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Conocer, amar e imitar a Jesucristo
El amor nuestro a Jesús empieza siempre por el amor de Él a nosotros.
 
Conocer, amar e imitar a Jesucristo
Conocer, amar e imitar a Jesucristo

Pocas horas antes de morir, y en un arrebato sublime, dijo Jesús a Dios su Padre:
– ¡Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y al que Tú has enviado, Jesucristo!

En Jesucristo tenemos, pues, la vida eterna si le conocemos a fondo, si nos damos a Él con toda el alma, si nos apasionamos por su Persona adorable, si Jesucristo llena nuestra mente y nuestro corazón las veinticuatro horas del día.

Porque no se trata de conocer simplemente, como conocemos la naturaleza del agua, cuando decimos que es un átomo de oxígeno y dos de hidrógeno; o cuando decimos que conocemos a una persona porque la hemos visto alguna vez y sabemos que se llama Quimet o Marialina…

No se trata de eso, sino del conocimiento en el sentido de la Biblia: un conocimiento profundo, que lleva a darse con todo el amor a la persona querida.

Nos damos cuenta de que Jesucristo nos ama, y entonces nosotros le amamos también hasta la locura si es preciso. El amor nuestro a Jesús empieza siempre por el amor de Jesucristo a nosotros. Al sabernos amados, empezamos a amar.

Nos pasa a todos como a esa muchacha encantadora de corazón virginal. No ha amado hasta ahora más que a compañeras tan inocentes como ella. Pero apenas ha descubierto en la mirada y en una palabra de aquel chico que él la quiere, de repente se convierte en una amante y una enamorada llena de pasión.

Una de esas santas jóvenes modernas, como Isabel de la Trinidad, nos dio una lección inolvidable. La muchachita se pasa ante el Sagrario ratos y más ratos, quieta, sin hablar nada, con la mirada fija en un punto, como queriendo atravesar el metal. Una señora que la ve siempre así, le suelta:
– Pero, váyase. ¿Qué hace aquí tantos ratos sin hacer nada?
Y la jovencita, que hoy está ya en los altares, responde con acento conmovedor:
– ¡Ay, señora! ¡Es que nos queremos tanto!…
Una contestación como ésta de la Beata Isabel deja asombrado al sicólogo más agudo y le llena de envidia al teólogo más sabio…

El conocimiento de Jesús nos lleva al amor a Jesús; pero el amor, a su vez, nos lleva al conocimiento cada vez más hondo de Jesucristo.

Nos debe pasar como a las mamás. Una mamá, por ignorante y sencillita que sea, conoce a su hijo con una profundidad que nos deja pasmados. El amor es quien le ha llevado a ese conocimiento tan único que solamente las madres tienen y entienden.

En este caso, no podemos ni imaginar a alguien que haya conocido a Jesús como María. El conocimiento y el amor de María a Jesús llegó a unas profundidades indecibles.
Así nosotros con Jesús: si le conocemos, le amaremos; pero si le amamos, le conoceremos cada vez más profundamente y más íntimamente.

No tendrá nadie que decirnos cuáles son los pensamientos de Jesús, pues nos los sabremos de memoria.

Nadie tendrá que explicarnos cómo siente y ama Jesús, pues tendremos los mismos sentimientos que Él, como nos pide San Pablo.
Ninguno habrá de darnos lecciones sobre la vida, gestos, gustos y querer de Jesús, porque estaremos compenetrados completamente con todo lo suyo.

Se podrá preguntar: ¿Y cómo llegar a este conocimiento y a este amor de Jesucristo?
Digamos ante todo que es gracia de Dios. Pero una gracia que Dios no niega a nadie que la busca y la quiere. Una gracia que Dios Padre la concede con una complacencia única. Querer conocer y amar a Jesús es atraerse el amor del Padre de una manera irresistible, como nos dice Jesús:
– Quien me ama será amado de mi Padre.

Ante todo, pues, pedir a Dios este conocimiento de Jesús.

Después, estudiarlo, sobre todo en el Evangelio. Quien lee el Evangelio hasta aprendérselo de memoria, llega a compenetrarse del pensamiento y de los sentimientos más íntimos de Jesucristo.
Pero, más que todo, lo que interesa es la contemplación. Ratos y ratos en oración, sobre todo ante el mismo Jesús presente con nosotros en la Eucaristía, es el medio máximo para conocerlo de manera vivencial –existencial, como decimos hoy– que se traduce en amor y en ansias incontenibles de hacer algo por Él, en la oración, en la caridad o en el apostolado.

