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Seguir a Jesucristo, es entrar en el misterio de la Cruz
Sólo se conoce a Jesús comprometiéndose a seguirle.
 
27. Seguir a Jesucristo, es entrar en el misterio de la Cruz
27. Seguir a Jesucristo, es entrar en el misterio de la Cruz

Seguir a Jesucristo, es entrar en el misterio de la Cruz gloriosa.

Si entras con la suficiente profundidad en el misterio de la persona de Jesús, comprenderás que ha venido a liberarte recreándote a imagen de Dios. Pero no realiza esta recreación de una manera espectacular, la hace al modo del Siervo Sufriente de Isaías (cfr. 53). Jesús te salva por amor y por tanto por la humillación y obediencia al Padre. Jesús te engendra a la vida filial en el misterio de su Cruz gloriosa. No pases a la ligera y demasiado deprisa por el escándalo y acepta el ser profundamente desconcertado por la locura de la Cruz.

Sábete que no puedes conocer verdaderamente a Jesús sino entrando en el misterio de su Cruz. Cuídate de un conocimiento de la Cruz que sólo sea nocional y que no sea vital y existencial. Sólo se conoce a Jesús comprometiéndose a seguirle. Entregarte a él con todas tus fuerzas y con todo el amor de tu corazón, es aceptar el ser arrastrado allí donde no quisieras ir, es decir a la Pasión. Dando su vida es como Jesús conoce realmente al Padre: “Como me conoce el Padre y yo a él, y doy mi vida por las ovejas” (Jn 10, 15). El verdadero conocimiento de Dios culmina en voluntad de sacrificio, pues Dios es esencialmente amor y don.

Cuando Cristo te invita a seguirle y a llevar su Cruz (Lc 9, 23-26), te propone que te vacíes del sueño de tu vida para entregarte realmente a él. No entregas tu vida a una causa, un sistema o una ideología sino a una Persona: “.. a causa de mi”, dirá Jesús. Ante su invitación, puedes echarte atrás como el joven rico, y entonces Cristo te verá marchar con tristeza. Puedes también decir, como los hijos de Zebedeo: “Sí, podemos beber tu cáliz” (Mt 20, 22). Este “si” está en la línea de tu bautismo y de tu oblación. Implica el seguir a Jesús donde quiera que vaya, compartiendo su muerte gloriosa.

Pero no basta el aceptar verbalmente el seguimiento de Cristo: el misterio de la Cruz hay que vivirlo en toda su existencia de hombre por una asimilación cada día más verdadera al Señor Jesús. Ahí es donde se plantea el don real de ti mismo para el servicio del Reino. El misterio de la Cruz que tanto asusta al hombre moderno, celoso de cierta plenitud, sólo puede ser comprendido en el amor, si no la Cruz está plantada en el absurdo y se convierte en un falso escándalo. Para entregarte, es preciso que te niegues a ti mismo, y para que te niegues es preciso que existas. No puedes cimentar la abnegación sobre la nada de tu naturaleza humana. Sólo el que abandona y entrega las cosas y los seres a los que ama puede adueñarse de ellos en una relación gratuita de amor.

Entonces el don de ti mismo implica un doble movimiento:
— En primer lugar la aceptación de tu realidad de hombre. Antes de pensar en ofrecerte a Cristo, es preciso, por lo menos, ser. El Señor pide que desarrolles a fondo todos los dones que ha depositado en ti: cuerpo, alma, corazón, voluntad y libertad. Todas las fuerzas vitales que surgen en lo más profundo de tu ser deben ser aceptadas con plena lucidez y sería un mal el rechazarlas bajo el pretexto de renunciamiento. Muchas dificultades provienen de que tú rehúsas el aceptarte tal como eres con todos los poderes que se encuentran en ti.

— Pero el verdadero amor de Cristo supone también que no te encierres en sus dones guardándolos celosamente para ti o utilizándolos para disfrutarlos tú solo. En esto consiste el pecado: en vez de hacer de ellos medios de relación al Padre y a los demás, los haces servir para tu propio fin. De este modo asumes todo el orden natural, todas tus aspiraciones, y las superas para entregarte a Cristo aceptando el ser invadido por la gracia de la divinización. Renuncia a tener ideas propias sobre el tema y acepta lo inesperado de la persona de Cristo. Se da ahí una verdadera conversión que supone un cambio total de ti mismo.

