Jesucristo

Información sobre Jesucristo

Browsing Posts tagged Jesús Martí Ballester

Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote
Cuando Dios elige ministros suyos, deja a su Verbo la elección. Porque han de continuar sus mismos misterios
 
Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote
Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote

“Os he llamado amigos, porque os he manifestado todo lo que he oído a mi Padre. No me habéis elegido vosotros a mí, soy yo quien os he elegido y os he destinado a que os pongáis en camino y deis fruto, y un fruto que dure” (Jn 15,15).

Jesús entrega su amistad y pide la nuestra. Ha dejado de ser el Maestro para convertirse en amigo. Escuchad como dice: Vosotros sois mis amigos… No os llamo siervos, os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer…En aras de esa amistad, que es entrañable, que es verdadera y ardorosa, desea atajar a los que aún pudieran no hacerle caso. “No sois vosotros -les dice- los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido”.

Es un compañero deseoso de salvar, de alegrar y de llenar de amor, de gozo y de paz a sus amigos. “Os he hablado para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud”. El Maestro está con los brazos abiertos de la amistad tendidos hacia nosotros. Y con la alegría como promesa y como ofrenda. Nunca se ha visto un Dios igual. Camina ahora mismo y por cualquier calle. Por la acera de tu casa, seguro. Y está diciendo que es amigo tuyo, que te quiere igual que a su Padre y que desea llenarte de alegría. Lo va repitiendo al paso, según se acerca a tu puerta (ARL BREMEN).

DIOS CREA PORQUE AMA

Por lo mismo que Dios ama, creó el mundo: ¡Cuánta maravilla, cuánta grandeza, que fascinadora belleza!:

“¡Oh montes y espesuras,
plantados por la mano del Amado!,
¡oh, prado de verduras
de flores esmaltado!,
decid si por vosotros ha pasado”,

cantó el insuperable poeta del amor, San Juan de la Cruz.

Creó los hombres. Los hombres desobedecieron y pecaron. (Gén 3,9). El pecado es un desequilibrio, un desorden, como un ojo monstruoso fuera de su órbita, como un hueso desplazado de su sitio, en busca del placer, de la satisfacción del egoísmo, del sometimiento a su soberbia, como si el sol se saliera de su ruta, buscando su independencia. Frustraron el camino y la meta de la felicidad. De ahí nace la necesidad de la expiación, del sufrimiento, del dolor, por amor, para restablecer el equilibrio y el orden. Dios envía a una Persona divina, su Hijo, a “aplastar la cabeza de la serpiente”, haciéndose hombre para que ame como Dios, hasta la muerte de cruz, con el Corazón abierto.

EL SIERVO DE YAHVÉ

Ese Hombre Dios, el Siervo de Yahvé, que, “desfigurado no parecía hombre, como raíz en tierra árida, si figura, sin belleza, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, considerado leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes, como cordero llevado al matadero” Isaías 52,13, inicia la redención de los hombres, sus hermanos. El es la Cabeza, a la cual quiere unir a todos los hombres, que convertidos en sacerdotes, darán gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu, e incorporados a la Cabeza, serán corredentores con El de toda la humanidad. El Padre, cuya voluntad ha venido a cumplir, lo ha constituido Pontífice de la Alianza Nueva y eterna por la unción del Espíritu Santo, y determinando, en su designio salvífico, perpetuar en la Iglesia su único sacerdocio. Para eso, antes de morir, ha elegido a unos hombres para que, en virtud del sacerdocio ministerial, bauticen, proclamen su palabra, perdonen los pecados y renueven su propio sacrificio, en beneficio y servicio de sus hermanos.

“Él no sólo ha conferido el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino también, con amor de hermano, ha elegido a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión. Ellos renuevan en su nombre el sacrificio de la redención, y preparan a sus hijos el banquete pascual, donde el pueblo santo se reúne en su amor, se alimenta con su palabra y se fortalece con sus sacramentos. Sus sacerdotes, al entregar su vida por él y por la salvación de los hermanos, van configurándose a Cristo, y así dan testimonio constante de fidelidad y amor” (Prefacio).

Por eso, si los cristianos debemos tomar nuestra cruz, los sacerdotes, más, por más configurados con Cristo, con sus mismos poderes. Los sacerdotes de la Antigua Alianza sacrificaban en el altar animales, pero no se sacrificaban ellos. Los sacerdotes nos hemos de inmolar porque Cristo se inmoló a sí mismo. Hemos de ser como él, sacerdotes y víctimas, porque nuestro sacerdocio es el suyo.

Una idea infantil del cristiano, que se acomoda al mundo, una mentalidad inmadura del sacerdote, lo hace un funcionario. De ahí surgen consecuencias de carrierismo, al estilo del mundo, excelencias, trajes de colores, que obnubilan el sentido sustancial del sacerdote-víctima, que conducen a la esterilidad, y contradicen la misión: “para que os pongáis en camino y deis fruto que dure”. El fruto que dura es el de la conversión, la santidad, que permanecerá eternamente. Os he puesto en la corriente de la gracia, os planté para que vayáis voluntariamente y con las obras deis fruto. Y precisa cuál sea el fruto que deban dar: “Y vuestro fruto dure”. Todo lo que trabajamos por este mundo apenas dura hasta la muerte, pues la muerte, interponiéndose, corta el fruto de nuestro trabajo. Pero lo que se hace por la vida eterna perdura aun después de la muerte, y entonces comienza a aparecer, cuando desaparece el fruto de las obras de la carne. Principia, pues, la retribución sobrenatural donde termina la natural. Por tanto, quien ya tiene conocimiento de lo eterno tenga en su alma por viles las ganancias temporales. Así pues, demos tales frutos que perduren, produzcamos frutos tales que cuando la muerte acabe con todo, ellos comiencen con la muerte, pues después que pasan por la muerte es cuando los amigos de Dios encuentran la herencia (San Gregorio Magno).

