Jesucristo se hace hombre por mi
Lo primero que debe hacer la mujer consagrada para recuperar su capacidad de contemplación y de asombro y así vivir más de cara a lo espiritual que a lo natural, es darse tiempos para la contemplación y la oración
 
Jesucristo se hace hombre por mi
Jesucristo se hace hombre por mi

El plan de Dios para la humanidad. La “terrible novedad” de la Encarnación.
La vida religiosa no está exenta de sufrir las mismas enfermedades que el mundo. Si bien los consagrados debemos ser personas que nos encontramos en el mundo, pero que no somos del mundo, siguiendo el lenguaje joánico, – “no te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.” (Jn. 17, 15 – 16)-, somos muchas veces también receptáculo propicio para el cultivo de ciertos males o vicios del mundo, aunque en magnitud distinta.

Uno de los males del mundo es haber perdido la capacidad del asombro. La técnica y el mundo urbano han tenido que ver con esta capacidad perdida. Antes, cuando el hombre vivía pendiente de la naturaleza, cuando sabía que su ruina o su bienestar dependían de la sequía o de una buena estación de lluvia, el hombre estaba siempre escrutando el horizonte para presagiar el futuro a través de los signos que lograba leer en la misma naturaleza. Un amanecer rojo podría significar la inminente llegada de una tormenta. Un atardecer arrebolado y lleno de nubes podrían presagiar un mañana tranquila idónea para depositar las semillas de la próxima cosecha. Hay cultura incluso, como la china, que aún hoy en día rigen la agricultura por las fases lunares. Este contacto con la naturaleza y la continua capacidad de observación permitían al hombre asombrarse de todo cuanto lo rodeaba. El hombre era por tanto un poeta por naturaleza y por la misma naturaleza que lo rodeaba. Su capacidad de observación le permitía tener una gran capacidad de asombro. Y dicha capacidad la reflejaba no sólo en los fenómenos físicos, sino en la cotidianidad de la vida. Se asombraba por el nacimiento de un niño, por los días de fiesta, por los días de luto, por los acontecimientos más sencillos que regían la vida diaria.

Junto con esta forma de vida muy unida a la naturaleza, jugaba a favor del asombro una vida menos tecnificada o, por decirlo en términos más adecuados, una vida “tecnificada” de acuerdo a la naturaleza humana. Era la naturaleza la que imponía el ritmo a la técnica y no viceversa, como sucede ahora. Las novedades técnicas, siempre buenas porque favorecen el desarrollo del hombre y su dominio sobre la naturaleza, tenían el suficiente tiempo para que el hombre pudiera asimilarlas a la vida diaria y así las hacía parte de la cultura, las integraba a su escala de valores. Basta pensar que, según algunos sociólogos, el tiempo que se daba entra cada invención que suponía un cambio cultural y que a su vez debía ser asimilada por cada cultura, en tiempos de los egipcios y los chinos era de 250 años. Para la llegada de la Revolución industrial este tiempo se había reducido en 25 años y ahora, en la así llamada época post-moderna o digital, el tiempo de asimilación de las novedades técnicas que influyen en el comportamiento y en la cultura humana, a veces no supera ni siquiera los 25… segundos.

Como consecuencia podemos concluir lógicamente que el hombre de nuestro tiempo ha perdido la capacidad de observar y la capacidad de asombrarse. El mundo va tan deprisa que no hay tiempo para pensar, para reflexionar, para observar. Es un desgaste terrible que ocasiona la pérdida de la observación y del asombro. Ya nada es capaz de generar una ilusión, un deseo, una incógnita en el mundo. Todo parece ya alcanzado, ya descifrado que no hay espacio para la sorpresa, lo inédito, lo trascendente. “Hay numerosos signos preocupantes que, al principio del tercer milenio, perturban el horizonte del Continente europeo que, « aun teniendo cuantiosos signos de fe y testimonio, y en un clima de convivencia indudablemente más libre y más unida, siente todo el desgaste que la historia, antigua y reciente, ha producido en las fibras más profundas de sus pueblos, engendrando a menudo desilusión ».” 1

Y si este es el panorama del mundo, no menos cierto puede ser el que un panorama semejante se refleje en las comunidades religiosas femeninas. Las causas de dicha desilusión que genera falta de asombro pueden, a mi modo de ver, sintetizarse en haber dedicado mucho de las energías al trabajo apostólico, bueno en cuanto tal, y haber descuidado la vida espiritual, principalmente la vida de oración. Es cierto que en este aspecto ha jugado un papel muy importante la falta de vocaciones y que frente a la ineludible opción de cerrar obras de apostolado o mantenerlas abiertas por el bien que se puede seguir haciendo, se ha optado por mantenerlas abiertas, pero a un precio demasiado caro como el desgaste de muchas religiosas. Un desgaste no tanto físico cuanto espiritual. No es raro encontrarme con congregaciones y comunidades religiosas que han desterrado la oración de la vida comunitaria, reduciéndose al mínimo, como el rezo de las horas litúrgicas. Y a veces ni eso… Pero no se hable ya de tiempos dedicados a la reflexión, la meditación personal, la contemplación.

No menos importante ha sido el descuido que en muchas comunidades se ha dado del silencio. Silencio interno y silencio externo. Cada comunidad y cada congregación conocen su historia propia al respecto. Anteriormente, había momentos de silencio específico en cada comunidad. Momentos de silencio que no se consagraban únicamente para favorecer la oración comunitaria o personal, sino momentos que se daban a lo largo del día con el fin de favorecer la unión del alma con Dios. No era un silencio estéril como los promotores de su abolición así lo han considerado. Eran momentos muy buenos desde el punto de vista espiritual y humano. Espiritual porque el alma se encontraba consigo misma, con Dios y podía conocerse a sí misma, factor importantísimo para el progreso espiritual de cada alma. Y podía también mediante ese silencio tranquilizarse a nivel humano, ver hacia el futuro, programarse. Hoy en día vivimos quizás en el mundo consagrado la herejía de actuar, en dónde más cuenta lo que se hace que lo que se es. El alma podía de esa manera asombrase del paso de Dios en su vida y del paso de sí misma por este mundo.