A Cristo le toca el purificarte en tus fuerzas vitales. Dejándote llevar por él, te purifica de tu tendencia a echar mano de tus legítimas posesiones. Es preciso pues que cargues con la cruz de cada día, es decir con este conjunto de purificaciones que te proporcionan las circunstancias de la vida. Pero ten cuidado y no fabriques la cruz en tu taller personal, déjale a Cristo que te cargue con “su” cruz. Aceptando así el perder tu vida, la salvarás. Sólo posees aquello a lo que renuncias. En la eucaristía de cada día profesas públicamente tu deseo de participar en el misterio de su muerte y resurrección. Al comer su cuerpo y beber el cáliz, es el mismo Cristo el que te enseña a entregarte al Padre y a los hermanos.

Autor: Jean Lafrance | Fuente: Catholic.net

Jesucristo colma todas las aspiraciones humanas
La comunión, la alegría, y la santidad que te ofrece Jesús supera infinitamente tu espera de hombre.
 
25. Jesucristo colma  todas las aspiraciones humanas
25. Jesucristo colma todas las aspiraciones humanas

Jesucristo colma, superándolas hasta el infinito, todas las aspiraciones humanas.

Gracias al Espíritu Santo, comprenderás, en la oración, que Jesús es Salvador. ¿Qué significa esto? Que coima, superándola infinitamente, tu aspiración humana. La fe no viene desde fuera a proponerte una posible salida, te desvela el sentido de la que vives a partir de las preguntas que tú te planteas.

Es cierto que la salvación que te brinda Jesucristo es sobrenatural, es decir que trasciende tu espera, pero la vida divina que te comunica no es ajena a tu vida humana, es una perfecta plenitud. La vocación sobrenatural no es trasplantada desde el exterior, pertenece a tu vocación de hombre, la desarrolla y permite que llegue a su consumación; se realiza en plenitud por la gracia. Creer en Jesucristo, es aceptarle como principio y fuente de la verdadera vida, reconocer en él el contenido último de tu existencia personal, social e histórica.

La comunión, la alegría, y la santidad que te ofrece Jesús supera infinitamente tu espera de hombre. Por eso el hombre se asombra y se admira ante la salvación que le trae Yavé Os. 52, 15; Is 54). “Se maravillaban de lo que los pastores les decían”. Todos los que han encontrado a Cristo en el Evangelio se han llenado de alegría (Zaqueo, la samaritana, etc.) pues han encontrado la perla del Reino. La salud que te trae Cristo supera, pero también resume y coima tu espera de hombre. Es el summum ¿Cómo llena Cristo tus aspiraciones?
Para tu hambre de vivir, te da un pan que alimenta y sacia: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día” (Jn 6, 54).

Para tu deseo de conocer y para tu necesidad de contenido, Jesús te ofrece su luz: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12).

Para tu sed de amor y de comunión, te da el agua viva de su gracia y de su amistad que refresca y quita la sed: “el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para la vida eterna” (Jn 4, 14).

Para tu deseo de libertad, te aporta una santidad que ibera y diviniza, al mismo tiempo que te da alegría plena.

Y finalmente a tu deseo de Dios, responde llevándote al Padre. Más aún, te hace participe desde aquí abajo, por la gracia, de la experiencia que él tuvo de su padre Dios, él, el hijo de María la de Galilea, el Verbo consustancial del Padre. Pues, no lo olvides nunca, creer para ti, es entrar con Jesús, bajo la dependencia del Espíritu, en su relación al Padre.

Esto es lo que encierra nuestra fe en Jesucristo: una plenitud de hombre en su relación al Dios vivo y santo. “No he venido para destruir, sino para cumplir y llenar”.

En la oración, déjate interpelar por Cristo. El te hace una sola pregunta: “¿Quién soy yo para ti?” ¿Le has encontrado de veras? ¿Es un personaje del pasado o un ser que vive hoy y que da sentido a tu vida? ¿Podrías decir como san Pablo: “para mí, vivir, es Jesucristo?”
¿Has sido evangelizado hasta lo más profundo de tu ser? ¿No existe en ti una porción, por mínima que sea, que tú substraes a la acción de su gracia? En cada uno de nosotros, se da también “un extremo de la tierra” que debe ser evangelizado (Madeleine Delbrêl). En una palabra, ¿creemos que es capaz de llenarnos plenamente? Creer, no es tan sólo cambiar de existencia, pasar de la existencia de aquí abajo a la existencia de allá arriba, es optar por o en contra de la existencia, por o en contra de la vida. El envite de la fe, es ser o no ser.
Orar, es responder a Jesús con san Pedro desde lo más intimo de tu corazón: “Señor, ¡a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6, 68-69).

