Dios y el hombre en Jesucristo
Adentrarse en el misterio insondable del amor de Dios.
 
Dios y el hombre en Jesucristo
Dios y el hombre en Jesucristo

Actualmente se nos hace caer en la cuenta de que hablamos bastante del amor que nosotros debemos tener a Dios — es el primer mandamiento suyo– y se nos habla mucho menos del amor que Dios nos ha tenido y nos tiene a los hombres. Y tendría que ser al revés. Cuando se conoce bien y se tiene metida muy adentro la convicción de que Dios nos ha amado primero y que desde un principio nos ha llamado al amor, entonces es cuando empezamos a sentir el amor de Dios en nuestros corazones y nos entregamos sin reservas al Dios que es amor, que se nos ha dado por amor y que nos llama al amor eterno.

Nuestra reflexión de hoy quiere adentrarse en el misterio insondable del amor de Dios que, en Jesucristo, se ha hecho hombre para que el hombre llegue a ser Dios.

¿Es posible que la historia de Dios se haga historia del hombre? ¿Es posible que la historia del hombre llegue a ser historia de Dios? En otras palabras, ¿es posible que Dios se meta de tal manera en el hombre, que Dios sea hombre realmente? ¿Es posible que el hombre se meta en Dios hasta llegar a ser Dios?

Cualquiera diría que hoy nos subimos hacia las alturas más de la cuenta, cuando en realidad lo que hacemos no es otra cosa que comentar la Biblia en lo que tiene de más grande, de más profundo, de más misterioso, de más consolador, de más tierno, de más hermoso.

Toda la Biblia no nos dice otra cosa sino que ese Dios tan grande y tan inmenso se ha hecho un hombre, y que un hombre se ha hecho nada menos que Dios.

El Dios grande se ha hecho hombre muy pequeño. Y el hombre tan pequeño ha llegado –como quien no dice nada– a ser esto: Dios.

Éste es el misterio de Jesucristo. Dios se hace hombre en Jesucristo. Y el hombre se hace Dios –participante de la vida de Dios– cuando se inserta en Jesucristo.

Dios, por Jesucristo –nacido de una Mujer conocida, una Mujer de nuestra raza–, se ha metido en nuestra historia de hombres, nacido en un lugar concreto, en un tiempo determinado, hecho hombre perfecto en todo.

El hombre, en Jesucristo, se ha hecho Dios, y todos los hombres hemos llegado a ser Dios porque Jesucristo nos ha metido con Él en la misma vida de Dios.

Con una afirmación semejante, tenemos para volvernos locos de admiración y de felicidad. ¿Tan pequeño es Dios, que es como yo? ¿Tan grande soy yo, que soy como Dios?…

Esto no lo entiende ningún pagano, ni tan siquiera algunos otros creyentes que adoran al verdadero Dios, como un judío o un musulmán. Sólo el cristiano entiende la Palabra de Dios en toda su dimensión, y se atreve a decir:
– ¡Dios vive en mí, escondido en mi corazón! ¡Yo vivo en Dios, hecho partícipe de su misma vida divina dentro de mí!

Jesucristo ha sido quien ha unido estas dos cosas tan imposibles de anexionar: Dios y el hombre. Los dos, como el estaño y el cobre, se han hecho una pieza de bronce irrompible, porque Dios será siempre hombre, y el hombre será siempre Dios…

Esta es la maravilla de la Encarnación del Hijo de Dios. El Hijo de Dios se hizo hombre en el seno de una Mujer, para que el hombre llegara a ser Dios.

Ante este misterio, caemos de rodillas adorando pasmados el amor de Dios. ¿Qué necesidad tenía Dios de llegar a esto? Ninguna. Sólo el amor ha podido llevar a Dios a semejante condescendencia. Y entonces viene el preguntarse:
– ¿Quién no amará a semejante amador?…

Metido Dios en nuestra historia, en nuestra vida de cada día, cambia del todo nuestra manera de ser y de comportarnos. Jesucristo, el Dios hecho hombre, nos ha hecho a nosotros capaces de llevar una existencia como la de Dios.

Vivimos, trabajamos, comemos, dormimos, gozamos y sufrimos como el mismo Dios, que se empeñó en llevar nuestra misma manera de vivir.

Morimos como murió el mismo Dios.
Resucitamos a una vida nueva como resucitó el mismo Dios después de muerto.

Llevamos en nosotros el mismo Espíritu Santo, como lo llevaba y nos lo dio Jesucristo el Resucitado.

Reinaremos en la gloria de Dios como reina Jesucristo, inmortales por una eternidad inacabable.

En Jesucristo nos hemos encontrado Dios y los hombres a fin de llevar Dios nuestra vida y nosotros la vida de Dios.

El cristiano, que sabe esto, ¿puede tomarse la libertad de llevar una vida que no sea digna de Dios?…
El cristiano, que sabe que tiene el mismo destino de Dios, es decir, la misma gloria y felicidad de Dios, ¿puede jugar con su salvación?…

Señor Dios, tu grandeza es inmensa. Tu poder no tiene límites. Tus días son incontables. Tu hermosura es inimaginable.

Pero tu amor sobrepasa toda medida y toda comprensión. ¿Tú tan pequeño como yo, para hacerme yo en ti tan grande como Tú?…
Si me faltases Tú, ¿qué sería para mí todo lo demás? Si te poseo a ti, ¿todo lo demás qué me importa, si me sobra todo?…

Autor: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net