Unido a la falta del silencio y casi como consecuencia directa se da el descuido de la oración personal. Este tiempo que debe dedicarse a hablar personalmente con Dios. El mismo magisterio de la Iglesia ha constatado esta falla cuando escribe: “La autoridad está llamada a garantizar a su comunidad el tiempo y la calidad de la oración, velando sobre la fidelidad cotidiana a la misma, consciente de que se avanza hacia Dios con el paso, sencillo y constante, de cada día y de cada miembro, y sabiendo que las personas consagradas pueden ser útiles a los demás en la medida en que están unidas a Dios.” 2

Puede muchas veces aducirse la falta de tiempo para guardar el silencio o dedicarse a la oración personal la gran carga de trabajo. Sin embargo es triste constatar que en muchas comunidades que reclaman esta falta de tiempo, dedican una buena cantidad del mismo a la televisión o a otros medios de comunicación, con el pretexto casi siempre de tener un tiempo legítimo de descanso.

A la persona consagrada que le falta el tiempo para orar y para estar en silencio consigo misma y con Dios, le será muy difícil asombrarse de las realidades que circundan su vida, especialmente las realidades sobrenaturales. No es un aspecto el mucho trabajo que deben realizar las religiosas. Vivimos tiempos difíciles y debemos afrontar la realidad como es. Hay religiosas admirables que deberían estar ya en la casa de reposo y que dedican con abnegado celo sus ya menguadas fuerzas al trabajo encomendado, por la falta de personal. El problema no es por tanto el mucho trabajo, sino el poco tiempo que se dedica a la oración, a la reflexión personal, al silencio con Dios y consigo mismo. Muchas veces criticamos a los jóvenes de hoy en día porque desde que se levantan hasta que se acuestan lo hacen siempre conectado a un aparato de música como el i-pod. Las personas consagradas si bien no se alzan en la mañana y se conectan al i-pod, apenas pasados los actos de piedad de la mañana como el rezo del laudes y la santa misa, se desconectan de Dios y se conectan al trabajo. La capacidad de observación y la capacidad de maravillarse de las cosas más sencillas, se ha perdido paulatinamente.

Consecuencias naturales y espirituales de la pérdida del asombro.
Esta pérdida de la capacidad de contemplación y de asombro tiene desgraciadamente consecuencias funestas en la vida consagrada. Es como un virus que lentamente se apodera de las almas consagradas, anestesiando en ellas la vida espiritual.

Durante el período del postconcilio, debido a una mala recepción e interpretación del Concilio ,3 las personas consagradas se han ido alejando cada vez más de lo que debería haber sido el centro de su consagración, es decir, una identificación más plena, más consciente y más gozosa con la persona de Jesucristo. Así lo sugirió Juan Pablo II en la exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata: “En efecto, mediante la profesión de los consejos evangélicos la persona consagrada no sólo hace de Cristo el centro de la propia vida, sino que se preocupa de reproducir en sí mismo, en cuanto es posible, «aquella forma de vida que escogió el Hijo de Dios al venir al mundo».” 4

Esta identificación cada día más plena y más cercana con la persona de Cristo, obliga en cierta manera a las personas consagradas a tener una profunda, vigorosa y fuerte vida espiritual. De esta forma, la persona consagrada aprovecha aquellos medios que Cristo le propone, a través de la propia congregación con el fin de que su vida vaya quedando informada y plasmada de los mismos sentimientos de Cristo, como sugería San Pablo: “Yo estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí.” (Gal 2, 19 – 20).

La vida espiritual es la que permite a la mujer consagrada el ir configurando su vida cada día más con la vida y con la persona de Cristo. Hay que recordar que la vida espiritual no es algo alejado del común de los mortales, ni reservado a los santos, ni tampoco reducido a los fenómenos místicos. La vida espiritual es la vida del espíritu. “Dios, fuente de vida, comunica en la creación (por la naturaleza) diversos niveles de vida, vegetativa, animal y humana. La vida humana integra las otras, y lo hace en una síntesis cualitativamente superior, caracterizada por la razón y el querer libre de la voluntad. Lo humano perfecciona lo animal y vegetativo, no lo destruye. Dios, fuente de vida, comunica en la redención (por gracia) al hombre una nueva participación en la vida divina, caracterizada por un nuevo conocimiento, la fe, y una nueva capacidad de amar, la caridad. Y esta vida ha de integrar los otros niveles de vida, perfeccionándolos, elevándolos, sin destruirlos.” 5

Esta nueva vida es la vida espiritual que debe animar toda la vida de la persona humana. Las personas consagradas son llamadas por vocación a un cultivo más asiduo de esta vida espiritual, no como un lujo o una vanidad, sino como una necesidad, para poder responder con más plenitud a la llamada de Dios a configurar su vida con la vida de Cristo. La vida espiritual no es más que la vida de Cristo en cada una de las almas. La importancia de la vida espiritual para la vida consagrada la va inculcando el Concilio Vaticano II desde el decreto Perfectae caritatis6 hasta el último documento del magisterio de la Iglesia para la vida consagrada El servicio de la autoridad y la obediencia7 .

La mujer consagrada, al perder la capacidad de contemplación y asombro, pierde el centro de la vida espiritual, es decir, del encuentro con una persona, con Cristo, como dice Benedicto XVI. “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.” 8Si la mujer consagrada no se asombra todos los días de vivir el encuentro personal con Cristo, de la capacidad que tiene de vivir según la gracia y no sólo según la naturaleza humana, pierde la posibilidad de comprender y de vivir lo que significan tantas realidades y tantos misterios espirituales que son el centro de la vida espiritual. Los días se consumen en una rutina enajenante, en un subseguirse de actividades inconexas que asfixian el alma. No es extraño entonces asistir al triste espectáculo de almas consagradas e incluso comunidades que habiendo perdido el vigor y la frescura de su vida espiritual, se debaten en los tres grandes males de la vida consagrada que mencionaba Benedicto XVI: “La consecuencia es que, juntamente con un indudable impulso generoso, capaz de testimonio y de entrega total, la vida consagrada experimenta hoy la insidia de la mediocridad, del aburguesamiento y de la mentalidad consumista.” 9La vida se vive ya sin ilusión, sin ánimo, sin ese santo afán por llevar más almas a Cristo. Se vive sólo en el plano natural, habiendo perdido la capacidad de vivir y de saborear lo sobrenatural.