Cuando así pensamos y así hablamos de Jesucristo, por fuerza tenemos presente su Resurrección. Sin ella, Jesucristo sería un personaje de la Historia que no nos diría nada. Pero ahora, ¡Jesús vive!, y está con nosotros, y nos acompaña, y podemos hablar con Él familiarmente como los mejores amigos. La fe en la Resurrección nos resulta fundamental. Por ella Jesús, no sólo está allá arriba en las alturas a la diestra de Dios. Está con nosotros, haciéndose presente en todo nuestro caminar…

¡Jesucristo, Señor!
Nosotros, por gracia tuya, te conocemos y te amamos. Te amamos y nos damos a Ti. Nos damos a Ti y queremos hacer algo por Ti y por el Reino.

¡Y qué dicha al saber que así tenemos ya la vida eterna!…

Autor: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
El camino corto a la Santidad: conocer, amar e imitar a Jesucristo
Sin temer reducir el contenido de la santidad cristiana podemos afirmar que el principio práctico fundamental, que puede inspirar todo nuestro esfuerzo y actuación es el siguiente: conocer, amar, e imitar a Jesucristo.
 
El camino corto a la Santidad: conocer, amar e imitar a Jesucristo
El camino corto a la Santidad: conocer, amar e imitar a Jesucristo


Sin temer reducir el contenido de la santidad cristiana podemos afirmar que el principio práctico fundamental, que puede inspirar todo nuestro esfuerzo y actuación es el siguiente: conocer, amar, e imitar a Jesucristo.

Dios, en quien creemos, a quien amamos y en quien esperamos, es el que ha revelado a su Hijo Jesucristo; lo ha revelado en plenitud, haciéndose personalmente visible y encontrable por los hombres, Hombre Él mismo y a la vez el mismo Dios. Él es el punto de referencia concreto, la fuente de toda búsqueda de Dios, y el término de lo que buscamos. Él nos admite a la amistad con Dios; Él es Dios que nos busca para salvarnos y hacernos santos como Él es santo. En Él somos hijos del Padre, como Él es Hijo.

Con San Pablo el cristiano exclama: «No ha sido dado al hombre otro nombre bajo el cielo en el cual pueda salvarse». La predicación de los primeros apóstoles, tal como la leemos en los Hechos de los Apóstoles y en las cartas apostólicas, resume esta certeza, que para ellos era una evidencia, una luz clarísima: Jesucristo es el Salvador, Hijo de Dios, Dios mismo entre nosotros, el único que ha sido capaz a través de su cruz y resurrección de levantar al hombre del pecado y de la muerte y admitirlo a la vida divina, a la amistad con Dios.

San Juan termina su Evangelio diciendo que «estas cosas han sido escritas, para que vosotros creáis que Jesús es el Mesías y para que, creyendo tengáis vida en su nombre».

El Papa después de dos mil años no deja de recordarnos que abramos las puertas de nuestro corazón a Jesucristo, porque en Él se encuentra la salvación.

Por lo tanto de una manera práctica todo camino espiritual en el cristianismo se puede centrar en lo que es más esencial: conocer, amar e imitar a Jesucristo.


1.Conocer a Jesucristo

La primera necesidad es la de conocer cada día más a Jesucristo, hasta llegar a poseer íntimamente la ciencia y la sabiduría de Jesucristo. Es un conocimiento que significa llegar a pensar, querer y sentir como Jesucristo.

No es un conocimiento de un estudioso, adquirido en libros, con el raciocinio y de tipo especulativo. Es un conocimiento de experiencia espiritual, adquirida por medio de la fe y del amor a Jesucristo. Tal conocimiento es fruto más de la iluminación del Espíritu Santo que de nuestro esfuerzo personal, y se adquiere por gracia de Dios en la oración, en la lectura y reflexión sobre el Evangelio, en la relación personal del alma con Jesucristo, en las múltiples circunstancias de la vida.

Hay que proponerse alcanzar este conocimiento y a la vez con humildad saber esperar la gracia de Dios. No resignarse a vivir sin una experiencia personal del Señor, sin una clara conciencia de conocerle, y sin entender su ejemplo y su mensaje. Hay que merecer esta gracia con nuestro esfuerzo y perseverancia en la oración y en el sacrificio. Jesucristo no niega la gracia de revelarse al corazón que le busca con humildad.


2.Amar a Jesucristo

El mismo Espíritu Santo que nos revela el rostro de Jesús nos abre a su amor, nos hace saborear su amor maravilloso, suscitando una profunda y amorosa relación con El.

