Todo lo que El hace, también en la realización de los milagros, lo hace en estrecha unión con el Padre. Lo hace con motivo del reino de Dios y de la salvación del hombre. Lo hace por amor.

4. Por esto, y al comienzo de su misión mesiánica, rechaza todas las “propuestas” de milagros que el Tentador le presenta, comenzando por la del trueque de las piedras en pan (cfr. Mt 4, 31). El poder de Mesías se le ha dado no para fines que busquen sólo el asombro o al servicio de la vanagloria. El que ha venido “para dar testimonio de la verdad”(Jn 18, 37), es más, el que es “la verdad” (cfr. Jn 14, 6), obra siempre en conformidad absoluta con su misión salvífica.

Todos sus “milagros y señales” expresan esta conformidad en el cuadro del “misterio mesiánico” del Dios que casi se ha escondido en la naturaleza de un Hijo del hombre, como muestran los Evangelios, especialmente el de Marcos. Si en los milagros hay casi siempre un relampagueo del poder divino, que los discípulos y la gente a veces logran aferrar, hasta el punto de reconocer y exaltar en Cristo al Hijo de Dios, de la misma manera se descubre en ellos la bondad, la sobriedad y la sencillez, que son las dotes más visibles del “Hijo del hombre”.

5. El mismo modo de realizar los milagros hace notar la gran sencillez, y se podría decir humildad, talante, delicadeza de trato de Jesús. Desde este punto de vista pensemos, por ejemplo, en las palabras que acompañan a la resurrección de la hija de Jairo: “La niña no ha muerto, duerme” (Mc 5 39), como si quisiera “quitar importancia” al significado de lo que iba a realizar. Y, a continuación, añade: “Les recomendó mucho que nadie supiera aquello” (Mc 5, 43).

Así hizo también en otros casos, por ejemplo, después de la curación de un sordomudo (Mc 7, 36), y tras la confesión de fe de Pedro (Mc 8, 29-30). Para curar al sordomudo es significativo el hecho de que Jesús lo tomó “aparte, lejos de la turba”. Allí, “mirando al cielo, suspiró”. Este “suspiro” parece ser un signo de compasión y, al mismo tiempo, una oración. La palabra “efeta” (“¡abrete!”) hace que se abran los oídos y se suelte “la lengua” del sordomudo (cfr. 7, 33:35).

6. Si Jesús realiza en sábado algunos de sus milagros, lo hace no para violar el carácter sagrado del día dedicado a Dios sino para demostrar que este día santo está marcado de modo particular por la acción salvífica de Dios. “Mi Padre sigue obrando todavía, y por eso obro yo también” (Jn 5, 17). Y este obrar es para el bien del hombre; por consiguiente, no es contrario a la santidad del sábado, sino que más bien la pone de relieve: “El sábado fue hecho a causa del hombre, y no el hombre por el sábado. Y el dueño el sábado es el Hijo del hombre” (Mc 2, 27-28).

7. Si se acepta la narración evangélica de los milagros de Jesús (y no hay motivos para no aceptarla, salvo el prejuicio contra lo sobrenatural) no se puede poner en duda una lógica única, que une todos estos “signos” y los hace emanar de su amor hacia nosotros, de ese amor misericordioso que con el bien vence al mal, cómo demuestra la misma presencia y acción de Jesucristo en el mundo. En cuanto que están insertos en esta economía, los “milagros y señales” son objeto de nuestra fe en el plan de salvación de Dios y en el misterio de la redención realizada por Cristo. Como hecho, pertenecen a la historia evangélica, cuyos relatos son creíbles en la misma y aún en mayor medida que los contenidos en otras obras históricas. Está claro que el verdadero obstáculo para aceptarlos como datos ya de historia ya de fe, radica en el prejuicio anti-sobrenatural al que nos hemos referido antes. Es el prejuicio de quien quisiera limitar el poder de Dios o restringirlo al orden natural de las cosas, casi como una auto-obligación de Dios a ceñirse a sus propias leyes. Pero esta concepción choca contra la más elemental idea filosófica y teológica de Dios, Ser infinito, subsistente y omnipotente, que no tiene límites, si no en el no-ser y, por tanto, en el absurdo.