La incapacidad no sólo de comprender, sino de vivir de acuerdo a los misterios y a las realidades sobrenaturales se traduce en la vida de las personas consagradas y en las comunidades en una vida que se vive sólo según las realidades naturales. Personas de gobierno con dotes naturales extraordinarios como pueden ser el de la inteligencia, la prudencia, las buenas formas. Religiosas que viven su apostolado con una gran capacidad de abnegación, volcadas en el trabajo sin pensar en ellas mismas, incluso con el riesgo de perder la salud. Ejemplos buenos y laudables, sí. Pero que se mueven siempre en el plano natural, dejando el plano sobrenatural a la devoción particular, a los momentos de oración comunitario, a los ejercicios espirituales anuales y a poco más de momentos de oración personal. Se ha perdido la capacidad de vivir de acuerdo a la vida espiritual y de gustar y regirse por los misterios sobrenaturales.

La “terrible” novedad de la Encarnación.
Uno de eso misterios, en el cual se cree y se celebra, pero que posiblemente no influye en la vida diaria de las mujeres consagradas es el misterio de la Encarnación. Por haber perdido la capacidad de observación y de asombro, las religiosas pueden perder de vista no sólo la trascendencia de este misterio, sino la posibilidad de hacer girar la propia vida, toda la vida –sobrenatural y natural-, en torno a dicho acontecimiento. Se piensa, cuando mucho al misterio de la Encarnación como una fiesta piadosa, pero con poca o nula incidencia en la vida diaria.

El primer síntoma de que el virus ya ha infectado a la persona consagrada o a la comunidad es perder la capacidad de contemplar el misterio aplicado a la vida de cada persona. Se piensa al misterio como algo anecdótico, histórico, como materia apta para ser estudiada por los teólogos, enseñada en el catecismo y celebrado con una misa solemne en comunidad. Pero pensar al hecho de que el misterio pueda transformarme la vida, pueda invitarme a vivir una vida consagrada más de acuerdo al propio carisma, a las necesidades urgentes de la comunidad, a lo que me pide en esos momentos el Espíritu, es algo que rebasa los límites de la persona. Se vive demasiado en una dimensión horizontal y se ha perdido la línea vertical, se ha perdido la capacidad de vivir humanamente el modo de vida sobrenatural.

Y uno de estos misterios, quizás el misterio central de nuestra vida cristiana es la Encarnación, el misterio de todo un Dios que se hace hombre por mí. La primera manifestación del virus es estar demasiado acostumbrado al misterio, por haber perdido la capacidad de contemplación y la del asombro. Dicho evento ha perdido significado para la persona, porque quizás la persona vive demasiado ensimismada en sus problemas, en su quehacer apostólico. Una situación muy frecuente en la vida consagrada en Occidente, en dónde por los factores que ya hemos mencionado como el envejecimiento de la congregación, la falta de vocaciones, la imposibilidad de continuar algunas obras de apostolado y la reestructuración de la congregación han originado un volver constantemente sobre sí mismos, fijando el horizonte en el plano humano, habiendo perdido aquel horizonte espiritual que es el respiro del alma.

Lo primero que debe hacer la mujer consagrada para recuperar su capacidad de contemplación y de asombro y así vivir más de cara a lo espiritual que a lo natural, es darse tiempos para la contemplación y la oración. Contemplación que no es una parte de la oración reservada a almas predilectas de Dios, sino contemplación desde el punto de vista humano y sobrenatural. Saber organizar la jornada con tiempos de silencio que permitan al alma recogerse en sí misma para pensar en las maravillas de Dios. Un momento de silencio antes de la comida, un momento de descanso personal paseando por el jardín de la comunidad u observando simplemente las flores en el corredor de la casa. Recuperar el silencio para recuperar la contemplación y la capacidad de asombro. Alguien ha dicho que se es joven mientras se tiene la capacidad de observar la belleza.

Recuperada la capacidad de la contemplación y del asombro, podemos de puntillas acercarnos a este misterio que no se circunscribe al periodo natalicio. Es central para nuestra fe. Consideremos por un momento la vida del hombre sin el misterio de la Encarnación. ¿Qué sería de este hombre?

Recuperada la capacidad de contemplación y de asombro, bien podemos aventurarnos a hacer ciertas hipótesis o ciertas preguntas que nos permitirán sorprendernos de la maravilla de la Encarnación. Quizás una de las fallas de la pastoral del periodo del postconcilio ha sido la de no haber adaptado adecuadamente los misterios y las realidades eternas al lenguaje y a la cultura de nuestra época. Se habló tanto de diálogo que quizás se terminó por vaciar de su sentido sobrenatural el mismo misterio . 10Por ello, bien vale la pena dejar correr la imaginación, siempre con el propósito no de hacer disquisiciones mentales o lanzar formulaciones teológicas hipotéticas, sino, siguiendo a Furioli 11, con el propósito de vivir realmente el misterio como parte de una oración viva, es decir, como parte de un coloquio con Cristo, con Dios. De esta forma podremos seguir abriéndonos a la dimensión de contemplación y de asombro.

Otra consideración que debemos tomar en cuenta antes de seguir con nuestra exposición, es la de ponernos en primera persona frente a estas consideraciones de la vida sobrenatural, frente al misterio. Como occidentales, corremos el riesgo de racionalizarlo todo , de querer pasar todo por la cerniera del intelecto. El cogito ergo sum de Descarte parece que también se ha filtrado en nuestra vida espiritual y tal parece, todo lo que no logro comprender, o no es real o merece de parte nuestra un poco de sospecha. Es cierto, no se debe caer en el opuesto y reducir los misterios de la fe a un mero sentimiento, algo sensible que me hace sentir bien, como se da actualmente en el super-mercado de las religiones “fai-da-te” (hazlas por ti mismo) de tipo New Age. En este sentido cuánto debemos aprender de nuestros hermanos Oriente Medio que no han perdido la capacidad de contemplar y asombrarse frente al misterio, sin tanta cavilación ni queriéndolo comprender todo. Ellos viven el misterio y eso les basta.

