Anunciar explícitamente a Jesucristo
Encontrarse con Cristo, cambia sus vidas
 
Anunciar explícitamente a Jesucristo
Anunciar explícitamente a Jesucristo

1. ALGUNAS REALIDADES QUE ADVIERTO

Muchos católicos se están alejando hacia otras religiones, en particular a confesiones y sectas protestantes. Tal problema no es tan simple. Pero algunos de ellos dicen que, hasta que se cambiaron, encontraron a Jesucristo. De hecho, los hermanos separados empiezan con la predicación sencilla: “Acepta a Jesucristo como tu Salvador personal, y serás salvo”. Esto también lo oímos decir a quienes se adhieren a movimientos como la renovación en el Espíritu Santo. Encontrarse con Cristo, cambia sus vidas.

Yo mismo, cuando voy a las comunidades, insisto mucho en el Kerigma. Anuncio explícitamente a Jesucristo como único Salvador. Veo que el pueblo tiene hambre de conocerlo y seguirlo. Me pregunto pues: ¿Por qué no saciamos esa hambre? ¿Por qué callar su Nombre y su Persona?

¿Por qué no darle a Jesucristo el lugar que le corresponde? ¿Por qué no poner siempre la Eucaristía como centro de toda reunión? ¿Por qué callar el Kerigma? Es verdad que en las culturas ya están las “Semillas del Verbo”, pero ¿Por qué quedarnos sólo en ellas sin anunciar que la plenitud de la Revelación está en Cristo?

2. ILUMINACIÓN

Ciertamente que el testimonio de vida es fundamental, pero se requiere “el anuncio explícito, adaptado a las diversas circunstancias y constantemente actualizado” (Ev Nuntiandi 29). Hace falta anunciar que Cristo es el camino, la verdad, la vida; que Él es Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero…”. Aunque no falte quien diga que eso de “Dios de Dios…” es incomprensible para la gente, yo noto que los sencillos lo entienden muy bien.

¿No será esto una imposición o violencia contra la libertad religiosa? ¿Para qué anunciar el Evangelio si lo que salva es la rectitud de corazón? ¿No bastan las “Semillas del Verbo” esparcidas por el mismo Señor? ¿Para qué evangelizar a los indígenas, cuando ellos viven mejor que nosotros?

Son frases que se escuchan hoy por doquier. Es verdad que toda imposición es una violencia a la conciencia de los otros. Pero proponer la verdad evangélica y la salvación que ofrece Jesucristo, y hacerlo con respeto y sin coacción, lejos de ser un atentado contra la libertad religiosa, es un homenaje a esta libertad, a la cual se ofrece la elección de camino que incluso los no creyentes juzgan noble y exaltante. Es un derecho y un deber en todo evangelizador proponer la verdad de Cristo; y es un derecho de todos el recibir el anuncio de la Buena Nueva de salvación que es el mismo Cristo. Jesucristo se identifica con el Reino, y callarlo sería una vergüenza.

El Apóstol Juan dice: “Todo aquél que reconoce a Jesucristo, Palabra de Dios, hecha hombre, es de Dios. Todo aquél que no reconoce a Jesús, no es de Dios, sino que su espíritu es del anticristo…. ¿Quién es el que vence al mundo? Sólo el que cree que Jesús es el Hijo de Dios… Dios nos ha dado la vida eterna y esa vida está en su Hijo. Quien tiene al Hijo, tiene la vida; quien no tiene al Hijo, no tiene la vida” (1 Jn 5, 5.11-12).

Los Apóstoles dicen convencidos: “Él es la piedra angular. No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos… No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hechos 4, 11-12. 20). “No cesaban de enseñar y anunciar la Buena Nueva de Cristo Jesús cada día en el Templo y por todas las casas” (Hechos 5, 42).

Algunos de los muchos textos del apasionado Pablo nos indican lo mismo: “Si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo” (Rom 10,9). “Nosotros predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios… No quise saber entre ustedes sino a Jesucristo, y éste crucificado” (1 Cor 1,23-24; 2,2). “¡Ay de mí, si no predicara el Evangelio!” (Ib 9,16).

“No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos de ustedes por Jesús” (2 Cor 4,5). “Somos embajadores de Cristo, como si Dios mismo los exhortara por medio de nosotros” (Ib 5,20). “Vivo, pero no soy yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20). “Sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en ustedes” (Ib 4,19). “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bienes espirituales, en los cielos, en Cristo” (Ef 1,3). “A mí, el menor de todos los santos, me fue concedida esta gracia: la de anunciar a los gentiles la inescrutable riqueza de Cristo” (Ib 3,8)… “Hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud en Cristo” (Ib 4,13).