EL SERVICIO, NO EL PODER

Después de la “conversión” de Constantino, el clero eclesiástico hizo su entrada en este mundo, corrió serio peligro de perder su propia naturaleza, que no consiste en el poder, sino en el servicio. Además, entró en competencia con el poder secular al aparecen la escena de la historia política. Este encuentro y confrontación con la jerarquía civil condujo no sólo a una ampliación político-social de las tareas apostólicas, sino que también oscureció el aspecto colegial del servicio de la Iglesia. Ha dicho el Cardenal Lustiger, arzobispo de París: “Ya se que Napoleón identificó al obispo con los prefectos y con los generales, pero yo me había sensibilizado mucho contra la Iglesia como sistema de promoción y de poder, y determiné que nunca me metería en situaciones que favorecieran la promoción”.

EL ORDEN SACRAMENTAL Y LA DIGNIDAD

En el curso del siglo XI comienza la teología medieval a distinguir claramente, en la elaboración del tratado de sacramentos, entre el Orden y la dignidad, y puso de relieve la sacramentalidad del Orden de la Iglesia. A partir de entonces se designa esencialmente como Orden el sacramento que confiere el poder de celebrar la eucaristía.

Aunque el lenguaje de la Curia romana imprimió su sello a la tradición cristiana, la ordenación no fue considerada nunca como un simple acceso a una dignidad y como transmisión de unos poderes jurídicos y litúrgicos, pues siempre se confirió mediante un rito, Porque la ordenación es un acto sacramental que transmite una gracia de santificación; los llamados son tomados del mundo y consagrados al servicio de Dios, son separados para atender a su misión especial. El obispo, el sacerdote, el diácono no tienen de suyo nada del sacerdote romano, que era un funcionario del culto público, poseía cierto rango y tenía que realizar determinados actos. El “sacerdocio” cristiano pertenece a otro orden; no es primariamente “religioso” ni cultual, sino carismático; es el ordo de los que han recibido el espíritu y, en virtud de su orden, están habilitados para continuar la obra de los apóstoles. Las jerarquías del ministerio aparecen en los escritos de los Padres de la Iglesia, no tanto como títulos que conceden ciertos derechos, sino más bien como tareas que ciertos hombres llamados a edificar el cuerpo de Cristo toman sobre sí, a veces incluso contra su propia voluntad.

DIMENSION ESENCIAL

El Orden sacramental es una dimensión esencial para la Iglesia, y por eso fue incluido entre los sacramentos. Si se quiere comprender el sentido y la función de este “sacramento” particular en lugar de atribuir el sacerdocio cristiano y toda la jerarquía de la Iglesia a un único acto de institución, como hizo el Concilio de Trento, parece que está más en consonancia con la Sagrada Escritura y la realidad de las cosas partir de la Iglesia como “sacramento original”. De esta forma no nos exponemos al peligro de separar el orden de la Iglesia histórica para colocarlo en cierto modo por encima de ella, pues es un sacramento esencial para la existencia de la Iglesia y en el que ésta se actualiza.

DISTINTOS GRADOS

El desdoblamiento del ordo en varios grados y la introducción de diversas ordenaciones están tan relacionados con la historia de la Iglesia como con la Escritura. Son producto de un desarrollo, y, en definitiva, la cuestión de si se ha de hablar de un único sacramento del orden o de si el episcopado y el presbiterado constituyen sacramentos diversos es más una cuestión terminológica y teológica que dogmática. Las funciones del obispo y las del sacerdote, las funciones del sacerdote y las del diácono, no están delimitadas entre sí de forma absoluta; las funciones respectivas son asignadas por el derecho, pero este derecho no es un todo inmutable. La validez de las ordenaciones depende de la actuación de la Iglesia tomada en su totalidad, y no del acto sacramental considerado aisladamente. La validez o no validez de una ordenación no es algo que se pueda determinar tomando como base el rito, con independencia del marco general de la misma.

DESARROLLO

La estructura del ministerio eclesial se puede considerar, igual que el canon de la Escritura y el número septenario de los sacramentos, como el resultado de un desarrollo. Desarrollo que se produjo todavía en tiempo de los apóstoles; por eso ha conservado en la tradición de la Iglesia el carácter de algo que existe por necesidad jurídica. En la Iglesia tendrá que haber siempre un “ministerio para velar”, un “presbiterado” y una “diaconía”. Sin embargo, las expresiones concretas de esta estructura esencial pueden cambiar con el tiempo y de hecho han cambiado; más aún, tienen que cambiar por razón del carácter forzosamente limitado de las diversas expresiones históricas del ministerio y de la obligación que éste tiene de asemejarse constantemente a su modelo, Cristo.

Lo mismo que Dios concedió el espíritu de profecía a los setenta ancianos que había llamado Moisés a participar con él en el gobierno del pueblo, así también comunica a los sacerdotes el Espíritu Santo para que se asocien al ministerio de los obispos. El presbítero colabora con el obispo en la totalidad de sus funciones de gobierno de la Iglesia. Las funciones del presbítero tienen una íntima conexión con el ofrecimiento de la eucaristía. Por eso la función del presbítero en la Iglesia ha de entenderse partiendo de la Cena y de las palabras de Cristo, que mandó a los apóstoles hacer “en memoria de él lo mismo que él había hecho” (1 Cor 11). Por eso defendió el Concilio de Trento este aspecto básico del ministerio sacerdotal. Y el Concilio Vaticano II añade: “Los presbíteros ejercitan su oficio sagrado sobre todo en el culto eucarístico o comunión, en donde, representando la persona de Cristo, el sacerdote es al mismo tiempo presidente de la celebración eucarística, él ofrece el sacrificio in nómine Ecclesiae o, en persona Ecclesiae y consagrante, sacrificador, y como tal ya no actúa meramente in persona Ecclesiae, sino in persona Christi y proclamando su misterio, unen las oraciones de los fieles al sacrificio de su Cabeza, Cristo, representando y aplicando en el sacrificio de la misa, hasta la venida del Señor (1 Cor 11,26), el único sacrificio del Nuevo Testamento, a saber: el de Cristo, que se ofrece a sí mismo al Padre como hostia inmaculada (Heb 9,11-28)”.

EL MISTERIO DE CRISTO

El sacerdote nos introduce en la memoria del Señor, no sólo en su pascua, sino en el misterio de toda su obra, desde su bautismo hasta su pascua en la cruz. El exhorta a la asamblea de los creyentes a vivir en sintonía con el sacrificio de la cruz, que ésta vuelve a vivir en el presente en espera de su consumación definitiva. Por eso el ministerio del sacerdote no se puede limitar a la celebración de un rito; compromete toda la vida y se desarrolla de acuerdo con todo el orden sacramental.