Descubrir que Cristo te llena plenamente, te lleva fatalmente al ardiente deseo de poner a todos los hombres en contacto con el Salvador Jesús. No puedes vivir tranquilo y en paz mientras haya en la tierra hombres que no hayan sido conquistados por Cristo. ¿Tienes la obsesión de anunciar al Salvador? ¿Arden tus labios al nombre de Jesús?

A la luz de esta pregunta descubres tu misión en el mundo. ¿Anuncias un Salvador o un juez, la salvación o la ley, la comunión o la organización, el Evangelio o los mandamientos? Al final del Concilio, Henri de Lubac hacia esta pregunta a los Padres: ¿Presentamos todavía al Salvador? Y sobre todo no vayas a creer que nos encontramos aquí fuera de la oración o que la actividad apostólica es una consecuencia de la oración contemplativa; no, porque evangelizar, es orar y dar culto a Dios. Pablo dice claramente que Dios le ha dado la gracia “de ser para los gentiles ministro de Cristo Jesús, ejerciendo el sagrado oficio del Evangelio de Dios, para que la oblación de los gentiles sea agradable, santificada por el Espíritu Santo” (Rom 15, 16).

Tienes que dar testimonio del Salvador, pues no hay evangelización si no hay testimonio. Tienes que dar a conocer a los demás al Salvador y para ello no te puedes contentar con sólo la oración. Un contemplativo santifica al mundo, pero no evangeliza; su acción es irremplazable, pero hacen falta también testigos.

En primer lugar debes mostrar y dar a conocer al Salvador por tu vida. Es preciso que tus hermanos vean a Cristo en ti. ¿Hacen ver hoy los cristianos que la salvación ha llegado “para esta casa”, que su pan alimenta, que su alegría es plena, que el Evangelio es luz y que santifica? Compartiendo la vida de todos los hombres, juegas un papel privilegiado para que los no cristianos puedan entrever a Cristo a través de tu ser y de todas tus actividades humanas: vida personal, familiar, política y social. Evangelizas con tu propia vida, pues hacen falta señales existenciales de la salvación.

Debes contagiar tu contemplación, tu alegría, tu amor, y tu libertad. Es preciso que la luz de las bienaventuranzas ilumine tu rostro y alumbre a todo hombre que te vea vivir. En el fondo, sólo tienes que hacer una cosa: arrastrar a tus hermanos para que entren en esta contemplación de Cristo que se ha apoderado de ti y ha cambiado toda tu vida. El modelo de misioneros es la samaritana: después de haber descubierto a Cristo, invita a sus conciudadanos a encontrarle: “Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será éste el Cristo?” (Jn 4, 29).

Finalmente muestra a Cristo por tus palabras. No se trata de transmitir una fórmula, una ideología, sino una Persona, Jesucristo: un ser alegre, de paz, de luz y de amor. Jesús ha venido a traer a la tierra el fuego del amor, y no un libro. En el momento oportuno, debes decir a tus hermanos que el Salvador es Jesús y no Marx o Mao. Sobre todo, estáte muy atento al hombre para anunciar a Cristo en el corazón de su existencia. Para esto, no necesitas ser un héroe, un sabio o un hombre a la moda, sino un santo, es decir un apasionado de Jesucristo.

Autor: Jean Lafrance | Fuente: Catholic.net

Jesucristo se une a ti en el punto en el que se perfila tu vida.
Por muy bien que conozcas la “obra” de Jesucristo, si no es para ti el Salvador, no tienes fe.
 
24. Jesucristo se une a ti en el punto en el que se perfila tu vida.
24. Jesucristo se une a ti en el punto en el que se perfila tu vida.

“Os anuncio una gran alegría.., os ha nacido hoy un salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2, 1011). ¿Sabes lo que es una gran alegría? pregúntaselo a los que han vivido en los campos de concentración y que, un buen día, han visto llegar a los libertadores; ¡ellos te dirán lo que es eso! Pues bien, la venida de Cristo a la tierra es una gran alegría decisiva, un mensaje que da unidad a los valores más profundos de tu vida. Al terminar su Evangelio, san Juan señala muy bien la intencionalidad del mismo: “Esto se ha escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre”. (Jn 20, 31). El Evangelio es la verdad revelada porque te coloca en el punto decisivo en el cual se perfila tu vida. Por muy bien que conozcas la “obra” de Jesucristo, si no es para ti el Salvador, no tienes fe.