El amor a Jesucristo, cuando es verdadero, en la experiencia de los santos, tiene estas características:

a) es amor real

Es amor que se manifiesta no solamente en las palabras y en los deseos, sino sobre todo en las decisiones y en la conducta. La medida del amor es la vida: «si me amáis cumplís mis mandamientos», dijo el Señor. Los apóstoles nos recuerdan muchas veces en sus escritos que este amor es ante todo vida concreta.

b) es amor personal

Es amor que se dirige a la persona de Jesucristo, resucitado y viviente a la derecha del Padre, realmente intercesor para cada uno de nosotros, que sigue presente con su acción salvadora en el mundo por medio del Espíritu Santo. Una experiencia de encuentro con esta persona divina, que sepa reconocer y con la cual puedo dialogar, misteriosa, pero realmente. Sentir su amor personal hacia mí, y expresar mi amor personalmente a Él.

c) es amor apasionado

Es amor que envuelve todos los sectores de mi personalidad, y penetra todas las facultades, de tal manera que sea una verdadera “pasión”, que todo lo que haga en la vida sea con Él y para Él, y según Él. El amor de Cristo cuando es verdadero, es totalizante.

d) es amor fiel

Un amor que se renueva cada día, y que crece y madura en las circunstancias de la vida, sin venir a menos, ni caer en la rutina. Un amor que cada día se enamora de nuevo.


3.Imitar a Jesucristo

Cuando hablamos de las características del amor a Jesucristo ya mencionamos la necesidad de que no se quede en palabras y deseos, sino que baje a la vida, sea real. Es decir, cuando el amor a Cristo es verdadero induce a configurarse con Él, a imitarle en lo que Él es, en su manera de actuar y a aplicar los criterios de vida que son propios suyos. «Si quieres ser perfecto -dijo el Señor al joven que le admiraba y quería demostrarle su amor – ve, vende lo que tienes, luego ven y sígueme». Así Jesús invita a sus discípulos a seguirle (“Ven y sígueme”), y a compartir su mismo estilo de vida, y a imitarle.

Jesús muchas veces tiene que ser paciente, porque se da cuenta que sus discípulos no captan sus criterios, y con bondad vuelve a explicar y corregir los errores, hasta que logren imitarle.

Es la fuerza del Espíritu Santo, dijo Cristo a sus discípulos, la que nos ayuda a configurarnos con Cristo y poderle seguir en todo, poder obrar las mismas cosas que Él ha hecho y aún mayores.

Esto significa en concreto esforzarse seriamente (sabiendo que es la gracia de Dios la que puede lograr el resultado) en vivir como Cristo, en pensar, en sentir, en querer y en obrar como El.

Esta imitación paisa necesariamente por la cruz y la purificación: «quien quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame».


4.El amor a Jesucristo implica el amor a los hombres

El conocimiento, amor e imitación de Jesucristo, no se queda en un trabajo individual, de perfección personal. Jesucristo no se reduce a nuestro pequeño yo, sino que abarca a todos los hombres, y aún a toda la creación. Quien se acerca a Cristo de verdad, se siente implicado con este amor universal. Se abre con generosidad a los hermanos, y a todos los hombres y abraza a toda la creación con el amor de Dios. No lo hace de manera teórica, sino en un compromiso práctico de vivir amando y donándose a todos, especialmente a los que más podrán extender el Reino, a quienes luchan denodadamente por conquistar, formar y lanzar al apostolado, y a los más necesitados. Explica y entrega el amor de Dios a todos.

5.El ejemplo de María

María se puede poner como el ejemplo más acabado de conocimiento, amor e imitación de Jesucristo.

Especialmente podemos ver cómo María vivió todas las características esenciales del amor a Cristo, de una manera clara y excelente.

Para María el amor hacia Dios y hacia Jesucristo fue verdaderamente real: no podemos decir que María se perdió en palabras y discursos vanos. Ella comprometió su vida, actuó según la voluntad del Padre, y entregó todo su ser de una forma práctica a la misión redentora del Hijo, colaborando en todo lo que Dios le pidiera. Sus únicas palabras han sido registradas en orden a la acción y a la entrega. Ante el ángel que le pedía aceptar en su seno al Hijo de Dios, respondió: «hágase en mí según tu palabra». A los servidores durante la cena de Caná recomendó lo mismo: «Haced lo que Él os diga». Y cuando alaba a Dios, en el cántico del “Magnificat”, se alegra por las acciones maravillosas que el brazo poderoso de Dios ha hecho en favor de la salvación de los hombres. Para Ella amor real significó obediencia y disponibilidad total a la voluntad de Dios.