Pero no sería fiel a la tradición quien pretendiera defender que las funciones del sacerdote son de naturaleza estrictamente sacramental y cultual. También es función del sacerdote proclamar la palabra de Dios. La misma Cena, en la que el Señor llama a su sangre “sangre de la alianza”, lo pone de manifiesto, pues no hay ningún rito de alianza sin una proclamación de la palabra de Dios a los hombres. El acontecimiento de la alianza es al mismo tiempo acción y palabra. Esta relación aparece todavía más clara cuando se parte de la base de que eucaristía (1 Cor 11,24) no significa tanto una “acción de gracias” en el sentido actual de esta expresión, cuanto una clara y gozosa proclamación de las “maravillas de Dios”, de sus hechos salvíficos.

Cuando Jesús declara: “Cada vez que coméis de ese pan y bebéis de esa copa proclamáis la muerte del Señor, hasta que él vuelva” (1 Cor 11,26), su acto de bendición ritual tiene también el sentido de una proclamación de la palabra de Dios. El ministerio de ofrecer la eucaristía ratifica y complementa simplemente una proclamación de la palabra, que va desde el kerigma inicial hasta la catequesis y la misma celebración litúrgica. Predicar, bautizar y celebrar la eucaristía son las funciones esenciales del sacerdote. Sin embargo, dentro del presbiterio dichas funciones pueden estar distribuidas distintamente, según que unos se dediquen más a tareas misioneras y otros a la acción pastoral dentro de la comunidad reunida (Mysterium Salutis). Predicar y enseñar, de otra manera, ¿cómo podrán hacer y administrar los sacramentos con provecho y eficacia salvadores?

ESCASO APRECIO

El sacerdocio hoy está bastante desvalorizado. Las cosas poco prácticas no se cotizan. Esta generación consumista sólo tiene ojos para sus intereses. Ha perdido el sentido de la gratuidad. Un beso y una sonrisa no sirven para nada, pero los necesitamos mucho. Un jardín no es un negocio, pero necesitamos su belleza. Cultivar patatas y cebollas es más productivo, pero los rosales y las azucenas son necesarios.

  • El sacerdote sirve. Siempre está sirviendo. Es necesario como la escoba para que esté limpia la casa. Pero a nadie se le ocurre poner la escoba en la vitrina.
  • El sacerdote perdona los pecados, es instrumento de la misericordia de Dios. En un mundo lleno de rencores y envidias, el sacerdote es portador del perdón. Está siempre dispuesto a recibir confidencias, descargar conciencias, aliviar desequilibrios, a sembrar confianza y paz.
  • El sacerdote ilumina. Cuando nos movemos a ras de tierra, nos señala el cielo. Cuando nos quedamos en la superficie de las cosas, nos descubre a Dios en el fondo.
  • El sacerdote intercede. Amansa a Dios, le hace propicio, le da gracias, da a Dios el culto debido. Impetra sus dones.
  • El sacerdote ama. Ha reservado su corazón para ser para todos. El sacerdote es antorcha que sólo tiene sentido cuando arde e ilumina.
  • El sacerdote hace presente a Cristo. En los sacramentos y en su vida. Es el alma del mundo. Donde falta Dios y su Espíritu él es la sal y la vida. No hace cosas sino santos. Todos hemos de ser santos, pero sin sacerdotes difícilmente lo seremos. Es grano de trigo que si muere da mucho fruto. Nada hay en la Iglesia mejor que un sacerdote. Sí lo hay: dos sacerdotes. Por eso hemos de pedir al Señor de la mies que envíe trabajadores a su mies (Mt 9,38).

    LA ELECCIÓN

    “No me habéis elegido vosotros a mí, os he elegido yo a vosotros”. La elección indica siempre predilección. Si voy a un jardín, miro y remiro: tallo, capullo, color, aguante…Elijo, corto y me la llevo. Pero sé que yo no podré ni cambiar el color, ni darles más resistencia, ni aumentarles la belleza.

    Cuando Dios elige, elige a través de su Verbo: “Por El fueron creadas todas las cosas”. Cuando un joven elige a su novia, es él quien elige. Si eligiesen sus padres u otros, probablemente saldría mal. Cuando Dios elige esposa, respeta a su Hijo, que se ha desposar con ella. Cuando Dios elige ministros suyos, deja a su Verbo la elección. Porque han de continuar sus mismos misterios.

    Parece que el Señor tendrá sus preferencias. Contando con que siempre puede rectificar y enderezar, romper el cántaro y rehacerlo, y purificar, es verosímil que cuente con lo que ya hay en las naturalezas, creadas por El: “Omnia per ipso facta sunt”.

    Una de las primeras cualidades que parece buscará será la docilidad. Docilidad que casi siempre es crucificante. Otra, será la sencillez: “Si no os hacéis como niños”… Manifestarse sin hipocresía, con naturalidad.

    “VOSOTROS SOIS MIS AMIGOS”

    “Vosotros sois mis amigos.” ¡Cuánta es la misericordia de nuestro Creador! ¡No somos dignos de ser siervos y nos llama amigos! ¡Qué honor para los hombres: ser amigos de Dios! Pero ya que habéis oído la gloria de la dignidad, oíd también a costa de qué se gana: “Si hacéis lo que yo os mando.” Alegraos de la dignidad, pero pensad a costa de qué trabajos se llega a tal dignidad. En efecto, los amigos elegidos de Dios doman su carne, fortalecen su espíritu, vencen a los demonios, brillan en virtudes, menosprecian lo presente y predican con obras y con palabras la patria eterna; además, la aman más que a la vida; pueden ser llevados a la muerte, pero no doblegados. Considere, pues, cada uno si ha llegado a esta dignidad de ser llamado amigo de Dios, y si así es no atribuya a sus méritos los dones que encuentre en él, no sea que venga a caer en la enemistad. Por eso añadió el Señor: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto”.

