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Francisco Varo

En la actualidad, los análisis históricos más rigurosos coinciden en afirmar con toda certeza —incluso prescindiendo por completo de la fe y del empleo de las fuentes históricas cristianas para evitar cualquier posible suspicacia— que Jesús de Nazaret existió, vivió en la primera mitad del siglo primero, era judío, habitó la mayor parte de su vida en Galilea, formó un grupo de discípulos que lo siguieron, suscitó fuertes adhesiones y esperanzas por lo que decía y por los hechos admirables que realizaba, estuvo en Judea y Jerusalén al menos una vez, con motivo de la fiesta de la Pascua, fue visto con recelo por parte de algunos miembros del Sanedrín y con prevención por parte de la autoridad romana, por lo que al final fue condenado a la pena capital por el procurador romano de Judea, Poncio Pilato, y murió clavado en una cruz. Una vez muerto, su cuerpo fue depositado en un sepulcro, pero al cabo de unos días el cadáver ya no estaba allí.

El desarrollo contemporáneo de la investigación histórica permite establecer como probados, al menos esos hechos, que no es poco para un personaje de hace veinte siglos. No hay evidencias racionales que avalen con mayor seguridad la existencia de figuras como Homero, Sócrates o Pericles —por sólo citar algunos muy conocidos—, que la que otorgan las pruebas de la existencia de Jesús. E incluso los datos objetivos, críticamente contrastables, que se tienen sobre estos personajes son casi siempre mucho menores.

Pero el caso de Jesús es distinto, y no sólo por la honda huella que ha dejado, sino porque las informaciones que proporcionan las fuentes históricas sobre él delinean una personalidad y apuntan a unos hechos que van más lejos de lo imaginable, y de lo que puede estar dispuesto a aceptar quien piense que no hay nada más allá de lo visible y experimentable. Los datos invitan a pensar que él era el Mesías que habría de venir a regir a su pueblo como un nuevo David, e incluso más: que Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre.

Para acoger de veras esa invitación se requiere contar con un auxilio divino, gratuito, que otorga un resplandor a su inteligencia y la capacita para percibir en toda su hondura la realidad en la que vive. Pero se trata de una luz que no desfigura esa realidad, sino que permite captarla con todos sus matices reales, muchos de los cuales escapan a la mirada ordinaria. Es la luz de la fe.

Bibliografía: J. Gnilka, Jesús de Nazaret, Herder, Barcelona 1993; A. Puig, Jesús. Una biografía, Destino, Barcelona 2005; Francisco Varo, Rabí Jesús de Nazaret, B.A.C., Madrid 2005; Francisco Varo, ¿Sabes leer la Biblia? Planeta, Barcelona 2006.

XIV ¡Señor, sálvame!

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Evangelio de San Mateo, cáp. 14.

22 En seguida, obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud.

23 Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo.

24 La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra.

25 A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar.

26 Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. “Es un fantasma”, dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar.

27 Pero Jesús les dijo: “Tranquilícense, soy yo; no teman”.

28 Entonces Pedro le respondió: “Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua”.

29 “Ven”, le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él.

30 Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: “Señor, sálvame”.

31 En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”.

32 En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó.

33 Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo: “Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios”.

IX El endemoniado

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Evangelio de San Lucas, cáp. 8.

27 Al saltar a tierra, vino de la ciudad a su encuentro un hombre, poseído por los demonios, y que hacía mucho tiempo que no llevaba vestido, ni moraba en una casa, sino en los sepulcros.
28 Al ver a Jesús, cayó ante él, gritando con gran voz: “¿Qué tengo yo contigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? Te suplico que no me atormentes.”
29 Es que él había mandado al espíritu inmundo que saliera de aquel hombre; pues en muchas ocasiones se apoderaba de él; le sujetaban con cadenas y grillos para custodiarle, pero rompiendo las ligaduras era empujado por el demonio al desierto.
30 Jesús le preguntó: “¿Cuál es tu nombre? “El contestó: “Legión”; porque habían entrado en él muchos demonios.
31 Y le suplicaban que no les mandara irse al abismo.
32 Había allí una gran piara de puercos que pacían en el monte; y le suplicaron que les permitiera entrar en ellos; y se lo permitió.
33 Salieron los demonios de aquel hombre y entraron en los puercos; y la piara se arrojó al lago de lo alto del precipicio, y se ahogó.
34 Viendo los porqueros lo que había pasado, huyeron y lo contaron por la ciudad y por las aldeas.
35 Salieron, pues, a ver lo que había ocurrido y, llegando donde Jesús, encontraron al hombre del que habían salido los demonios, sentado, vestido y en su sano juicio, a los pies de Jesús; y se llenaron de temor.
36 Los que lo habían visto, les contaron cómo había sido salvado el endemoniado.
37 Entonces toda la gente del país de los gerasenos le rogaron que se alejara de ellos, porque estaban poseídos de gran temor. El, subiendo a la barca, regresó.
38 El hombre de quien habían salido los demonios, le pedía estar con él; pero le despidió, diciendo:
39 “Vuelve a tu casa y cuenta todo lo que Dios ha hecho contigo.” Y fue por toda la ciudad proclamando todo lo que Jesús había hecho con él.

HIJO DEL HOMBRE;
HIJO DE DIOS
La verdad sobre Jesucristo es un profundo misterio que se nos ha revelado. Ninguna palabra o título por si solo puede abarcar el misterio y por eso las Sagradas Escrituras usan muchos títulos para Jesucristo.

Hijo del Hombre: es el título usado con más frecuencia en el NT para referirse a Jesucristo (82 veces). Todas menos una (Hechos 7, 56) en los Evangelios. Se trata de un título mesiánico que aparece en el Antiguo Testamente en Daniel 7, 2-14. A la luz del Nuevo Testamento comprendemos que este título identifica la trascendencia celestial del Salvador y al mismo tiempo enfatiza su humanidad. Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre. Jesús usó frecuentemente este título para referirse a sí mismo. Los Santos Padres comentan que al Jesús usar este título manifiesta su humildad y también es una referencia a si mismo como el Hombre Nuevo, el Nuevo Adán.

Hijo de Dios: El es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que se hizo hombre para entregar su vida por nuestra salvación. Jesucristo, quien es el verdadero hijo de Dios por naturaleza. Así lo testifica El Padre en el bautismo de Jesús (Cf. Lc 3,22) y lo dice San Pablo (Cf. Hebreos 1,1-2). Este título enfatiza la divinidad de Jesús. Es cierto que todos los bautizados somos hijos de Dios pero solo Jesús es Hijo por naturaleza. Nosotros lo somos por adopción.

http://www.corazones.org/diccionario/hijo_dios.htm