Como conclusión de esta catequesis resulta espontáneo notar que esta infinitud en el ser y en el poder es también infinitud en el amor, como demuestran los milagros encuadrados en la economía de la Encarnación y en la Redención. Son “signos” del amor misericordioso por el que Dios ha enviado al mundo a su Hijo para que todo el que crea en El no perezca, generoso con nosotros hasta la muerte. “Sic dilexit!” (Jn 3, 16) Que a un amor tan grande no falte la respuesta generosa de nuestra gratitud, traducida en testimonio coherente de los hechos.

http://www.corazones.org/diccionario/milagros.htm#Milagro de Gracia

Audiencia general de SS Juan Pablo II, 18 de noviembre, de 1987.

1. Si observamos atentamente los “milagros, prodigios y señales” con que Dios acreditó la misión de Jesucristo, según las palabras pronunciadas por el Apóstol Pedro el día de Pentecostés en Jerusalén, constatamos que Jesús, al obrar estos milagros y señales, actuó en nombre propio, convencido de su poder divino, y, al mismo tiempo, de la más íntima unión con el Padre.

Nos encontramos, pues, todavía y siempre, ante el misterio del “Hijo del hombre – Hijo de Dios”, cuyo Yo transciende todos los límites de la condición humana, aunque a ella pertenezca por libre elección, y todas las posibilidades humanas de realización e incluso de simple conocimiento.

2. Una ojeada a algunos acontecimientos particulares; presentados por los Evangelistas, nos permite darnos cuenta de la presencia arcana en cuyo nombre Jesucristo obra sus milagros. Helo ahí cuando, respondiendo a las súplicas de un leproso, que le dice: “Si quieres, puedes limpiarme”, El, en su humanidad, “enternecido”, pronuncia una palabra de orden que, en un caso como aquél, corresponde a Dios, no a un simple hombre:”Quiero, sé limpio. Y al instante desapareció la lepra y quedó limpio” (cfr. Mc 1, 40-42).

Algo semejante encontramos en el caso del paralítico que fue bajado por un agujero realizado en el techo de la casa: “Yo te digo… levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” (cfr. Mc 2, 11-12). Y también: en el caso de la hija de Jairo leemos que “El (Jesús)…tomándola de la mano, le dijo: «Talitha qumi», que quiere decir: «Niña, a ti te lo digo, levántate». Y al instante se levantó la niña y echó a andar” (Mc 5, 41-42). En el caso del joven muerto de Naín: “Joven, a ti te hablo, levántate. Sentóse el muerto y comenzó a hablar” (Lc 7, 14-15).

¡En cuántos de estos episodios vemos brotar de la palabras de Jesús la expresión de una voluntad y de un poder al que El se apela interiormente y que expresa, se podría decir, con la máxima naturalidad, como si perteneciese a su condición más íntima, el poder de dar a los hombres la salud, la curación e incluso la resurrección y la vida!

3. Un atención particular merece la resurrección de Lázaro, descrita detalladamente por el cuarto Evangelista. Leemos: “Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que siempre me escuchas, pero por la muchedumbre que me rodea lo digo, para que crean que Tú me has enviado. Diciendo esto, gritó con fuerte voz Lázaro, sal fuera. Y salió el muerto” (Jn 11, 41-44).

En la descripción cuidadosa de este episodio se pone de relieve que Jesús resucitó a su amigo Lázaro con el propio poder y en unión estrechísima con el Padre. Aquí hallan su confirmación las palabras de Jesús: “Mi Padre sigue obrando todavía, y por eso obro yo también” (Jn 5,17), y tiene una demostración, que se puede decir preventiva, lo que Jesús dirá en el Cenáculo, durante la conversación con los Apóstoles en la última Cena, sobre sus relaciones con el Padre y, más aún, sobre su identidad sustancial con El.

4. Los Evangelios muestran con diversos milagros y señales cómo el poder divino que actúa en Jesucristo se extiende más allá del mundo humano y se manifiesta como poder de dominio también sobre las fuerzas de la naturaleza.

Es significativo el caso de la tempestad calmada: “Se levantó un fuerte vendaval”. Los Apóstoles pescadores asustados despiertan a Jesús que estaba durmiendo en la barca. El “despertado, mandó al viento y dijo al mar: Calla, enmudece. Y se aquietó el viento y se hizo completa calma… Y sobrecogidos de gran temor, se decían unos a otros: ¿Quién será éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?” (cfr. Mc 4, 37-41). En este orden de acontecimientos entran también las pescas milagrosas realizadas, por la palabra de Jesús (in verbo tuo), después de intentos precedentes malogrados (cfr. Lc 5, 4:6; Jn 21, 3:6).

