El amor de Dios se plasma en Jesucristo
Es preciso que este conocimiento de la presencia de Cristo eche profundas raíces en ti.
 
16. El amor de Dios se plasma en Jesucristo
16. El amor de Dios se plasma en Jesucristo

Dios no se ha contentado con decirte que te amaba; un día en el tiempo, se ha hecho hombre: un ser como tú, de carne consciente y de sangre.

No necesitas haber hecho estudios superiores para comprender lo que es un hombre. Basta que te sientas vivir, amar y llorar. Un hombre nace, vive y pasa por la tierra, y es Dios: Jesús de Nazaret, hijo de María, hijo de Dios. Si tienes alguna experiencia del Dios tres veces santo, no puedes menos de maravillarte, asombrarte, pasmarte ante este misterio de Jesús.

Es un ser que es enteramente Dios, sin ninguna reserva ni matiz. Es un ser que es enteramente hombre, sin ninguna reserva y sin ninguna merma de su humanidad: “No es tan sólo un hombre que nace en Belén, que trabaja en Nazaret, habla a las multitudes en Palestina, que grita de miedo en Getsemaní, que muere en Jerusalén: es Dios que nace, trabaja, habla, grita y muere” .. Jesús realiza el enlace de Dios con el hombre y del hombre con Dios. Y para ello le basta existir, no necesita hacer más. Es ciertamente el amor de Dios para contigo lo que se plasma en Jesucristo.

Recibe en tu corazón al Verbo encarnado y escudriña sin descanso el misterio de su persona. Pídele a menudo que te sumerja en el corazón de Dios y en el corazón del hombre. Cuando tocas a Jesucristo por la fe, descubres la verdadera dimensión de tu ser de hombre transformado en casa de Dios.

Desde que Cristo ha plantado su tienda en medio de nosotros, algo ha cambiado radicalmente en el corazón del mundo. La humanidad ha entrado en Dios y Dios ha penetrado en la realidad terrestre hasta el corazón del cosmos. En Jesucristo, la presencia de Dios irradia al centro del mundo, pero sobre todo al corazón del hombre. No se puede ya hablar de Dios sin hablar del hombre, ni hablar del hombre sin nombrar a Dios. Por eso ningún hombre nace sin Cristo”, dirá san Jerónimo.

No llegarás a tu plena realización como hombre si no te insertas cada día más profundamente en el misterio del hombre perfecto que es Cristo, y por él en el misterio trinitario. En Jesús, encuentras no solamente al Padre, sino que entras en comunión con todos tus hermanos en sus aspiraciones hacia Dios.

Muy a menudo, contrapones oración y vida, servicio de Dios y servicio a los hombres, contemplación y acción. El día que hayas logrado todas las dimensiones del misterio de Cristo, dejará de haber oposición. Desde que Dios ha encontrado al hombre en Jesucristo, ya no hay nada profano (etimológicamente: pro-fanum = delante del templo, fuera del templo), puesto que Dios ha salido precisamente del Templo, de su “morada celeste”, para vivir en el corazón de su creación. Está ahí presente y vivo en esa masa de lo cotidiano que tú modelas con más o menos éxito. Viviendo en plenitud tu tarea de cada día y tu relación con los demás, te incorporas sin cesar a Cristo y por él al Padre. Ahora debes encontrar a Jesús en tu vida de cada día, en tu trabajo diario, en el amor a tu hermano.

En la oración, arrodíllate en presencia del Padre y con una súplica que no cese nunca, pídele que comprendas que “Cristo habita en tu corazón por la fe” (Ef. 3 ,17). Cree en su presencia en ti, dice la Regla de Taizé, aunque no experimentes ninguna resonancia sensible. Utiliza todos los requisitos de tu persona para elevar esta oración al Padre pues debes ser habitado por el Espíritu de Jesús. Luego, al mismo tiempo, el Espíritu Santo te dará luz y fuerza para comprender “cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento” (Ef 3, 18-19).

Es preciso que este conocimiento de la presencia de Cristo eche profundas raíces en ti. Es el único objeto y el único fin de la oración. Si pasases todo el tiempo de tu oración pidiendo esta gracia, aceptarías los puntos de vista de Dios sobre ti. Sábete que esto que pides así con esta insistencia responde al deseo del Padre. El Padre espera que tengas tus manos abiertas y suplicantes para depositar en ellas a su Hijo.

Autor: Jean Lafrance | Fuente: Catholic.net