La primera vez que Jesús se dirige a un hombre, es para decirle: “¿Qué buscas?” (Jn. 1, 38). Al anunciar la buena nueva, Cristo trata de hacerte impacto en los valores que consideras como vitales e imperativos. Pablo dirá que busca las aspiraciones (aspirare) profundas del hombre, eso a lo que aspira de una manera última. En una palabra, la calidad de tus profundos deseos. Y cuando Jesús se encuentra con hombres que ya no buscan nada, les “inquieta”, en el buen sentido de la palabra, y los pone en estado de búsqueda. Mira cuán profundamente ahonda el corazón de la samaritana, para descubrir en él su deseo de Dios oculto por el pecado y proponerle el agua viva.

Pablo dirá también: “Que la Palabra de Dios habite en vuestros corazones”. Al evangelizarte, Jesús coloca su Palabra “dentro” de tu corazón. Es mucho más allá de tu razón, de tu experiencia, de tu vida moral, es el corazón, fuente de toda tu vida. Pablo VI hablará también así al dirigirse a los representantes de las Naciones Unidas: “Escucharemos, dirá, esas voces profundas del mundo”. Jesús no busca tan sólo las aspiraciones de las personas, viene también para responder a las aspiraciones de los pueblos en su conjunto.

Debes permitir que suban a tu conciencia esos deseos que se encuentran en lo más profundo de ti. Hay que escuchar también las voces del mundo moderno y participar en sus aspiraciones: llamada de los jóvenes, a la libertad, a la participación, a la experiencia profunda, a resolver el porvenir, a la paz, a la dignidad, a la justicia. Escucha siempre, sin filtrarlo, lo que te dice el otro. De hecho, tú aspiras como él a la vida, a la luz, a la paz, a la libertad, a la santidad y a la felicidad. Todo esto es lo que Jesús reúne como venido de ti. Discernir estas voces, no es otra cosa sino estar atento a la acción invisible del Espíritu en ti y en el corazón de tus hermanos. No es perder el tiempo en la oración el descubrir estas aspiraciones y exponerlas al desnudo bajo la mirada de Jesús Salvador.

En primer lugar, tienes hambre de pan y de alimento, pero este hambre material revela un hambre más profunda: deseas vivir feliz y escapar de ese angustioso drama de la muerte.

Aspiras también al conocimiento y a la luz, no a la que te proporciona la ciencia y la técnica y que es obra de tu inteligencia humana, sino la luz sobre tu propia vida. Quieres descubrir el sentido de tu existencia. Es cierto, el hombre tiene hambre de justicia y de amor, pero tiene mucha más hambre de contenido: “¿De dónde vienes, a dónde vas?”. El hombre de hoy tiene más hambre de sentido que de pan, tiene más necesidad de seguridad que de poder. Corres tras la vida sin esperanza de alcanzarla en el último momento, como se salta sobre la escalerilla de un vagón que se ha puesto en marcha (Ionesco). Cuántos hombres conciben como una desgracia el hecho de existir. “El hombre es una pasión inútil”, decía Sartre.

Además quieres amar y ser amado. No puedes contentarte con los bienes de consumo y las satisfacciones del poder. Has sido hecho para el encuentro, la sonrisa, la mirada, para entrar en comunión. Quieres huir de tu soledad y tienes necesidad de ser aceptado por otro para no asfixiarte bajo tu piel.

Luego deseas la libertad: libertad física, libertad psicológica que te libre de toda clase de determinismos y libertad moral que te arranque del pecado.

Finalmente, tienes sed de Dios. Quien quiera que sea, el hombre aspira a la santidad, a ver a Dios, aunque este deseo esté cubierto por los aluviones de una sociedad de bienestar. Has sido hecho para Dios y no encontrarás la felicidad sino descansando en él: “Tan sólo conozco un problema para el hombre, decía Camus, cómo ser santo sin Dios”.

Es imposible… pero está Jesucristo.

Autor: Jean Lafrance | Fuente: Catholic.net

“Me consagro y me entrego a Jesucristo
Pedirlo con una oración intensa, el deseo y la voluntad de responder al amor de Jesús entregándote por entero a Él.
 