Lo mismo se puede decir, por lo que respecta a la estructura del acontecimiento, del “primer signo” realizado en Caná de Galilea, donde Jesús ordena a los criados llenar las tinajas de agua y llevar después “el agua convertida en vino’ al maestresala” (cfr. Jn 2, 7-9). Como en las pescas milagrosas, también en Caná de Galilea, actúan los hombres: los pescadores, apóstoles en un caso, los criados de las bodas en otro, pero está claro que el efecto extraordinario de a acción no proviene de ellos, sino de Aquel que les ha dado la orden de actuar y que obra con su misterioso poder divino. Esto queda confirmado por la reacción de los Apóstoles, y particularmente de Pedro, que después de la pesca milagrosa “se postró a los pies de Jesús, diciendo: Señor, apártate de mí, que soy un pecador” (Lc 5,8). Es uno de tantos casos de emoción que toma la forma de temor reverencial o incluso miedo, ya sea en los Apóstoles, como Simón Pedro, ya sea en la gente, cuando se sienten acariciados por el ala del misterio divino.

5. Un día, después de a ascensión, se sentirán invadidos por un “temor” semejante los que vean los “prodigios y señales” realizados “por los Apóstoles” (cfr. Hech 2, 43). Según el libro de los Hechos, la gente sacaba “a las calles los enfermos, poniéndolos en lechos y camillas, para que, llegando Pedro, siquiera su sombra los cubriese”(Hech 5, 15). Sin embargo, estos “prodigios y señales”, que acompañaban los comienzos de la Iglesia apostólica, eran realizados por los Apóstoles no en nombre propio, sino en el nombre de Jesucristo, y eran una confirmación ulterior de su poder divino.

Uno queda impresionado cuando lee la respuesta y el mandato de Pedro al tullido que le pedía una limosna junto a la puerta del templo de Jerusalén: “No tengo oro ni plata; lo que tengo, eso te doy: en nombre de Jesucristo Nazareno, anda. Y tomándole de la diestra, le levantó, y al punto sus pies y sus talones se consolidaron” (Hech 3, 6-7). O, lo que es lo mismo, Pedro dice a un paralítico de nombre Eneas: “Jesucristo te sana; levántate y toma tu camilla. Y al punto se irguió” (Hech 9, 34).

También el otro Príncipe de los Apóstoles, Pablo, cuando recuerda en la Carta a los Romanos lo que él ha realizado “como ministro de Cristo entre los paganos”, se apresura a añadir que en aquel ministerio consiste su único mérito: “No me atreveré a hablar de cosa que Cristo no haya obrado por mí para la obediencia (de la fe) de los gentiles, de obra o de palabra, mediante el poder de milagros y prodigios y el poder del Espíritu Santo” (15, 17-19).

6. En la Iglesia de los primeros tiempos, y especialmente esta evangelización del mundo llevada a cabo por los Apóstoles, abundaron estos “milagros, prodigios y señales”, como el mismo Jesús les había prometido (cfr. Hech 2, 22). Pero se puede decir que éstos se han repetido siempre en la historia de la salvación, especialmente en los momentos decisivos para la realización del designio de Dios. Así fue ya en el Antiguo Testamento con relación al Éxodo de Israel de la esclavitud de Egipto y a la marcha hacia la tierra prometida, bajo la guía de Moisés. Cuando, con la encarnación del Hijo de Dios, llegó “la plenitud de los tiempos” (Gal 4, 4), estas señales milagrosas del obrar divino adquieren un valor nuevo y una eficacia nueva por a autoridad divina de Cristo y por la referencia a su Nombre (y, por consiguiente, a su verdad, a su promesa, a su mandato, a su gloria) por el que los Apóstoles y tantos santos los realizan en la Iglesia.

También hoy se obran milagros y en cada uno de ellos se dibuja el rostro del Hijo del hombre-Hijo de Dios y se afirma en ellos un don de gracia y de salvación.

http://www.corazones.org/diccionario/milagros.htm#Milagro de Gracia

Jesús, hijo del pueblo de Israel
Catequesis de SS Juan Pablo II
11- IV-1987

1. En la catequesis anterior hablamos de las dos genealogías de Jesús: la del Evangelio según Mateo (Mt 1,1-17) tiene una estructura ‘descendente’, es decir, enumera los antepasados de Jesús, Hijo de María, comenzando por Abrahán. La otra, que se encuentra en el Evangelio de Lucas (Lc 3, 23-38), tiene una estructura ‘ascendente’: partiendo de Jesús llega hasta Adán.