    MÍSTICA DEL SACERDOCIO DE JUAN PABLO MAGNO

    San Francisco de Sales, el Doctor de las alegorías, relata en su “Introducción a la Vida devota”, libro famoso y exitoso en su tiempo, que Alejandro Magno encargó a Apeles pintar el retrato de Compaspe, la hermosa, a la que amaba intensamente. Apeles, naturalmente, la estuvo contemplando durante mucho tiempo, y se enamoró de ella. Lo intuyó Alejandro y compadecido de él, se privó, por el afecto que tenía a Apeles, de la más querida amiga que jamás tuvo en el mundo, con lo cual, dice Plinio, dio una prueba de la magnanimidad de su cora­zón, mayor que la más brillante de sus victorias.

    En “El hermano de nuestro Dios”, una obra de teatro suya, Karol Wojtyla ha escrito que cualquier intento de comprender a alguien implica penetrar hasta las raíces de nuestra humanidad, donde se encentra un elemento extra histórico. Pocas voces me llegan turbias sobre Juan Pablo II, aunque no faltan algunas, pero siempre pienso que no le conocen y más, que no le pueden comprender los que las dicen, porque no está a su alcance conocerle.

    MEDITACIÓN SOBRE EL MINISTERIO SACERDOTAL

    Es San Pablo quien, en su Carta a los Corintios, define a los sacerdotes: “servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que en fin de cuentas se exige de los administradores es que sean fieles´´ (1 Co 4,1). Juan Pablo II, en el tema VIII de su libro “Don y Misterio”, sus memorias escritas y publicadas al cumplir sus Bodas de Oro sacerdotales, medita agudamente este texto: “el administrador no es el propietario, sino aquel a quien el propietario confía sus bienes para que los gestione con justicia y responsabilidad. El sacerdote recibe de Cristo los bienes de la salvación para distribuirlos entre las personas a las cuales es enviado. Es por tanto, el hombre de la palabra de Dios, el hombre del sacramento, el hombre del misterio de la fe´´. La vocación sacerdotal es el misterio de un “maravilloso intercambio” entre Dios y el hombre. El hombre ofrece a Cristo su humanidad para que El pueda servirse de ella como instrumento de salvación, casi haciendo de este hombre otro sí mismo”. Yo lo canté, lo intenté balbucear así el día de mis Bodas de Oro Sacerdotales, un año después que el Papa:

    HIMNO SACERDOTAL

    Recién ordenado y estudiante en la Universidad de Salamanca:

    Necesitaste y necesitas de mis manos
    para bendecir, perdonar y consagrar;
    mi corazón para amar a mis hermanos,
    pediste mis lágrimas y no me ahorré el llorar.

    Mis audacias yo te di sin cuentagotas,
    derroché mí tiempo enseñando a orar,
    mi voz gasté predicando tu palabra
    y me dolió el corazón de tanto amar.

    A nadie negué lo que me dabas para todos.
    A todos quise en su camino estimular.
    Me olvidé de que por dentro yo lloraba,
    y me consagré de por vida a consolar.

    Pediste que te entregara mis pies
    y te los ofrecí sin protestar,
    caminé sudoroso tus caminos,
    y ofrecí tu perdón con gran afán.

    Cada vez que me abrazabas lo sentía
    porque me sangraba el corazón,
    eran tus mismas espinas que me herían
    y me encendían en la hoguera de tu amor.

    Fui sembrando de Hostias mi camino
    inmoladas en tu personificación:
    innumerables Eucaristías ofrecidas,
    han traspasado la tierra de fulgor.

    El que no tiene ojos para percibir el misterio del “intercambio” del hombre con el Redentor no podrá comprender que un joven renuncie a todo por Cristo, seguro de que su personalidad humana se realizará plenamente.

    LA GRANDEZA DE NUESTRA HUMANIDAD

    Retóricamente pregunta Juan Pablo II: “¿Hay en el mundo una realización más grande de nuestra humanidad que poder representar cada día “in persona Christi” el Sacrificio redentor, el mismo que Cristo llevó a cabo en la Cruz? En este Sacrificio está presente del modo más profundo el Misterio trinitario, y como “recapitulado´´ todo el universo creado (Ef 1,10). La Eucaristía ofrece “sobre el altar de la tierra entera el trabajo y el sufrimiento del mundo´´, en bella expresión de Teilhard de Chardin. En la Eucaristía todas las criaturas visibles e invisibles, y en particular el hombre, bendicen a Dios como Creador y Padre con las palabras y la acción de Cristo, Hijo de Dios. Por eso “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar´´ (Lc 10,21).

    Estas palabras nos introducen en la intimidad del misterio de Cristo, y nos acercan al misterio de la Eucaristía, en la que el Hijo consustancial al Padre, le ofrece el sacrificio de sí mismo por la humanidad y por toda la creación. En la Eucaristía Cristo devuelve al Padre todo lo que de El proviene, profundo misterio de justicia de la criatura al Creador, el hombre da honor al Creador ofreciendo, en acción de gracias y de alabanza, todo lo que de El ha recibido. Sólo el hombre puede reconocer y saldar como criatura imagen y semejanza de Dios tal deuda, que por sus limitación de criatura pecadora, es incapaz de realizar si Cristo mismo, Hijo consustancial al Padre y verdadero hombre, no emprendiera esta iniciativa eucarística. El sacerdote, celebrando la Eucaristía, penetra en el corazón de este misterio. Por eso la celebración de la Eucaristía es para él, el momento más importante y sagrado de la jornada y el centro de su vida”.

    EL SACERDOTE ES EL HOMBRE DE LA PALABRA

    Afirma el Papa que el sacerdote es “el hombre de la palabra de Dios, el hombre del sacramento, el hombre del misterio de la fe´´. Y lo razona: “Para ser guía auténtico de la comunidad, verdadero administrador de los misterios de Dios, el sacerdote está llamado a ser hombre de la palabra de Dios, generoso e incansable evangelizador. Hoy, frente a las tareas inmensas de la “nueva evangelización´´, se ve aún más esta urgencia. Después de tantos años de ministerio de la Palabra, que especialmente como Papa me han visto peregrino por todos los rincones del mundo, debo dedicar algunas consideraciones a esta dimensión de la vida sacerdotal. Una dimensión exigente, ya que los hombres de hoy esperan del sacerdote antes que la palabra “anunciada”, la palabra “vivida”. El sacerdote debe “vivir de la Palabra´´. Pero al mismo tiempo, se ha de esforzar por estar intelectualmente preparado para conocerla a fondo y anunciarla eficazmente. En nuestra época, la formación intelectual es muy importante. Esta permite entablar un diálogo intenso y creativo con el pensamiento contemporáneo.