23.
23. “Me consagro y me entrego a Jesucristo

Debes repetir todos los días de tu vida: me consagro y me entrego a Jesucristo.

Después de una dolorosa experiencia en la que había tomado conciencia de su radical pobreza, uno de mis amigos me decía un día: “Mi pecado me hace estar más enamorado todavía de Jesucristo”.

Es cierto, había tenido que reelegir a Cristo consagrándose de nuevo a Él. Sales serio de la contemplación del pecado, pero estás muy lejos de sentirte desanimado pues has vislumbrado, en el perdón de Dios, el amor de Jesús que se entrega a ti. Como decía santa Teresa de Lisieux: “El amor sólo se paga con amor”. Por eso, ahora estás en el mejor momento para renovar tu fe en Cristo.

Piensas a veces que basta con elegir a Cristo en los momentos de las grandes etapas de tu vida; sábete que no es así, sino que cada día estás en “estado de evangelización”. Por eso la Iglesia te invita cada año, en el momento de la Pascua a renovar tu fe en Cristo. Es la meta y la fuente de tu vida, y por eso debes “reconocerle” cada día. No basta tan sólo con hacer un acto intelectual de fe, sino de dar a toda tu existencia una cierta orientación que te conforme con la manera de pensar, de obrar y de amar de Cristo.

Es cierto, que hay etapas en las que esta elección es más radical pues se trata de una opción que pone en tela de juicio las profundidades de tu ser y de tu destino. Este es el caso de la elección en el momento de la adolescencia o hacia los cuarenta o cincuenta años en el momento en que quieres dar a tu vida una calidad de amor y de libertad. Esta elección es siempre posible y es la expresión más profunda de tu personalidad. Muy a menudo, inaugura o pone fin a una crisis de crecimiento en tu historia personal, pues polariza y unifica todos tus deseos alrededor de la persona de Jesucristo. Al dar nuevo sentido a tu vida te marca para el tiempo y para la eternidad.

Es lo que pides aquí con una oración intensa, el deseo y la voluntad de responder al amor de Jesús entregándote por entero a Él. En el fondo, quieres repetir hoy, con pleno conocimiento de causa y con todas las potencias de tu ser, la ofrenda de tu bautismo; Quieres aspirar al mayor amor y, con la gracia de Dios. ponerte al servicio del Reino.

En la oración, tienes que ponerte resueltamente ante la persona de Cristo que quiere realizarte en plenitud. Jesús es un ser vivo, habita en tu corazón por la fe. Qué importa que no sientas su presencia con tal que esta presencia se dé, pues esto es lo esencial. Lo demás es sentimiento y literatura.

Lee en Juan (1, 35 a 51), el primer encuentro de los discípulos con Jesús. Déjate interpelar por él: “¿Qué buscas?” (1, 38), y asume la respuesta de Andrés y de Juan: “Maestro, ¿dónde moras?” Y luego sigue a Cristo, es decir entra en el misterio profundo del conocimiento de su persona y quédate con él a lo largo de todo el día.

Tú sabes pasar un día con tus mejores amigos, ¿por qué no vas a pasar un día con Cristo, viviendo cara a cara con él? Si sabes permanecer en silencio esperándole, te hará experimentar su presencia, tendrás sobre todo la “gracia” de su presencia. Y para pasar con Él esta jornada, te basta con leer el evangelio, dejando caer una a una en tu corazón las palabras de Cristo. Así te penetrarás de su pensamiento y de su amor.

Entonces podrá revelarte el secreto de su intimo ser, inscribirá en tu corazón sus nombres propios y sobre todo se te dará a ti en un contacto de amistad que ninguna palabra humana es capaz de expresar. Escucharás que te hace una última petición:

“Hijo mío, dame tu corazón”. ¡Ojalá puedas responderle con el “sí” de Maria en la Anunciación!

Autor: Jean Lafrance | Fuente: Catholic.net

En Jesucristo. tu vida adquiere consistencia y solidez
Encuentras tu unidad el día en que colocas tu centro de gravedad en Dios.
 
26. En Jesucristo. tu vida adquiere consistencia y solidez
26. En Jesucristo. tu vida adquiere consistencia y solidez

En Jesucristo. tu vida adquiere consistencia y solidez, en una palabra, se unifica.

Sueñas con una vida en la que pudieses tener largos ratos de soledad para orar pero cuando tienes tiempo libre, lo malgastas en diversiones.