Mientras que la genealogía de Lucas indica la conexión de Jesús con toda la humanidad, la genealogía de Mateo hace ver su pertenencia la estirpe de Abrahán. Y en cuanto hijo de Israel, pueblo elegido por Dios en a antigua Alianza, al que directamente pertenece, Jesús de Nazaret es a pleno título miembro de la gran familia humana.

2. Jesús nace en medio de este pueblo, crece en su religión y en su cultura. Es un verdadero israelita, que piensa y se expresa en arameo según las categorías conceptuales y lingüísticas de sus contemporáneos y sigue las costumbres y los usos de su ambiente. Como israelita es heredero fiel de la Antigua Alianza.

Es un hecho puesto de relieve por San Pablo cuando, en la Carta a los Romanos, escribe respecto a su pueblo: ‘los israelitas, cuya es a adopción, y la gloria, y las alianzas, y la legislación, y el culto y las promesas; cuyos son los patriarcas y de quienes según la carne procede Cristo’ (Rom 9, 4-5). Y en la Carta a los Gálatas recuerda que Cristo ha ‘nacido bajo la ley’ (Gal 4, 4).

3. Como obsequio a la prescripción de la ley de Moisés, poco después del nacimiento Jesús fue circuncidado según el rito, entrando así oficialmente a se r parte del pueblo de a alianza: ‘Cuando se hubieron cumplido los ocho días para circuncidar al niño, le dieron el nombre de Jesús’ (Lc 2, 21).

El Evangelio de la infancia, aunque es pobre en pormenores sobre el primer periodo de la vida de Jesús, narra sin embargo que ‘sus padres iban cada año a Jerusalén en la fiesta de la Pascua’ (Lc 2, 41), expresión de su fidelidad a la ley y a la tradición de Israel. ‘Cuando era ya de doce años, al subir sus padres, según el rito festivo’ (Lc 2, 42), ‘y volverse ellos, acabados los días, el Niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres lo echasen de ver’ (Lc 2, 43). Después de tres días de búsqueda ‘le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores, oyéndolos y preguntándoles’ (Lc 2, 46). La alegría de María y José se sobrepusieron sin duda sus palabras, que ellos no comprendieron: ‘¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es preciso que me ocupe de las cosas de mi Padre?’ (Lc 2, 49).

4. Fuera de este suceso, todo el periodo de la infancia y de a adolescencia de Jesús en el Evangelio está cubierto de silencio. Es un período de ‘vida oculta’, resumido por Lucas en dos simples frases: Jesús ‘bajó con ellos (con María y José) y vino a Nazaret y les estaba sujeto’ (Lc 2, 51), y: ‘crecía en sabiduría y edad y gracia ante Dios y ante los hombres’ (Lc 2, 52).

5. Por el Evangelio sabemos que Jesús vivió en una determinada familia, en la casa de José, quien hizo las veces de padre del Hijo de María, asistiéndolo, protegiéndolo y adiestrándolo poco a poco en su mismo oficio de carpintero. A los ojos de los habitantes de Nazaret Jesús aparecía como ‘el hijo del carpintero’ (Cfr. Mt 13, 55). Cuando comenzó a enseñar, sus paisanos se preguntaban sorprendidos: ‘¿No es acaso el carpintero, hijo de María?…’ (Cfr. Mc 6, 2-3). Además de la madre, mencionaban también a sus ‘hermanos’ y sus ‘hermanas’, es decir, aquellos miembros de su parentela (‘primos’), que vivían en Nazaret, aquellos mismos que, como recuerda el Evangelista Marcos, intentaron disuadir a Jesús de su actividad de Maestro (Cfr. Mc 3, 21).Evidentemente ellos no encontraban en El algún motivo que pudiera justificar el comienzo de una nueva actividad; consideraban que Jesús era y debía seguir siendo un israelita más.