Habiendo puesto como tres premisas el retomar la capacidad de contemplación y de asombro, el formularnos preguntas para mejor vivir el misterio y el ponernos a nosotros como sujeto de nuestras consideraciones, podemos por fin sumergirnos en la consideración del misterio de la Encarnación. Nuestra pregunta inicial, ¿qué sería del hombre sin el misterio de la Encarnación?, puede ayudarnos a considerar nuestra vida sin este misterio . 12

Sin el misterio de la Encarnación seríamos todavía presa del pecado original. No hay que olvidar que el misterio de la Encarnación o es solamente la celebración del momento en que el Verbo por iniciativa del padre toma carne en el seno de la Virgen maría. Es sobretodo el inicio de nuestra salvación. No en vano en el pasado, muchos pueblos se regían precisamente por este evento, teniendo el día 25 de marzo, día de la Anunciación, como el primer día del año. Muestras de ello se encuentran en diversos monumentos y catedrales, como la torre de Pisa y en la catedral de Florencia. Comienza ahí la historia de nuestra redención. No de la redención en general, sino de mi redención. Si Cristo no se hubiera engendrado, mi alma seguiría presa aún del pecado original. Hay que distinguir entre las consecuencias del pecado original y las huellas que dicho pecado original ha dejado en nuestras almas.

Por el pecado original el balance con el que Dios había creado al hombre se rompe. El equilibrio establecido por Dios para el hombre en forma tal que éste fuera siempre una criatura dotada de los dones preternaturales, es decir el don de la integridad con los privilegios de la ciencia infusa, del dominio de las pasiones y de la inmortalidad corpórea, se había roto y perdido. Se introduce por tanto en el hombre la pérdida del don de la integridad, ocasionando una grande herida en nuestras facultades. El hombre pierde la capacidad de conocer la verdad, se deja guiar por sus pasiones y es sujeto del dolor y de la muerte.

El misterio de la Encarnación, y aquí debe comenzar nuestra capacidad de contemplación y asombro, introduce el equilibrio. Si bien el hombre no vuelve a adquirir el don de la integridad con sus privilegios de la ciencia infusa, del dominio de las pasiones y de la inmortalidad corpórea, puede sin embargo alcanzar progresivamente este don. Tenemos ahora la fuerza, que se llaman gracias, para poder conocer la verdad y guiarnos por ella, fortalecer nuestra voluntad para seguir dicha verdad con determinación y la capacidad, mediante el ejercicio de las virtudes, de someter nuestras pasiones.

Se ha vuelto sino al estado originario del hombre, a un estado que algunos teólogos consideran aún superior, ya que nos permitió tener un tal Redentor, capaz de pagar por el daño hecho y rescatarnos, con creces, del castigo justamente merecido. “En efecto, si por la falta de uno solo reinó la muerte, con mucha más razón, vivirán y reinarán por medio de un solo hombre, Jesucristo, aquellos que han recibido abundantemente la gracia y el don de la justicia. Por consiguiente, así como la falta de uno solo causó la condenación de todos, también el acto de justicia de uno solo producirá para todos los hombres la justificación que conduce a la Vida. Y de la misma manera que por la desobediencia de un solo hombre, todos se convirtieron en pecadores, también por la obediencia de uno solo, todos se convertirán en justos. Es verdad que la Ley entró para que se multiplicaran las transgresiones, pero donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Porque así como el pecado reinó produciendo la muerte, también la gracia reinará por medio de la justicia para la Vida eterna, por Jesucristo, nuestro Señor.” (Rom, 5, 17 – 21).

El misterio de la Encarnación nos permite, entre otras cosas, alcanzar el Cielo que Cristo repetidamente nos ha prometido. “En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes.” (Jn 14, 2 – 3). Podemos también merecer ese Cielo a través de nuestras obras. Cada acto que nosotros realizamos en estado de gracia, es meritorio frente a los ojos de Dios. No se pierde nada.

Podemos decir, como resumen de la Encarnación, que yo puedo ser divinizado, es decir, que yo puede ser como Dios, porque puedo vivir su misma obra. “Jesús les respondió: «¿No está escrito en la Ley: “Yo dije: Ustedes son dioses”? Si la Ley llama dioses a los que Dios dirigió su Palabra –y la Escritura no puede ser anulada– ¿Cómo dicen: “Tú blasfemas”, a quien el Padre santificó y envió al mundo, porque dijo: “Yo soy Hijo de Dios”? Si no hago las obras de mi Padre, no me crean; pero si las hago, crean en las obras, aunque no me crean a mí. Así reconocerán y sabrán que el Padre está en mí y yo en el Padre».” (Jn 10, 34 – 38). Yo puedo vivir la misma vida de dios, gracias a que Dios mismo se ha hecho hombre como yo. Aquí radica la esencia del misterio de la Encarnación. Todas las consideraciones teológicas pueden llegar a ser estériles si yo no me convenzo y vivo la realidad del misterio de la Encarnación. Dios que toma carne humana en la persona de Cristo para que yo, sí, precisamente yo, pueda alcanzar la misma vida de Dios. Y esto no es en un sentido escatológico. Podemos comenzar a vivir la misma vida de Dios desde ahora. Desde el momento en que somos conscientes de la gracia que hemos recibido por el misterio de la Encarnación, nuestra vida cobra un nuevo sentido, su verdadero sentido, es decir, el llegar a ser como Dios.

No en vano dice la escritura que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. “Dios dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza; y que le estén sometidos los peces del mar y las aves del cielo, el ganado, las fieras de la tierra, y todos los animales que se arrastran por el suelo». Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer.” (Gn 1, 26 – 27). La imagen de Dios permanece a lo largo de la vida del hombre, desde que inicia su vida en el momento de la concepción. El hombre, gracias a la Encarnación se hace semejante a Dios. Después del pecado de Adán, el hombre había perdido la capacidad de hacerse semejante a Dios. La imagen permanecía, pero el proceso evolutivo del crecimiento sobrenatural se había detenido por causa del pecado.
Ahora yo, con la ayuda de la gracia que me es dada por la Encarnación, tengo la capacidad de hacerme cada día más semejante a Dios. Mi libertad, que me permite realizar actos humanos, es decir, con conciencia de saber lo que estoy haciendo, unida a la gracia de Dios, va modelando en mí un hombre o una mujer nueva, el hombre o la mujer sobrenatural, esto es, el hombre o la mujer deiforme, con la forma de Dios. Mis actos no son ya actos simplemente humanos, sino que me elevan a Dios y me hacen como Dios.