Sufres una tirantez entre tus múltiples ocupaciones y tu deseo de tener tu vida entre tus manos. Ante todo no culpes a las circunstancias externas o a tus numerosos compromisos de tu falta de tiempo, sino toma conciencia de que la verdadera culpa la tienes tú. Tú eres quien debe hacer la síntesis entre tu ser íntimo y tu ser para los demás.

Todos los días tienes la experiencia del tiempo “desperdiciado” sin plan y sin libertad.

Tienes dificultad para encontrar tu propia identidad porque vives disperso en la superficie de tu ser. Experimentas el deseo de unificar tu vida en la presencia de ti mismo, en la acogida a los demás y a las cosas externas. En una palabra, deseas hacer la experiencia de Agustín en el momento de su conversión. El mismo dice que pasó entonces de la “distensión” a la “intención”, de la dispersión a la unificación, del esfuerzo que dispersa al esfuerzo que concentra y unifica.

Este movimiento de pacificación no puede realizarse a nivel de las técnicas. Sólo, una existencia polarizada y unificada alrededor de una presencia es capaz de librarte del sentimiento de descuartizamiento y disgregación que te divide interiormente. Debes hacerte presente a ti mismo para que seas capaz de acoger en el centro de tu ser, para integrarlo, la aportación externa de las personas, de las cosas o de las ideas que recibas. Como dice Mounier: “Es preciso que tu diálogo interior sea tal que puedas proseguirlo con la primera persona con la que te encuentres”.

Pero existe todavía una unificación superior, la que se opera alrededor de la presencia de Dios en Jesucristo. Entonces escapas de la dispersión y del descuartizamiento; san Agustín nos dice que después de su conversión, ha realizado la experiencia tonificante de un tiempo concentrado por Cristo, que pasó de la “distensión” a la “intención”. Cristo recoge el polvo de tus instantes para unificarlos en una historia de salvación. La presencia de Jesucristo en la oración es una ventana abierta a Dios. Cuando abres una ventana, el polvo que flota al azar se orienta y unifica por el rayo de sol. Del mismo modo tu atención y tu intención puestas en Cristo unifican el polvo de los instantes y de los acontecimientos de tu vida.

He aquí que mi vida es una distensión. Y me recibió tu diestra en mi Señor, en el Hijo del Hombre, mediador entre ti -”uno”- y nosotros -muchos-, …me agarro a tu unidad. Olvidado de las cosas pasadas y no distraído en las cosas futuras y transitorias sino extendido en las que están delante de nosotros… como yo camino hacia la palma de la vocación de lo alto… En tanto que me he disipado en los tiempos, cuyo orden ignoro, y mis pensamientos -las entrañas íntimas de mi alma- son despedazados por las tumultuosas variedades, hasta que purificado y derretido en el fuego de tu amor sea derretido en ti.

Encuentras tu unidad el día en que colocas tu centro de gravedad en Dios. Tu existencia logra entonces una estabilidad que echa raíces en la eternidad. Es también Agustín el que dice: “Entonces conseguiré consistencia y solidez en ti”. No existe una receta práctica para unificar tu ser alrededor de la presencia de Dios. No se puede llegar a ella leyendo tres tratados como si se tratase de aprender el inglés en un par de meses.

No puedes pretender vivir en esta presencia de una manera habitual si no consagras largos ratos a estar en su presencia, esperando su visita y su voluntad. Es algo más allá de las ideas, de las palabras y de los sentimientos. Al mismo tiempo, sin que dependa de ti, te penetrará e invadirá esa experiencia del Dios sumamente cercano, y podrás decir con Mounier: “Mi única regla, es el tener continuamente, sin cesar, el sentimiento de la presencia de Dios”. Cuanto más avances en esta noche oscura, más incapaz te sentirás de traducirla en palabras. Más aún, como santa Catalina de Siena, no podrás decir nada de Dios sin que lo niegues inmediatamente y tengas la impresión de haber blasfemado.

Autor: Jean Lafrance | Fuente: Catholic.net

El amor de Dios se plasma en Jesucristo
Es preciso que este conocimiento de la presencia de Cristo eche profundas raíces en ti.
 
16. El amor de Dios se plasma en Jesucristo
16. El amor de Dios se plasma en Jesucristo

Dios no se ha contentado con decirte que te amaba; un día en el tiempo, se ha hecho hombre: un ser como tú, de carne consciente y de sangre.