    Los estudios humanísticos y filosóficos y el conocimiento de la teología son los caminos para alcanzar esta formación intelectual, que debe ser profundizada durante toda la vida. Pero el estudio, para ser formativo, ha de ir acompañado por la oración, la meditación, la súplica de los dones del Espíritu Santo: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Santo Tomás explica cómo, con los dones del Espíritu Santo, el organismo espiritual del hombre se hace sensible a la luz de Dios, a la luz del conocimiento y a la inspiración del amor. Esta súplica me ha acompañado desde mi juventud y a ella sigo siendo fiel hasta ahora”.

    LA CIENCIA INFUSA PRESUPONE LA ADQUIRIDA

    “Enseña Santo Tomás, que la “ciencia infusa”, no exime del deber de procurarse la “ciencia adquirida”. Después de mi ordenación -escribe -fui enviado a Roma para perfeccionar los estudios. Luego, tuve que dedicarme a la ciencia como profesor de Ética en la Facultad teológica de Cracovia y en la Universidad de Lublin. Su fruto fueron el doctorado sobre San Juan de la Cruz y la tesis sobre Max Scheler. Debo mucho a este trabajo de investigación, que a mi formación aristotélico-tomista, injertaba el método fenomenológico, que me ha permitido escribir numerosos ensayos creativos, como mi libro “Persona y acción”, entrando en la corriente contemporánea del personalismo filosófico, cuyo estudio ha repercutido en los frutos pastorales. Muchas de las reflexiones maduradas en estos estudios me ayudan en los encuentros con las personas individuales y con las multitudes en mis viajes apostólicos. Esta formación en el horizonte cultural del personalismo me ha dado una conciencia más profunda de cómo cada uno es una persona única e irrepetible, y esto es muy importante para todo sacerdote. En diálogo con naturalistas, físicos, biólogos e historiadores, se puede llegar a la verdad. Es preciso que el esplendor de la verdad –Veritatis Splendor- -permita a los hombres intercambiar reflexiones y enriquecerse recíprocamente. He traído desde Cracovia a Roma la tradición de encuentros interdisciplinares periódicos, que tienen lugar durante el verano en CastelGandolfo”.

    LOS LABIOS DEL SACERDOTE

    “Los labios de los sacerdotes guardan la ciencia…” (Ml 2,7). A Juan Pablo le gustan estas palabras del profeta Malaquías, por su valor programático para el ministro de la Palabra, que debe ser hombre de ciencia en el sentido más alto del término, pues no sólo debe transmitir verdades doctrinales, sino tener experiencia personal y viva del Misterio porque en esto consiste “la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3).

  • Autor: Jesús Martí Ballester

    La Ley por Moisés y la Gracia por Jesucristo.
    Cristo nos da su vida por la comunión de su cuerpo, que nos robustece para cumplir sus mandamientos.
     
    La Ley por Moisés y la Gracia por Jesucristo.
    La Ley por Moisés y la Gracia por Jesucristo.

    DOMINGO III DE CUARESMA. CICLO B

    1. “Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud. No tendrás otros dioses rivales míos. Honra a tu padre y a tu madre. No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás testimonio falso contra tu prójimo. No codiciarás los bienes de tu prójimo: ni la mujer, ni su esclavo, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él” Exodo 20,1.

    2. Los mandamientos de Dios son revelación suya y palabras de él, son don suyo y gracia suya. No son ataduras, sino horizonte amplio de libertad. No obstáculos en el camino, sino autopistas con guardavallas poderosas para no despeñarse, e impulsos hacia la velocidad en el camino del ser, del bien, de la verdad y de la belleza. Tampoco son barreras para frenar la marcha de la máquina del tren, sino rieles garantes de la seguridad de los viajeros. Ni escalones que nos precipitan, sino ascensores que nos elevan. Antes de ser grabados en las piedras por la mano de Dios: “Yo te daré unas tablas de piedra con la ley y los mandamientos que he escrito con mi dedo” (Ex 24,12; Dt 9,10); antes de ser escritos en los papiros, en los pergaminos y en las hojas de los catecismos, habían sido impresos en el corazón de los hombres. “Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en su corazón” (Jr 31,33), para que no os precipitéis en el desconcierto, ni prevalezca la ley de la jungla.

    “Mientras mi afán más y más
    en el mundo se concentra,
    hay algo en mí que no encuentra
    nunca en el mundo su paz.
    Y aunque yo mismo de grado
    confesármelo no quiera,
    vuelvo de cada quimera,
    con el airón desplumado
    y chafada la cimera.
    Y cuando en las flores
    del mundo, mi alma se engríe
    y hecha risas, se deslíe
    en un mar de pluma y seda…
    qué es esto que siempre queda
    en mí que nunca se ríe?”
    dice Javier a San Ignacio, según Pemán en el Divino Impaciente.

    Nos acucia el hambre de la verdad, el ansia de la bondad, la subyugación de la belleza, porque Dios nos ha creado para la verdad y la bondad y la belleza absolutas, que son El, y a él tendemos, aunque el lastre del mal nos atenace. Y cuando se realiza el mal, el mismo mal nos arañara las entrañas, porque: “Nos has hecho, Señor para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti”, dirá iluminado san Agustín que también sabía lo suyo de la profundidad de su pozo insaciable.

    3. Por eso todo el mundo, aun los pueblos no civilizados, saben que hay que hacer el bien y hay que evitar el mal, y aunque expresen estos sentimientos de modos muy rudimentarios, manifiestan la acción del espíritu de Dios que ha hecho al hombre a imagen y semejanza suya.