Par terminar con este pequeño inciso, habría que preguntarnos el motivo de la Encarnación, es decir, que fue lo que motivó a Dios a encarnarse en un hombre, semejante en todo a nosotros menos en el pecado. El hombre había pecado, siendo por tanto el castigo lógica consecuencia de la desobediencia. Dios había seguido toda justicia y no habría nada que “recriminarle”. Pero Dios va más allá de toda justicia. Y viendo como se perdía el hombre, siente compasión por él y así decide encarnarse. La culpa del hombre lo había desviado de su fin originario: “En efecto, habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron ni le dieron gracias como corresponde. Por el contrario, se extraviaron en vanos razonamientos y su mente insensata quedó en la oscuridad. Haciendo alarde de sabios se convirtieron en necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por imágenes que representan a hombres corruptibles, aves, cuadrúpedos y reptiles. Por eso, dejándolos abandonados a los deseos de su corazón, Dios los entregó a una impureza que deshonraba sus propios cuerpos, ya que han sustituido la verdad de Dios por la mentira, adorando y sirviendo a las criaturas en lugar del Creador, que es bendito eternamente. Amén. Por eso, Dios los entregó también a pasiones vergonzosas: sus mujeres cambiaron las relaciones naturales por otras contrarias a la naturaleza. Del mismo modo, los hombres dejando la relación natural con la mujer, ardieron en deseos los unos por los otros, teniendo relaciones deshonestas entre ellos y recibiendo en sí mismos la retribución merecida por su extravío. Y como no se preocuparon por reconocer a Dios, él los entregó a su mente depravada para que hicieran lo que no se debe. Están llenos de toda clase de injusticia, iniquidad, ambición y maldad; colmados de envidia, crímenes, peleas, engaños, depravación, difamaciones. Son detractores, enemigos de Dios, insolentes, arrogantes, vanidosos, hábiles para el mal, rebeldes con sus padres, insensatos, desleales, insensibles, despiadados. Y a pesar de que conocen el decreto de Dios, que declara dignos de muerte a los que hacen estas cosas, no sólo las practican, sino que también aprueban a los que las hacen.” (Rom 1, 21 – 32)

Por ello, frente a este triste espectáculo, que muy bien puede ser nuestro propio espectáculo, Dios se compadece y envía a su Hijo. Es por tanto el amor el motivo de la Encarnación. Dios que siente tristeza al ver la criatura salida de su espíritu divino desviada en tan grave forma. Es Dios quien quiere volver a tener junto a sí la criatura a la que dió la vida. Es el amor la única respuesta al porqué de la Encarnación, revelándonos una de las grandes cualidades de Dios. “Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4, 16). “ (Os 11, 8-9). El amor apasionado de Dios por su pueblo, por el hombre, es a la vez un amor que perdona. Un amor tan grande que pone a Dios contra sí mismo, su amor contra su justicia. El cristiano ve perfilarse ya en esto, veladamente, el misterio de la Cruz: Dios ama tanto al hombre que, haciéndose hombre él mismo, lo acompaña incluso en la muerte y, de este modo, reconcilia la justicia y el amor.” 13

El misterio de la Encarnación toma carne en mí.
No basta por tanto hacer las consideraciones teológicas sobre el misterio de la Encarnación para que dicho misterio se haga presente en mí. Es necesario pasar de la mente al corazón, al actuar de cada día y esto sólo puede hacerse en la oración, que es una forma para estar siempre abiertos a la contemplación y al asombro. La oración da una visión siempre nueva y exacta sobre los acontecimientos de la propia vida, permite actuar la fe, dado que la fe trasciende la debilidad personal y permite contemplar la bondad de dos, así como vivir en la humildad, siendo ésta nos permite reconocer nuestra nada y saber esperar, dado que la hora de Dios siempre llega a nuestro corazón. Por ello, conviene que todas las consideraciones que digamos sobre la Encarnación pasen de nuestra mente a nuestro corazón, pasen de nuestro entendimiento a un convencimiento. Alguien ha dicho que hay más distancia entre la mente y el corazón que entre la Tierra y la Luna. Y es cierto… No basta creer para poner en práctica la fe. “Cuando Jesús terminó de hablar, una mujer levantó la voz en medio de la multitud y le dijo: «¡Feliz el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron!». Jesús le respondió: «Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican»”. (Lc 11, 27 – 28).

El hecho de que todo un Dios se haya hecho hombre, el misterio de la Encarnación, debe a su vez encarnarse en mí. Si este misterio, como otros muchos, permanece ajeno a mi vida, no incide en mi vivir cotidiano, podemos afirmar que soy una persona que no ha hecho la experiencia del amor de Dios. Hemos dicho que Dios se ha encarnado por amor mío. Habría bastado una sola alma para que el misterio de la Encarnación hubiera tenido lugar. Y esa alma es la mía. A veces las personas consagradas tendemos a pensar en los pecadores, en la situación del mundo, cuando llegan a nuestros oídos las palabras “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.” (Jn 1, 14), tendemos a pensar siempre en los demás. Habría que añadir, como sugiera San Ignacio, las palabras por mí, para llegar a comprender y vivir personalmente el misterio de la Encarnación. El Verbo de Dios se hizo carne por mí, por mi amor… Y vino a habitar entre nosotros, por mí, por amor mío. Basta repetir siempre las palabras del apóstol san Pablo para suscitar en nosotros los afectos del alma que nos hacen experimentar personalmente el misterio de la Encarnación. “y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí.” (Gal 2, 20)

Cuando la persona consagrada pone delante de sus ojos la situación de su alma, cuando aplica a sí mismo el pasaje ya antes descrito de Rom 1, 21 – 32, esta en la situación ideal para comenzar a vivir en primera persona el misterio de la Encarnación. Dios viene a salvarte del pecado, de tus miserias, de tus flaquezas. Es cierto, debe contar contigo. La gracia sin la libertad y las disposiciones adecuadas de la persona puede obrar maravillas, pero el camino que ordinariamente sigue es contando con la cooperación libre del hombre. La gracia supone la naturaleza y las gracias que se nos han dado con el misterio de la Encarnación, especialmente la gracia de poder compartir la vida divina, la vida de Cristo, supone en mí la libertad. Gracia y libertad no se oponen, sino que se complementan mutuamente.