No necesitas haber hecho estudios superiores para comprender lo que es un hombre. Basta que te sientas vivir, amar y llorar. Un hombre nace, vive y pasa por la tierra, y es Dios: Jesús de Nazaret, hijo de María, hijo de Dios. Si tienes alguna experiencia del Dios tres veces santo, no puedes menos de maravillarte, asombrarte, pasmarte ante este misterio de Jesús.

Es un ser que es enteramente Dios, sin ninguna reserva ni matiz. Es un ser que es enteramente hombre, sin ninguna reserva y sin ninguna merma de su humanidad: “No es tan sólo un hombre que nace en Belén, que trabaja en Nazaret, habla a las multitudes en Palestina, que grita de miedo en Getsemaní, que muere en Jerusalén: es Dios que nace, trabaja, habla, grita y muere” .. Jesús realiza el enlace de Dios con el hombre y del hombre con Dios. Y para ello le basta existir, no necesita hacer más. Es ciertamente el amor de Dios para contigo lo que se plasma en Jesucristo.

Recibe en tu corazón al Verbo encarnado y escudriña sin descanso el misterio de su persona. Pídele a menudo que te sumerja en el corazón de Dios y en el corazón del hombre. Cuando tocas a Jesucristo por la fe, descubres la verdadera dimensión de tu ser de hombre transformado en casa de Dios.

Desde que Cristo ha plantado su tienda en medio de nosotros, algo ha cambiado radicalmente en el corazón del mundo. La humanidad ha entrado en Dios y Dios ha penetrado en la realidad terrestre hasta el corazón del cosmos. En Jesucristo, la presencia de Dios irradia al centro del mundo, pero sobre todo al corazón del hombre. No se puede ya hablar de Dios sin hablar del hombre, ni hablar del hombre sin nombrar a Dios. Por eso ningún hombre nace sin Cristo”, dirá san Jerónimo.

No llegarás a tu plena realización como hombre si no te insertas cada día más profundamente en el misterio del hombre perfecto que es Cristo, y por él en el misterio trinitario. En Jesús, encuentras no solamente al Padre, sino que entras en comunión con todos tus hermanos en sus aspiraciones hacia Dios.

Muy a menudo, contrapones oración y vida, servicio de Dios y servicio a los hombres, contemplación y acción. El día que hayas logrado todas las dimensiones del misterio de Cristo, dejará de haber oposición. Desde que Dios ha encontrado al hombre en Jesucristo, ya no hay nada profano (etimológicamente: pro-fanum = delante del templo, fuera del templo), puesto que Dios ha salido precisamente del Templo, de su “morada celeste”, para vivir en el corazón de su creación. Está ahí presente y vivo en esa masa de lo cotidiano que tú modelas con más o menos éxito. Viviendo en plenitud tu tarea de cada día y tu relación con los demás, te incorporas sin cesar a Cristo y por él al Padre. Ahora debes encontrar a Jesús en tu vida de cada día, en tu trabajo diario, en el amor a tu hermano.

En la oración, arrodíllate en presencia del Padre y con una súplica que no cese nunca, pídele que comprendas que “Cristo habita en tu corazón por la fe” (Ef. 3 ,17). Cree en su presencia en ti, dice la Regla de Taizé, aunque no experimentes ninguna resonancia sensible. Utiliza todos los requisitos de tu persona para elevar esta oración al Padre pues debes ser habitado por el Espíritu de Jesús. Luego, al mismo tiempo, el Espíritu Santo te dará luz y fuerza para comprender “cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento” (Ef 3, 18-19).

Es preciso que este conocimiento de la presencia de Cristo eche profundas raíces en ti. Es el único objeto y el único fin de la oración. Si pasases todo el tiempo de tu oración pidiendo esta gracia, aceptarías los puntos de vista de Dios sobre ti. Sábete que esto que pides así con esta insistencia responde al deseo del Padre. El Padre espera que tengas tus manos abiertas y suplicantes para depositar en ellas a su Hijo.

Autor: Jean Lafrance | Fuente: Catholic.net

Dichoso tú si llegas a contraer la enfermedad de Jesucristo
Cristo ha dejado su rostro en tu corazón hasta el punto de que tu vida no tendría sentido sin Él.
 
22. Dichoso tú si llegas a contraer la enfermedad de Jesucristo
22. Dichoso tú si llegas a contraer la enfermedad de Jesucristo

Dichoso tú si llegas a contraer la enfermedad de Jesucristo, pues ya no podrás volver a sanar pero lograrás la vida verdadera.