María vivó más que nadie un amor personal hacia Dios y su Hijo Jesucristo. Un amor tan personal que le permitió ser la persona de confianza de Dios, a la cual reveló a sí mismo en totalidad, moró en su ser como en ninguno más, se hizo Hijo de ella. Una relación tan especial que sólo Ella puede conocer. Es la relación personal, única que tiene el alma que está abierta a Cristo, que es de confianza de Cristo.

Esta relación personal le llevó a conocerle más allá de las formas oficiales, de las palabras, de la misma cultura y mentalidad de su tiempo. Los Israelitas de su tiempo no conocían a Dios de la manera como la Virgen le conoció, ni siquiera lo podían imaginar. Ha sido una relación personal, y tan verdadera que ella supo aceptar, confiar, que era auténtica, aun siendo la única que poseía tan gran secreto de Dios y de su Hijo Jesucristo.

La presencia auténtica, real y personal de Dios, de Jesucristo, le hizo superar la soledad tan total en se podía encontrar ante esa realidad revelada solamente a Ella. María recibiría un gran consuelo humano al ver como esa fe en Jesucristo Hijo de Dios, se iba revelando también a otros hombres, y que muchos más recibían la gracia de conocer la revelación que al comienzo llevó Ella sola como un secreto en su corazón.

María vivió un amor apasionado hacia su Hijo Jesucristo, porque le comprometió todas las fibras de su ser, hasta las más íntimas: su cuerpo, su mente, su corazón, su psicología, sus sentimientos y su fuerza pasional. Cuánto cambió su vida la presencia de Jesucristo, cuánto se dejó implicar totalmente con Él, con su misión; cuánto sufrió por Él y con Él; cuánto se alegró en su alma por Él, por su presencia, por su resurrección: «se alegra mi alma en Dios mi salvador».

María también fue fiel, siempre fiel, la más fiel. Dios pudo fiarse totalmente de Ella, y le confió lo más importante y delicado, a su mismo Hijo. Fiel hasta los pies de la Cruz, y fiel para siempre.

Además la presencia de un amor tan grande para con Dios en María, la abrió al amor infinito hacia los hombres: después de la anunciación se pone en seguida al servicio de su prima Isabel, a la cual anuncia la venida del Salvador, y le manifiesta su alegría porque Dios ha venido a salvar a los hombres; es decir su pensamiento se dirige a todos los demás. En Caná demuestra esta gran sensibilidad hacia las necesidades de los demás, y casi fuerza a su Hijo Jesucristo a demostrar la finalidad de su venida en este mundo: la salvación de los hombres. Y debajo de la Cruz, recibe del mismo Jesucristo la misión de ser Madre de todos los hombres, tarea que no deja de desempeñar con infinita solicitud.

María, llena de amor, no dejaba de asimilar las enseñanzas que recibía de Jesucristo, y cada día le conocía más. Y no dejaba de esforzarse para imitarle, para ser una verdadera discípula de su Hijo, a quien conocía bien como Hijo de Dios.


6.La humildad, la caridad, y el cumplimiento de la misión

Los puntos principales en que Jesucristo nos pide que le imitemos son la humildad y el amor de caridad vividos en el cumplimiento cabal de la misión. Los dos son opuestos al egoísmo, porque la humildad es la muerte del propio yo egoísta, del hombre viejo, del hombre de pecado, de la soberbia. Mientras que la caridad es la entrega a Dios y a los hombres.

Estas virtudes constituyen, en pocas palabras la senda principal de toda santidad. No podemos imaginar a un santo soberbio, ni a un santo egoísta y cerrado a los demás. Donde quiera que haya algo de Dios y de Jesucristo, deben estar estas dos virtudes. Puede que haya muchos más defectos, pero estas dos virtudes garantizan la presencia de Dios, e incluso favorecen la superación de los demás defectos. La santidad no es la autoperfección, sino el desprendimiento de sí mismos para entregarse a Dios y al prójimo. Cuando Jesucristo nos dijo que le imitáramos lo expresó con estas palabras: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón».

a) La humildad y el amor en Jesucristo

Jesucristo es el modelo más grande de humildad:

-En la encarnación hay un misterio grande de humildad y de amor. San Pablo cuando escribe a los Filipenses, para animarlos a vivir la caridad entre ellos y practicar la humildad, les pone el ejemplo de Jesucristo, que cuando se hizo hombre por amor nuestro, por nuestra salvación se puso a nuestro servicio, pensó más en nosotros que en Él mismo, nos consideró más que a Él mismo. La humildad y el amor son dos facetas de la misma actitud. Dice así San Pablo:

«No hagáis nada por rivalidad y vanagloria; sed, por el contrario humildes y considerad a los demás superiores a vosotros mismos. Que no busque cada uno sus propios intereses, sino los de los demás. Tened pues los sentimientos que corresponden a los que están unidos a Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no consideró como cosa codiciable el ser igual a Dios. Al contrario, se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo, y se hizo semejante a los hombres. Y en su condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz». (Fil. 2,3-8)

Esta humildad y este amor, en el acto de la encarnación de Cristo, están dirigidos por supuesto en primer lugar a Dios Padre, en cuanto Hijo de Dios e hijo del hombre, y en este contexto de amor y sometimiento al Padre realiza el amor, sometimiento y servicio a los hombres. El que se rebela y es soberbio hacia Dios, difícilmente sirve y ama a los hombres, si no es por algún interés personal. El amor y respeto verdadero hacia todo hombre nacen solamente del alma desprendida y llena de Dios. Esta actitud hacia el Padre, ha sido recogida en las palabras de la carta a los Hebreos:

«Por eso al entrar en este mundo, dice Cristo: no has querido sacrificio ni ofrenda, pero me has formado un cuerpo; no has aceptado holocaustos ni sacrificios expiatorios. Entonces yo dije: Aquí vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad. Así está escrito de mí en el capítulo del libro… Por haber cumplido la voluntad de Dios, y gracias a la ofrenda que Jesucristo ha hecho de su cuerpo una vez para siempre, nosotros hemos quedado consagrados a Dios» (Heb 10, 5-7.10).

Las circunstancias de su nacimiento hablan claramente de esta elección de humildad, desprendimiento y servicio al hombre: «no vine a ser servido, sino a servir», dirá Jesús mismo a sus discípulos. No quiso para sí ni honores ni comodidades. Sólo un poco de paja. Pero resplandeció como luz de cometa en la noche de la oscuridad de este mundo.

-La humildad y la caridad brillaron de manera especial, en su pasión y muerte. San Juan nos dice que Jesucristo era perfectamente consciente de enfrentarse a la muerte de cruz, y lo quiso hacer por amor, sabiendo que así, según una eficacia divina que supera nuestras posibilidades de explicación, liberaría a la humanidad del pecado y de la muerte y entregaría la vida divina a cada nombre. «Jesús sabía que había llegado la hora de dejar este mundo para ir al Padre: Y él, que había amado a los suyos, que estaban en el mundo, llevó su amor hasta el fin» (Jn 13,1).
Su aniquilación en la muerte es el signo supremo, más intenso, el esfuerzo de amor más total que tuvo Cristo hacia la humanidad.

b) Jesucristo cumplió así su misión

Leemos en los Evangelios que estando Cristo crucificado, los fariseos y la gente le gritaba que demostrara su poder bajando de la cruz. Allí Él superó toda tentación de soberbia, de vanagloria, de poder para sí, y eligió una vez más su rebajamiento para cumplir la misión que el Padre le había señalado y servir. Él hubiera podido hacerlo, tanto que los mismos fariseos lo reconocían, puesto que había resuelto situaciones aún más difíciles para otros, como resucitar muertos. Y en esa misma circunstancia Jesucristo tiene palabras de perdón hacia los que lo están crucificando: «Padre perdónales, porque no saben lo que hacen». Y al ladrón que estaba crucificado al lado suyo, que representaba a la humanidad pecadora, le perdona todos sus pecados y le abre las puertas de la felicidad eterna. Para eso Él estaba muriendo, por amor, para salvar, para dar vida a los muertos.

Y más que nunca su sometimiento y su amor es ante todo hacia el Padre, a quien está obedeciendo para realizar el plan de salvación de los hombres, y en las manos del cual se abandona confiadamente: «Padre no se haga mi voluntad, sino la tuya»; «Padre en tus manos encomiendo mi espíritu»; «Todo está cumplido».
Es este sometimiento y este amor al Padre la raíz de todo amor a los hombres, del servicio y estima de sus hermanos los hombres hasta la entrega de su vida.

Considerando la humildad y la caridad que Jesucristo vive obedeciendo al Padre y cumpliendo así su misión de Redentor, estamos ante el núcleo de su mensaje, de lo que Él quiso expresar con su vida y sus palabras, cuando estuvo entre nosotros. Y esto es el núcleo de la santidad cristiana: conocimiento, amor e imitación de Cristo. Imitación en la caridad y en la humildad y en el cumplimiento de la misión.

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