Con el misterio de la Encarnación Dios permite que las almas se santifiquen, es decir, que puedan vivir su misma vida divina y producir actos divinos. Este misterio yo lo debo aplicar a mi propia vida. He sido creada como una persona a imagen y semejanza de Dios y cada una de mis obras, de mis pensamientos, me alejan o me acercan más a Dios. Mi vida y mi actuar no son indiferentes para que yo pueda encarnar la vida divina, la vida de Dios en mí.

Y es así como descubrimos que el misterio de la Encarnación, Dios hecho hombre, se encarna en mí. No es un acto que pertenece al pasado. Se hace presente en la medida en que la persona se esfuerza por vivir la misma vida de Cristo, por hacerlo presente en su vida, por vivir sus misma virtudes, hasta poder llegar a decir con san Pablo: “y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios” (Gal 2, 20)

Y aquí se nos descubre la realidad más asombrosa, para quien todavía tiene la capacidad de asombrarse. Las personas consagradas, por el hecho mismo de su consagración, han querido responder a la llamada de Cristo para seguirlo más de cerca y así continuar su vida de pobreza, castidad y obediencia que Él quiso compartir con sus díscípulos. “El fundamento evangélico de la vida consagrada se debe buscar en la especial relación que Jesús, en su vida terrena, estableció con algunos de sus discípulos, invitándoles no sólo a acoger el Reino de Dios en la propia vida, sino a poner la propia existencia al servicio de esta causa, dejando todo e imitando de cerca su forma de vida.”14 La aceptación y la vivencia del misterio de la Encarnación cobra aún más fuerza para una persona consagrada, si podemos utilizar este lenguaje, en la medida en que incorpora a su propia vida, la misma vida de Cristo.

No se trata por tanto de una consideración hipotética, sino de un hecho real. La persona consagrada al recibir la invitación de Cristo a seguirlo más de cerca, “Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. El se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué quieren?». Ellos le respondieron: «Rabbí –que traducido significa Maestro– ¿dónde vives?». «Vengan y lo verán», les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde.” (Jun 1, 37 – 39), deciden seguir la misma vida de Cristo. No se trata tan sólo de seguir sus ejemplos, de imitar sus acciones o sus virtudes. Se trata de incorporar en la misma vida de la persona consagrada, la misma vida de Cristo. Varios teólogos han tratado de utilizar algunas figuras para dar a entender esta realidad. Traigamos ahora colación la bella figura de Adolf Tanquerey 15 en la que utiliza la imagen de la cera y el sella. Dice Tanquerey que la vida de Dios es como el sello puesto en un poco de cera caliente. El sello desaparece, pero su huella queda para siempre garbada en la cera, que ha tomado la forma del sello.

Es verdad que tendremos que hacer las debidas distinciones entre gracia habitual y gracia actual para mejor comprender este misterio de la Encarnación en el alma de las personas consagradas. Por la gracia habitual Dios da a todos los hombres la posibilidad de hacernos semejantes a Dios y de unirnos estrechamente a Él. “Es autem haec deificatio, Deo quaedam, quoad fieri potest, assimilatio unioque.” 16

Esta también la gracia actual que es una ayuda sobrenatural y transitoria que Dios da para iluminar la inteligencia y fortificar la voluta en la producción de actos sobrenaturales. Es quizás este tipo de gracia la que la persona consagrada recibe, como ayuda de Dios, para poder imitar y seguir más de cerca de Cristo. Bien sabemos por la experiencia personal, que la fragilidad del hombre, sus muchas miserias y torpezas le impiden ver con claridad y seguir con fuerza la vida de Cristo. Es necesario recurrir por tanto a la ayuda de Dios para ver con claridad y seguir con determinación el ejemplo de la vida de Cristo Y no sólo, sino permitir que si vida, la vida divina, se haga cada día una realidad más fuerte en nuestra vida.

Por eso quizás podemos decir que la consagración es una gracia actual que Dios da para que puedan cumplir no sólo con sus deberes propios del estado de vida consagrada, sino para que puedan vivir la misma vida divina con el especial estilo de vida al que Cristo los ha invitado, esto es, para vivir la misma pobreza, castidad y obediencia que Cristo vivió y compartió con sus discípulos. “En efecto, mediante la profesión de los consejos evangélicos la persona consagrada no sólo hace de Cristo el centro de la propia vida, sino que se preocupa de reproducir en sí mismo, en cuanto es posible, « aquella forma de vida que escogió el Hijo de Dios al venir al mundo ».Abrazando la virginidad, hace suyo el amor virginal de Cristo y lo confiesa al mundo como Hijo unigénito, uno con el Padre (cf. Jn 10, 30; 14, 11); imitando su pobreza, lo confiesa como Hijo que todo lo recibe del Padre y todo lo devuelve en el amor (cf. Jn 17, 7.10); adhiriéndose, con el sacrificio de la propia libertad, al misterio de la obediencia filial, lo confiesa infinitamente amado y amante, como Aquel que se complace sólo en la voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34), al que está perfectamente unido y del que depende en todo.” 17 De esta forma el misterio de la Encarnación toma carne en cada persona consagrada.

La respuesta al regalo de la Encarnación. Mi vida centrada en el carisma, por amor.
La respuesta del amor al Amor, la respuesta al don de la Encarnación es en primer lugar hacer la experiencia de este amor. No se trata, como hemos dicho, de tener un conocimiento intelectual del amor de Dios que se hacer carne por mí en la persona de Jesucristo. Se trata más bien de experimentar en mí mismo ese amor de Dios que por mí y sólo por mí, se hace carne en la persona de Jesucristo. Se trata por tanto de hacer la experiencia del amor de Dios, es decir la experiencia de la gracia, ya que el amor de Dios por mí manifestado en la encarnación de la persona de Cristo es una gracia.

A este respecto muchos teólogos, a partir del Concilio de Trento, han visto con mucho recelo la posibilidad de hacer esta experiencia de la gracia de Dios. “Es claro que no podemos tener una experiencia y un conocimiento directo de Dios que elimine la oscuridad y la problematicidad de la fe. Querer conocer a Dios como conocemos las cosas o personas del mundo que nos rodea significaría reducirlo a una realidad intramundana. Pero de ahí no tiene que seguirse que debamos desterrar toda experiencia de lo sobrenatural del campo de nuestra conciencia; nuestro modo de entendernos y experimentarnos ha de reflejar lo que somos. En otro orden de cosas, el discernimiento de espíritus, en el que tanto han insistido los maestros espirituales y de tanta tradición en la Iglesia, no tendría sentido si no se partiera del presupuesto de la posibilidad de una cierta experiencia e Dios en nosotros.” 18 Sin embargo la dificultad de constatar esta experiencia de la gracia, no es obstáculo para poder realizarla. Se trata por tanto de un esfuerzo que debe hacer la mujer consagrada por vivir por amor esa vida que Dios por amor le ha regalado en el misterio de la Encarnación. “Expergiscere, homo: quia pro te Deus factus est homo, Despierta, hombre, pues por ti Dios se hizo hombre (san Agustín, Discurso 185).”