Tu fe es seriamente puesta en tela de juicio al contacto de la mayoría de los no creyentes que te rodean. Te dicen que es el producto de una civilización sacral superada o el fruto de una sociedad económica que ha inventado a Dios para adormecer la protesta de los pobres. Y si acudes a consultar a las ciencias humanas, la respuesta es todavía más dolorosa. Descubres que efectivamente tu fe está gravada por muchos determinismos, empezando por un infantilismo y una necesidad de seguridad que no has liquidado todavía, o por miedo, o por un deseo de escapar de tu soledad. Algunos días, te preguntas si no has edificado tu vida sobre un sueño idealista y si no pierdes el tiempo orando y viviendo para los demás. Esta tentación es tanto más punzante por cuanto has puesto todas tus energías vitales en la persona de Jesús y en su Reino.

No rechaces ninguno de estos interrogantes, déjate poner en tela de juicio por los no creyentes y también por las interpretaciones que vienen de tu interior. Es bueno que participes incluso en tu carne de esta angustia de los hombres de cara a su destino. Como Teresa de Lisieux, te sientas en la mesa de los pecadores y atraviesas el largo túnel de la oscuridad. No te hagas el listo con tus conocimientos religiosos y no te creas autorizado a hablar de Dios como si lo hubieses visto, y del cielo como si lo hubieses visitado.

En el fondo, tu fe se purifica de todos sus ídolos y de los falsos dioses que fabricas a lo largo de tu existencia para protegerte del verdadero Dios. Alcanzas ese punto crítico en el que todas las razones para creer se convierten en razones para dudar. Entonces aparece en el corazón de tu noche, esa pequeña chispa que no ha dejado de iluminarte desde hace años. Se da, en lo más profundo de tu ser, una convicción que nunca te ha abandonado, aunque sea frágil y como sostenida por un hilo. Por ella has renunciado a todo, has aceptado el conocer la pobreza y la soledad y has querido que toda tu existencia sea polarizada por ella.

Si profundizas un poco más, descubrirás que un día se te ha desvelado el rostro de Jesucristo, que te ha seducido y no te ha dado descanso hasta que has sacrificado todo por él. Es muy cierto, que no le has visto con los ojos corporales y que su rostro permanece todavía velado, pero ha dejado su rostro en tu corazón, y sólo muchos años después lo reconoces hasta el punto de que tu vida no tendría sentido sin él. Tú también puedes decir como Pablo: “Para mi la vida es Cristo” (Flp 1,21). Sobre la pared de su celda, Teresa de Lisieux había escrito con un alfiler estas palabras: “Jesús es mi único amor”. Y tú sabes muy bien que su encuentro con Cristo no era todos los días claro y luminoso.

Ahí es donde debes buscar la fuente de tu vocación a la oración, pues el misterio de un río, es siempre el misterio de su fuente. Si, hay personas que tienen pasión por la oración, es misterioso, pero es así. Se sienten devorados por esta sed de orar y de encontrar a cualquier precio el rostro de Cristo. No son mejores que los demás, más aún, tienen una mayor conciencia de su pecado pero en el fondo de su miseria y de su pobreza, no pueden apartarse del rostro de gloria y de la persona de Jesucristo. Tienen prisa por pasar horas interminables y dichosas viviendo en la irradiación de esta presencia. Aún durante el sueño, esta ocupación fascinante sube a la superficie de su corazón. Como Carlos de Foucauld, sólo son felices cuando están en coloquio amigable con su muy querido hermano y Señor Jesús.

Dichoso tú si posees una gracia así. Ya no curarás nunca si te ha alcanzado la enfermedad de Jesucristo. Pero sábete que llevas un secreto que debe brillar hasta los confines del universo,

Puedes estar hundido en el corazón del mundo y no tener ningún medio de gritar a tus hermanos que te quema el rostro de Cristo, pero tu fe alcanza los confines de la tierra. No te enorgullezcas de ello, es un don gratuito de Dios. Entonces, de día o de noche, en las angustias del desierto o en las alegrías de la amistad, sólo o entre tus hermanos, atento o distraído, te sentirás atraído por esta misteriosa presencia del rostro de Cristo. El corazón de Jesús no dejará de ejercer sobre ti una irresistible atracción y ya no podrás olvidarte jamás de Jesucristo.

Autor: Jean Lafrance | Fuente: Catholic.net