    4. El día 26 de febrero de 2000, en su última jornada en Egipto, al pie del enorme monte rojizo donde Yahveh reveló su nombre y su ley en el Sinaí, hace tres mil doscientos años, Juan Pablo II, con toda sencillez y sin ninguna retórica, dijo que los mandamientos entregados allí a Moisés por el Señor, siguen vigentes. En aquel solemne lugar el Papa se sumergió en tan profunda y evidente oración, que el abad-obispo Damianos, quedó impresionado. Se celebró una ceremonia litúrgica, en la que se leyeron los Diez Mandamientos, y el Santo Padre se emocionó. Después tocó las piedras rojizas características de aquel lugar esencial y agreste, formado por el desierto y las montañas de granito. Como «peregrino tras las huellas de Dios» se presentó a los pies de la montaña sagrada del Monte de Moisés, en el monasterio greco-ortodoxo de Santa Catalina.

    5. Fuera del monasterio, y debajo de un almendro en flor celebró la Eucaristía, y dirigiéndose a unos quinientos católicos egipcios, explicó el Papa el sentido de su peregrinación: «El obispo de Roma viene como peregrino al Monte Sinaí atraído por esta montaña santa que se yergue como un monumento majestuoso en honor de lo que Dios reveló aquí. ¡Aquí reveló su nombre! ¡Aquí entregó su Ley, los diez mandamientos de la Alianza”. En este santuario al aire libre, consagrado a la fe en el único Dios, el Santo Padre no renunció a replantear el diálogo entre las tres religiones monoteístas, hablando del «viento que todavía sopla en el Sinaí», la fuerza liberadora de los diez mandamientos. El «peregrino tras las huellas de Dios» vino al Sinaí a contemplar el secreto mismo de la libertad del hombre. Dijo que las tablas de la Ley entregadas a Moisés, «no son una imposición arbitraria de un Dios tirano. Fueron escritas en piedra, pero antes, habían sido escritas en el corazón de los hombres como la ley moral universal, válida para todo tiempo y lugar. Y propuso el Decálogo como único futuro para toda la humanidad. Hoy como siempre, las Diez Palabras de la Ley ofrecen la única base auténtica para la vida de los hombres, de las sociedades y de las naciones. Hoy, igual que siempre, son el único futuro de la familia humana. Salvan al hombre de su destructiva fuerza del egoísmo, del odio y de la mentira. Ponen de manifiesto todos esos falsos dioses que le esclavizan: el amor propio hasta la exclusión de Dios y la avidez de poder y de placer, que trastoca el orden de la justicia y degrada nuestra dignidad humana y la de nuestro prójimo.

    6. El Papa vivió el momento de mayor emoción cuando visitó la Iglesia de la Transfiguración del monasterio cristiano más antiguo del mundo, donde se conservan las raíces de la «zarza ardiente» desde la que Dios habló a Moisés y le reveló su nombre: «Yo soy el que soy». El Papa peregrino se quitó los zapatos, como Dios ordenó a su profeta, se arrodilló y se postró para besar esta tierra santa.

    7. Al promulgar el Decálogo, Dios manifiesta una infinita perspicacia psicológica, partiendo del principio de que él es el liberador de la esclavitud: “Yo soy el Señor tu Dios que te saqué de la esclavitud de Egipto”. Su pueblo es suyo por derecho de reconquista, pero no lo invoca para oprimirles, ya que les acaba de liberar de la opresión, sino para inducirles a que, como pueblo suyo a él consagrado y ovejas de su rebaño, le permitan poder continuar la relación con ellos, y su relación entre salvador y salvados, entre liberador y liberados. Primero la liberación, los mandamientos después, para seguir salvándolos y haciéndolos dichosos, en el cumplimiento de unos Mandamientos convertidos en autopistas de felicidad, en relación con él y en relación con los hombres. Y todo desde la raiz del amor, resumen “y plenitud de la ley” (Rm 18,10),

    8. La relación entre la primera y tercera lecturas, que siempre procuro buscar y encontrar en estas homilías, se nos va a hacer un poco difícil de descubrir, porque es muy profunda, pero también muy fecunda. El Señor trata a su pueblo como un niño, como un aprendiz de teología. No le puede abrir el programa de golpe. Va por etapas. Tiene en cuenta la ley del crecimiento de la semilla. En el Exodo, Yahve, fundamenta su derecho a obtener la obediencia del pueblo en que es su libertador, que les ha sacado de la esclavitud de Egipto liberándolos de un mal material insoportable.

    9. Pero los mandamientos no les van a resultar fáciles de guardar, porque hay enemigos apostados como terroristas en las curvas, y en los instintos e inclinaciones al pecado, como quinta columna en el corazón. Pesan mucho los hábitos, y las costumbres son una rémora inexpugnable, que luchando con ella se apodera del hombre como la agonía de Getsemaní, que a veces exige sudar sangre y angustia para dominarla.

    10. Esto no les ocurría sólo a aquellos hombres, recién salidos de Egipto, donde respiraban paganismo y carnalidad, ni en la aridez y soledad de los cuarenta años del desierto, cuando todavía no existía la ley de la lapidación, pero sí la ley del Talión, inspirada en el Código de Hamurabi 1800 años antes de Cristo, sino que les sucederá todavía en tiempos de Cristo, como manifestará San Pablo de sí mismo que “no hago el bien que quiero… sino el mal que no quiero. Siento una ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado, que está en mis miembros”(Rm 7,19). Y seguirá ocurriendo siempre a todos los hombres, que van a necesitar unas fuerzas nuevas para luchar y vencer la incesante tentación. “¡Desdichado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Ib). Aunque el pecado no es un virus que ataca sin que te des cuenta, es una bacteria resistente, que los antibióticos de la voluntad son insuficientes para inmunizarla. El mal es una flor sin semilla, un mineral sin arqueología, un tenebroso veneno que se nos infiltra en los genes por generación espontánea y nos repugna y sobrecoge, nos encoge el ánimo y nos ofusca con sórdida fascinación. Habita dentro de nosotros, como una bestia enjaulada que clama por su libertad y de cuando en cuando acierta a lanzar su zarpazo.