Siendo el amor la clave de todo nuestro discurso, dios que por amor se hace hombre y la mujer consagrada que por amor quiere vivi resa vida que Dios le ha regalado, hemos de deternos un poco para analizar que significa este amor de Dios hacia el hombre. Este amor de Dios hacia el hombre no se detiene en el pecado del hombre. Es un amor que no sólo olvida, sino que perdona Un amor capaz de crear una nuveva creatura. Si ya Dios había creado a Adán, ahora vuelve a darle la vida con la vida de gracia, a través de la Encarnación de Jesucristo. “El amor apasionado de Dios por su pueblo, por el hombre, es a la vez un amor que perdona. Un amor tan grande que pone a Dios contra sí mismo, su amor contra su justicia. El cristiano ve perfilarse ya en esto, veladamente, el misterio de la Cruz: Dios ama tanto al hombre que, haciéndose hombre él mismo, lo acompaña incluso en la muerte y, de este modo, reconcilia la justicia y el amor.” 19 El amor de Dios se vuelve locura hasta hacerse carne de nuestra carne en Jesucristo.

La respuesta de la mujer consagrada debe ser una respuesta de amor. Quien al contemplar tan grande misterio no se mueve a hacer algo, a responder, quiere decir que no ha hecho la experiencia del amor de Dios. Que no se siente verdaderamente amada por este Dios que ha desbordado todo límite natural, hasta romper los límites humanos y ha querido ser uno como nosotros: “Y la palabra de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14). Dis ha hecho la expeienca de ser hombre en Jesucristo y nosotros podemos hacer también la experiencia de vivir la misma vida de Dios, viviendo la vida de Jesucristo.

Ya hemos dicho que vivir la vida de Jesucristo es la mejor respuesta al regalo de la gracia, esto es, al regalo de la vida sobrenatural que Dios nos ha dado en el misterio de la encarnación. Es posible por tanto hacer la experiencia de la gracia, de vivir la misma vida de Dios, ejemplificada por Jesucristo.

Vivir la vida de gracia es vivir la vida según el espíritu y no según la carne. Es pasar al plano sobrenatural, que es la dimensión que Dios nos ha regalado con la Encarnación. La religiosa se esforzará por tanto en hacer la experiencia del espíritu en la medida en que vive la vida que Cristo le ha regalado en el misterio de la Encarnación. No se trata de copiar un modo de vivir, como quien sigue una moda o un rito de vida. Es más bien interiorizar la misma vida que vivió Jesucristo hasta llegar a vivir según sus criterios, su voluntad. Es incorporar en la vida, la vida del mismo Cristo. “Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Flp 2, 5).

La mujer consagrada debe por tanto estudiar primero con el intelecto para después vivir con el corazón la vida de Cristo. Pero no cualquier vida de Cristo. No se trata de vivir sin más a un Cristo desencarnado. No debe olvidar que su vida entera se circunscribe a la llamada que ha recibido para seguir más de cerca a Cristo. La respuesta que debe dar al regalo del misterio de la Encarnanción se encuentra en esta misma dimensión, la del seguimiento de Cristo. Seguir a Cristo más de cerca es para la religiosa su respuesta al don de la Encarnación. Al seguir a Cristo, la religiosa puede copiar en su vida los mismos sentimientos que caracterizaron la vida de Jesucristo en la tierra. Un gran sentimento de adoración al Padre, que le permitía ser Hijo y seguir la voluntad del Padre. Un sentimento de compasión por los hombres que lo llevó hasta ofrecer su vida en rescate por ellos. La mujer consagrada no tiene otra misión que la de hacer presente la vdia de Cristo y sus sentimientos, en su propia vida y en sus propios sentimientos.

Esta es la tarea que le compete por amor a la Encarnación. Si el amor, como decía Salustio, es “Idem velle, idem nolle, querer lo mismo y rechazar lo mismo” 20 la mujer consagrada querrá realizar en su vida lo mismo que el Amado ha querido para ella, a saber, vivir la misma vida de Cristo. Pero en este punto se nos descubre una de las más maravillosas realidades de la vida consagrada. Si bien la escuela de Cristo es la tarea primordial y principal de la vida consagrada, este seguimiento de Cristo que tiene su especifidad en la vivencia de lso consejos evangélicos, no se realiza en forma desencarnada, en forma atípica. Cada congregación religiosa quiere seguir a Criso segñun un estilo muy definido, de acuerdo a un aspecto de Cristo que Dios ha permitido descubrir al Fundador y que éste ha podido transmitir a sus discípulos espirituales. Cada congregación religiosa ha recibido un carisma específico de manos del Fundador que permite contemplar unas características muy específicas de Cristo. Caracterísicas que son propuestas por Dios al Fundador para ser por éste transmitidas a la Congregación. De esta forma se realiza una verdadera encarnación en la mujer consagrada, en la medida que conoce su proprio carisma y lo vive en todas las dimensiones de su vida.

Porque vivir el carisma no es otra cosa que hacer la experiencia del Espíritu, según la misma definición del Magisterio de la Iglesia: “El carisma mismo de los Fundadores se revela como una experiencia del Espíritu (Evang. test. 11), transmitida a los propios discípulos para ser por ellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en sintonía con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne.” 21 Haciendo la experiencia del Espíritu la mujer consagrada toma conciencia del tipo de vida espiritual que debe llevar para vivir la misma vida de Cristo. En su carisma se encuentra por tanto el núcleo de la encarnación de la vida de Cristo que ella debe incorporar en su vida. Viviendo el proprio carisma la mujer va encarnado la vida de Cristo, de forma que deja entrever con su actuar, con sus sentimientos, con su forma de vivir la vida, la misma vida de Cristo. El carisma se convierte por tanto en una guía clara, segura y objetiva del misterio de la Enacrnación para la vida consagrada.