6. La actividad pública de Jesús comenzó a los treinta años cuando tuvo su primer discurso en Nazaret: ‘…según su costumbre, entró el día de sábado en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron un libro del Profeta Isaías…’ (Lc. 4, 16-17). Jesús leyó el pasaje que comenzaba con las palabras: ‘El Espíritu del Señor está sobre mi, porque me ungió para evangelizar a los pobres ‘ (Lc 4, 18). Entonces Jesús se dirigió a los presentes y les anunció: ‘Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír…’(Lc. 4, 21 )

7. En su actividad de Maestro, que comienza en Nazaret y se extiende a Galilea y a Judea hasta la capital, Jerusalén, Jesús sabe captar y valorar los frutos abundantes presentes en la tradición religiosa de Israel. La penetra con inteligencia nueva, hace emerger sus valores vitales, pone a la luz sus perspectivas proféticas. No duda en denunciar las desviaciones de los hombres en contraste con los designios del Dios de a alianza.

De este modo realiza, en el ámbito de la única e idéntica Revelación divina, el paso de lo ‘viejo’ a lo ‘nuevo’, sin abolir la ley, sino más bien llevándola a su pleno cumplimiento (Cfr. Mt 5, 17). Este es el pensamiento con el que se abre la Carta a los Hebreos: ‘Muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los Profetas; últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo..’ (Heb 1, 1).

8. Este paso de lo ‘viejo’ a lo ‘nuevo’ caracteriza toda la enseñanza del ‘Profeta’ de Nazaret. Un ejemplo especialmente claro es el sermón de la montaña, registrado en el Evangelio de Mateo Jesús dice: ‘Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás… Pero yo os digo que todo el que se irrita contra su hermano será reo de juicio’ (Cfr. Mt 5, 21)22). ‘Habéis oído que fue dicho: No adulterarás: pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón’ (Mt 5, 27-28). ‘Habéis oído que fue dicho: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo; pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen’ (Mt. 5, 43-44).

Enseñando de este modo, Jesús declara al mismo tiempo: ‘No penséis que yo he venido a abrogar la ley o los Profetas, no he venido a abrogarlas, sino a consumarlas’ (Mt 5, 17).

9. Este ‘consumar’ es una palabra clave que se refiere no sólo a la enseñanza de la verdad revelada por Dios, sino también a toda la historia de Israel, o sea, del pueblo del que Jesús es hijo. Esta historia extraordinaria, guiada desde el principio por la mano poderosa del Dios de a alianza, encuentra en Jesús su cumplimiento. El designio que el Dios de la alianza había escrito desde el principio en esta historia, haciendo de ella la historia de la salvación, tendía a la ‘plenitud de los tiempos’ (Cfr. Gal 4, 4), que se realiza en Jesucristo. El Profeta de Nazaret no duda en hablar de ello desde el primer discurso pronunciado en la sinagoga de su ciudad.

10. Especialmente elocuentes son las palabras de Jesús referidas en el Evangelio de Juan cuando dice a sus contrarios: ‘Abrahán, vuestro padre, se regocijó pensando en ver mi día’ y ante su incredulidad: ‘¿No tienes aún cincuenta años y has visto a Abrahán?’, Jesús confirma aún más explícitamente: ‘En verdad, en verdad os digo: antes que Abrahán naciese, era yo’ (Cfr. Jn 8, 56-58). Es evidente que Jesús afirma no sólo que El es el cumplimiento de los designios salvíficos de Dios, inscritos en la historia de Israel desde los tiempos de Abrahán, sino que su existencia precede al tiempo de Abrahán, llegando a identificarse como ‘El que es’ (Cfr. Ex 3, 14) Pero precisamente por esto, es El, Jesucristo, el cumplimiento de la historia De Israel, porque ‘supera’ esta historia con su Misterio. Pero aquí tocamos otra dimensión de la cristología que afrontaremos más adelante.

11 Por ahora concluyamos con una última reflexión sobre las dos genealogías que narran los dos Evangelistas Mateo y Lucas. De ellas resulta que Jesús es verdadero hijo de Israel y que, en cuanto tal, pertenece a toda la familia humana. Por eso, si en Jesús, descendiente de Abrahán, vemos cumplidas las profecías del Antiguo Testamento, en El, como descendiente de Adán, vislumbramos, siguiendo la enseñanza de San Pablo, el principio y el centro de la ‘recapitulación’ de la humanidad entera (Cfr. Ef 1, 10)

http://www.corazones.org/jesus/ensenanza/jesus_judio.htm