    11. Todo ello no es obstáculo para que los frutos de los mandamientos sean: “Lugar de descanso; produzcan alegría, que hace brillar de luz los ojos felices; sean más preciosos que el oro y más dulces que la miel recién destilada del panal. Todo eso es pura verdad en teoría, pero en la práctica, ¡qué angustioso es abstenerse de fumar, por poner una adicción más confesable! El fumador y cualquier adicto a la droga, sabe muy bien que se está destruyendo, pero ¿cuántos son los que empezaron la dieta y perseveraron sin claudicar? ¿Qué no darían por verse libres de su adicción? En el libro “El niño que soñaba con la luna”, del Padre Duval, famoso cantautor, con belleza cautivadora, analiza el jesuita alcohólico, su dolor y su tragedia, su soledad y su impotencia. ¡Quería salir y no podía!, y sus triunfos se convirtieron en derrotas, y sus amistades todas se rompieron, como una rosa azotada por el huracán. Dediqué la oración de ayer a meditar el salmo 18, lo encontré como nuevo, y casi me dio la clave de sus afirmaciones.

    12. He dicho que a aquel pueblo inmaduro debió de pesarle mucho el cumplimiento de los mandamientos proclamados por Moisés. Para que los mandamientos resulten dulces como la miel y preciosos como el oro, va a ser necesario que Jesús inaugure la época del Espíritu y sea devorado por la angustia, cargue sobre sí todos los pecados consumido por el celo, que es la consecuencia del amor, pues, según San Agustín, “qui non zelat non amat”, y ofrezca al Padre y al mundo de los hombres, la mayor prueba de amor, devorado y consumido por el amor. Sólo después de la resurrección, recordarán los discípulos que el salmo había dicho “que el celo de tu casa me devora”.

    13. La luminosidad y brillo de los ojos, la preciosidad del oro fino y la dulzura de la miel que el panal destila, la satisfacción y la alegría de los mandamientos, puede resplandecer en un cuerpo agonizante, en un alma torturada, pero pacificada en medio de las luchas, y aún después de las caídas que, aunque le humillan y le atormentan, no le derrotan, por el consuelo de la misericordia y el rocío de la sangre de Jesús. Los mandamientos pues, no prometen sólo una paz trascendente, sino una satisfacción plena actual.

    14. Está llegando el tiempo del cumplimiento de las palabras que dijo Jesús antes sus dudas a la mujer samaritana: “Nuestros padres adoraron a Dios en este monte y vosotros decís que el sitio donde se ha de adorar es Jerusalén: -Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Esta es la hora en que los verdaderos adoradores, adorarán al Padre en espíritu y verdad” (Jn 4,20). Sólo con la efusión del Espíritu Santo, derramado por la Sangre de la Cruz, podrán los hombres superar la ley del pecado, la agonía de la inmolación, el amor limpio y puro que les haga dulce la negación de sí mismos y el camino de la cruz. LA LEY QUE VINO POR MOISÉS.

    15. Está pasando la ley y a punto de llegar la gracia. Antes, quien quería encontrarse con Dios, tenía que ir al Templo. Desde ahora el nuevo templo es ya Jesús, su cuerpo físico en quien reside personalmente la divinidad (Col 2,9), su Eucaristía y su Cuerpo Místico, llamado a poblar toda la tierra, como el árbol de mostaza que cobija todos los pájaros del aire (Mt 13,31). Adorar a Dios ahora, no será cuestión local, sino de interiorización, “en espíritu y verdad” (Jn 4,23), porque “el reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17,21).

    16. El Templo de Jerusalén, máximo exponente religioso de los hebreos, iba a ser sustituido por el Cuerpo de Cristo. Y éste es un paso y un cambio tan importante, que Jesús lo quiso manifestar con un gesto inesperado en quien se ha proclamado como “manso y humilde de corazón”. Aprovechando el desbarajuste que reinaba en el patio de los gentiles del Templo en las vísperas de la Pascua, donde todos tenían que ofrecer sus sacrificios rituales: allí, entre los bueyes que mugen, los corderos y ovejas que balan, entre el cambio de monedas por siclos, entre el estiércol de los animales, y las disputas y regateos de mercaderes y compradores, en medio del zureo de palomas y las ofertas de incienso, harina y aceite, con la anuencia de los sacerdotes, que tenían en ese trapicheo de bazar o mercado, una buena fuente de ingresos, Jesús va a realizar una operación profética, que anunciará el cambio de culto, de ofrendas y de templo. El mismo va a sustituir el cuerpo y la sangre de aquellos animales, que purificaban el cuerpo, pero no las conciencias de las obras muertas (Heb 8,11), por su propio cuerpo y su propia sangre “no hecho por mano de hombre, es decir, no de esta creación, entrando de una vez para siempre en el santuario, no con sangre de machos cabríos y de becerros, sino con su propia sangre, adquiriéndonos una redención eterna. Jesús “hizo un azote de cordeles que había por el suelo y los echó a todos del templo”. San Ignacio enseña que “en las personas que van de pecado mortal en pecado mortal”, mientras que el mal espíritu les propone placeres aparentes para facilitarles la caída, el buen espíritu “usa contrario modo, punzándoles y remordiéndoles las conciencias…”

    Dios a veces pega, y pega fuerte, para hacernos salir del pecado –que tiene mucho de comercio en un lugar santo-. La dureza de Dios sobre nosotros es para hacernos reaccionar, así como Jesús con los vendedores del Templo. No es lícito profanar la Casa de Dios y nosotros mismos y nuestros semejantes somos casa de Dios. Y en esa Casa, Jesús, actúa como dueño de casa y a veces con el látigo en la mano, diciéndoles:

    17. “Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”. Y a la cólera con que los sacerdotes le increpan: “¿Qué signos nos muestras para hacer esto?”, responde Jesús: Destruid este templo y en tres días lo reedificaré” Juan 2,13. La destrucción de su cuerpo es su muerte, que se corresponde con la conversión del agua en vino en las bodas de Caná, donde el vino convertido es el símbolo de la sangre derramada, al ser destruido su cuerpo, que nos ha narrado San Juan en el principio de este mismo capítulo 2, inmediatamente antes de las palabras: “Destruid este templo”.