Es una guía clara porque el carisma encierra el camino para vivir la vida de Dios, quien ha transmitido al fundador, mediante la experiencia del Espíritu una forma de vivir la vida cristiana. Este camino se traduce en una espiritualidad muy concreta, con unos medios espirituales muy objetivos que permitirán a las religiosas llevar a cabo su propia experiencia personal del Espíritu y así poder vivir la misma vida de Dios, la misma vida del Espíritu.

Es una guia segura porque viene corroborada por la Iglesia y por los frutos de santidad y de bien que la congregación o el instituto han llevado a cabo a lo largo de su historia. Esta seguridad no recae tanto en la santidad de las personas cuanto en la aprobación que la Iglesia, a nombre de Jesucristo ha dado al carisma que se traduce en unas formas de vida que han quedado plasmadas en las constituciones. Dichas constituciones se convierten por tanto en una guía segura para hacer la experiencia personal del Espíritu, que permitirá a cada mujer consagrada encarnar en su vida la vida de Cristo.

Y por último es una guía objetiva del misterio de la Encarnación porque no deja lugar a interpretaciones subjetivas en la vivencia de la vida espiritual que pueden originar desviaciones del ideal que se quiere alcanzar, esto es, vivir la misma vida de Cristo. Si bien es cierto que la vida consagrada no coarta la libertad personal y no quiere formar personalidades truncas o incompletas, también es necesario integrar a este discurso al hecho de que pueden darse desviaciones. La mujer consagrada hace presente a Cristo entre los hombres en la medida en que ella se despoja de sí mismo, como Cristo se vació de sí mismo, para vivir sólo la vida de Cristo. El mismo Cristo que conocio, vivió y amó el Fundador.

NOTAS

1 Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Europa, 28.6.2003, n. 7.
2 Congregación para los Institutos de vida consagrada y Sociedades de vida apostólica, El servicio de la autoridad y la obediencia, 11.5.2008, 13b.
3 El Concilio Vaticano II no ha sido el que ha generado los problemas en la Iglesia, sino la acogida que del mismo, algunos grupos han tenido, como lo ha explicado Benedicto XVI en su discurso del 22 de diciembre de 2005: “Surge la pregunta: ¿Por qué la recepción del Concilio, en grandes zonas de la Iglesia, se ha realizado hasta ahora de un modo tan difícil? Pues bien, todo depende de la correcta interpretación del Concilio o, como diríamos hoy, de su correcta hermenéutica, de la correcta clave de lectura y aplicación. Los problemas de la recepción han surgido del hecho de que se han confrontado dos hermenéuticas contrarias y se ha entablado una lucha entre ellas. Una ha causado confusión; la otra, de forma silenciosa pero cada vez más visible, ha dado y da frutos.”
4 Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 16.
5 José Rivera, José María Iraburu, Síntesis de espiritualidad católica, EDIBESA, Madrid 2003, p. 114.
6 “Ordenándose ante todo la vida religiosa a que sus miembros sigan a Cristo y se unan a Dios por la profesión de los consejos evangélicos, habrá que tener muy en cuenta que aun las mejores adaptaciones a las necesidades de nuestros tiempos no surtirían efecto alguno si no estuvieren animadas por una renovación espiritual, a la que, incluso al promover las obras externas, se ha de dar siempre el primer lugar.” Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965, n. 2e.
7 “Para poder promover la vida espiritual, la autoridad deberá cultivarla primero en sí misma a través de una familiaridad orante y cotidiana con la Palabra de Dios, con la Regla y las demás normas de vida, en actitud de disponibilidad para escuchar tanto a los otros como los signos de los tiempos. «El servicio de autoridad exige una presencia constante, capaz de animar y de proponer, de recordar la razón de ser de la vida consagrada, de ayudar a las personas encomendadas a vosotros a corresponder con una fidelidad siempre renovada a la llamada del Espíritu».” Congregación para los Institutos de vida consagrada y Sociedades de vida apostólica, El servicio de la autoridad y la obediencia, 11.5.2008, n. 13a.
8 Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est, 25.12.2005, n. 1.
9 Benedicto XVI, Discursos, 22.5.2006.
10 “(…) en los decenios sucesivos al concilio Vaticano II, algunos han interpretado la apertura al mundo no como una exigencia del ardor misionero del Corazón de Cristo, sino como un paso a la secularización, vislumbrando en ella algunos valores de gran densidad cristiana, como la igualdad, la libertad y la solidaridad, y mostrándose disponibles a hacer concesiones y a descubrir campos de cooperación. Así se ha asistido a intervenciones de algunos responsables eclesiales en debates éticos, respondiendo a las expectativas de la opinión pública, pero se ha dejado de hablar de ciertas verdades fundamentales de la fe, como el pecado, la gracia, la vida teologal y los novísimos. Sin darse cuenta, se ha caído en la auto-secularización de muchas comunidades eclesiales; estas, esperando agradar a los que no venían, han visto cómo se marchaban, defraudados y desilusionados, muchos de los que estaban: nuestros contemporáneos, cuando se encuentran con nosotros, quieren ver lo que no ven en ninguna otra parte, o sea, la alegría y la esperanza que brotan del hecho de estar con el Señor resucitado”. Benedicto XVI, Discursos, 7.9.2009.
11 Antonio Furioli, Preghiera e contemplazone mistica, Ed. Marietti, 2001. (No existe traducción del libro en español).
12 Para nuestras consideraciones tomaremos como base el artículo 4 del capítulo primero de la primera parte del libro de Adolfo Tanquerey, Compendio di Teologia Ascetica e Mistica, Desclée & Co., Paris 1927, p. 42 – 54.
13 Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est, 25.12.2005, n. 10.
14 Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 14.
15 Opus.cit.
16 Ps.-Dionigi., De eccl. Hierarchia, c. I., n.3, P.G. III, 373.
17 Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 16.
18 Luis F. Ladaria, Teología del pecado original y de la gracia, Biblioteca de autores cristianos, Madrid 1993, p.297.
19 Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est, 25.12.2005, n. 10.
20 Salustio, De coniuratione Catilinae, XX, 4
21 Sagrada Congregaciónpara los religiosos y los Institutos seculares, Mutuae relations, 14.5.1978, n. 11.

Autor: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net