    18. El Señor, que motivó en el Sinaí el cumplimiento de la Alianza por los Mandamientos en base a su liberación del cautiverio de Egipto, como su Señor y su Dios, va a fundamentar el cumplimiento de los mismos mandamientos perfeccionados, en el celo que le devora, hasta la pasión, crucifixión y muerte, con los que destruye los pecados, como Cordero de Dios. Y el amor supremo que su sangre nos proporciona es el cantado por el salmo que nos dice que los mandamientos son, como fruto conquistado con la sangre del sacrificio nuevo, de la Nueva Alianza, del amor supremo: “Descanso. Alegría. Luz radiante para los ojos. Más preciosos que el oro. Más dulces que la miel de un panal que destila: Con lo que se comprende que “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos”. Jesús vela singularmente por los templos vivos: “¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu mora en vosotros?” (1 Cor 3,16).

    19. Para seguir el camino de Cristo e imitar su ofrecimiento por amor como hostia de holocausto, San Pablo nos exhorta a “presentar nuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable” (Rom 12,1). Y San Pablo mismo, que sentía aquella ley del pecado en sus miembros, comprende que lo va a conseguir: “Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor” (Rm 7,19). Es decir, “la ley entregada por Moisés, fué perfeccionada y fortalecida por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo”. San Juan de la Cruz, nueve meses en la cárcel sin poder celebrar misa, nos hablará de la muerte de amor y Santa Teresita del Niño Jesús, se ofrecerá como víctima de Amor.

    20. Lo que vivió San Juan de la Cruz, y más, lo han vivido en este siglo cristianos, como el el arzobispo vietnamita François Xavier Van Thuân, cuando dirigió los Ejercicios Espirituales al Papa Jun Pablo II y a sus colaboradores, comenzó con una c_onMovedora evocación de las Misas que celebró en los trece años de cárcel que tuvo que soportar en su país. «Cuando me encarcelaron en 1975 -recordó el prelado vietnamita-, me vino una pregunta angustiosa: “¿Podré celebrar la Eucaristía?”». El prelado explicaba que, como al ser detenido no le permitieron llevarse ninguno de sus objetos personales, al día siguiente le permitieron escribir a su familia para pedir objetos de primera necesidad: ropa, pasta dental, etc. «Por favor, enviadme algo de vino, como medicina para el dolor de estómago». Los fieles entendieron muy bien lo que quería y le mandaron una botella pequeña de vino con una etiqueta en la que decía: «Medicina para el dolor de estómago». Entre la ropa escondieron también algunas hostias. La policía le preguntó: «¿Le duele el estómago?». «Sí», respondió monseñor Van Thuân, arzobispo de Saigón. «Aquí tiene su medicina». «No podré expresar nunca mi alegría: celebré cada día la Misa con tres gotas de vino y una de agua en la palma de la mano. Cada día pude arrodillarme ante la Cruz con Jesús, beber con él su cáliz más amargo. Cada día, al recitar la consagración, confirmé con todo mi corazón y con toda mi alma un nuevo pacto, un pacto eterno entre Jesús y yo, a través de su sangre mezclada con la mía. Fueron las Misas más bellas de mi vida».

    21. Más tarde, cuando le internaron en un campo de reeducación, al arzobispo le metieron en un grupo de cincuenta detenidos. Dormían en una cama común. Cada uno tenía derecho a cincuenta centímetros. «Nos las arreglamos para que a mi lado estuvieran cinco católicos -cuenta-. A las 21,30 se apagaban las luces y todos tenían que dormir. En la cama, yo celebraba la Misa de memoria y distribuía la comunión pasando la mano por debajo del mosquitero. Hacíamos sobres con papel de cigarro para conservar el santísimo Sacramento. Llevaba siempre a Cristo Eucaristía en el bolso de la camisa».

    22. Como todas las semanas teníamos una sesión de adoctrinamiento en la que participaban todos los grupos de cincuenta personas que componían el campo de reeducación, el arzobispo aprovechaba los momentos de pausa para pasar con la ayuda de sus compañeros católicos, la Eucaristía a los otros cuatro grupos de prisioneros. «Todos sabían que Jesús estaba entre ellos, y él cura todos los sufrimientos físicos y mentales. De noche, los prisioneros se turnaban en momentos de adoración; Jesús Eucaristía ayuda de manera inimaginable con su presencia silenciosa: muchos cristianos volvieron a creer con entusiasmo; su testimonio de servicio y de amor tuvo un impacto cada vez mayor en los demás prisioneros; incluso algunos budistas y no cristianos abrazaron la fe. La fuerza de Jesús es irresistible. La oscuridad de la cárcel se convirtió en luz pascual. Jesús comenzó una revolución en la cruz. La revolución de la civilización del amor tiene que comenzar en la Eucaristía y desde aquí tiene que ser impulsada”: Lo dice San Pablo en la 2ª lectura de hoy: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los griegos; pero para los llamados por Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios” 1 Corintios 1,22.

    23. Concluyó monseñor Van Thuân con un sueño: en él la Curia romana es como una gran hostia, en el seno de la Iglesia, que es como un gran Cenáculo. Todos nosotros somos como granos de trigo que se dejan moler por las exigencias de la comunión para formar un solo cuerpo, plenamente solidarios y plenamente entregados, como pan de vida para el mundo, como signo de esperanza para la humanidad. Un solo pan y un solo cuerpo». Destacar la relación de los mandamientos proclamados en el Sinaí y culminados por la muerte de amor supremo en el calvario, es lo que a mi entender intentan hoy las lecturas.

    24. Con nuestras fuerzas no podíamos llegar tan alto. Era necesario que la gracia de la Cabeza acudiera en nuestro socorro y consuelo, para obrar según el Espíritu y no según la carne, guardando sus mandamientos, “más preciosos que el oro; más dulces que la miel de un panal que destila” Salmo 18, con la gracia de los sacramentos de Cristo y vivificados por la oración, representados en el templo purificado, que sustituyen la ineficacia de la Ley Antigua. Así es como nos da su vida por la comunión de su cuerpo, que nos robustece para cumplirlos. LA GRACIA VINO POR JESUCRISTO. DESDE EL CUMPLIMIENTO DE LOS MINIMOS HASTA SER DEVORADO POR EL AMOR.

    Jesús Martí Ballester


    19 DE MARZO DE 2006

    Autor: Catholic. net | Fuente: Catholic. net