“Para mí la vida es Cristo” (Filp 1,21). “Lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura con tal de ganar a Cristo” (Ib 3,7-8). “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Ib 4,13). “El es imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación… El es también la Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia… Dios tuvo a bien hacer residir en El toda la Plenitud” (Col 1,15.18-19). “Hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús” (1 Tim 2,5). “Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo” (2 Tim 4,2).

Los papas han insistido mucho en esto. Basta por ahora recordar lo que nos dijo Benedicto XVI, al inicio de su pontificado: “¡No teman! ¡Abran, más todavía, abran de par en par las puertas a Cristo!…quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada -absolutamente nada- de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera… ¡No tengan miedo de Cristo! Él no quita nada y lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abran, abran de par en par las puertas a Cristo y encontrarán la verdadera vida”.

Los obispos, en Aparecida, nos dicen: “Aquí está el reto fundamental que afrontamos: mostrar la capacidad de la Iglesia para promover y formar discípulos y misioneros que respondan a la vocación recibida y comuniquen por doquier, por desborde de gratitud y alegría, el don del encuentro con Jesucristo. No tenemos otro tesoro que éste. No tenemos otra dicha ni otra prioridad que ser instrumentos del Espíritu de Dios, en Iglesia, para que Jesucristo sea encontrado, seguido, amado, adorado, anunciado y comunicado a todos, no obstante todas las dificultades y resistencias.

Éste es el mejor servicio – ¡su servicio!- que la Iglesia tiene que ofrecer a las personas y naciones” (No. 14). “Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo” (No. 29). “Conocer a Jesucristo por la fe es nuestro gozo; seguirlo es una gracia, y transmitir este tesoro a los demás es un encargo que el Señor, al llamarnos y elegirnos, nos ha confiado” (No. 18).

3. ¿QUÉ HACER?

Primeramente estar enamorados de Cristo. Un enamorado no puede dejar de anunciar al mundo que sólo Él salva. Sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro (Aparecida 146 y 147). Lo primero es vivir por Él, con Él y en Él, pues “No todo el que dice Señor, Señor, sino el que hace la voluntad del Padre”. Seguirlo es ir con Él, apostar por Él y vivir como Él. Es vivir “conmigo, contento, trabajando”.

Ningún elemento puede faltar. Los peligros son: “vivir contentos, trabajando, pero sin Él”, “vivir con Él, trabajando, pero sin alegría”, o “vivir con Él, contentos, pero sin trabajar”. No nos hicimos cristianos para servir a los pobres, sino por el Señor, al que, luego, encontraremos en los pobres. Si no existe este fundamento en el corazón, todo se desbaratará muy pronto.

No caer en lo que algunas sectas hacen: piensan que los símbolos, mitos y ritos indígenas están llenos de supersticiones y de ignorancia. Decir esto es no conocer la fe de nuestros pueblos y condenarlos a priori. Es no conocer y apreciar su espiritualidad profunda. Lo que no se conoce se rechaza.

Hay que descubrir a Cristo en las culturas, anunciarlo explícitamente, ayudar a madurar la fe cristiana y purificar lo que no es conforme al Evangelio. El Evangelio es el criterio válido y definitivo de discernimiento, fuente de vida para nuestros pueblos. Hay que participar en los ritos, mitos y símbolos indígenas, y tratar de comprender su significado real de lo que hacen y piensan.

Hay que respetar su manera de acceder a Cristo, sus formas de asumir y expresar su mensaje. Pero también hay que presentarles a Jesucristo vivo, al Espíritu y a María. Ellos no lo rechazan, sino que lo aceptan con gozo y como fuente de liberación. Cuando los indígenas descubren la Eucaristía, le dan grande valor. Ellos le tienen mucho respeto y lo tratan con mucha delicadeza.

Anunciar el encuentro con Cristo no es espiritualismo alienante ni enajenación de los sufrimientos del pueblo. Todo lo contrario. Cuando alguien descubre a Jesús, sea de la cultura que sea, no puede menos que poner todo su empeño en que otros lo conozcan y, con la luz y la fortaleza de su Espíritu, hace cuanto está de su parte para que la realidad se transforme, como Él lo hizo: “Los seguidores de Jesús deben dejarse guiar constantemente por el Espíritu, y hacer propia la pasión por el Padre y el Reino: anunciar la Buena Nueva a los pobres, curar a los enfermos, consolar a los tristes, liberar a los cautivos y anunciar a todos el año de gracia del Señor” (Aparecida, 152).

Anunciar a Cristo no empobrece a las culturas, al contrario, las enriquece.

4. CRISTO NECESITA DE LOS JÓVENES

Hoy vivimos en una batalla de la muerte contra la vida. La vida está amenazada por fuerzas hostiles. La familia está siendo atacada, y los niños son los más frágiles. Cristo necesita a los jóvenes para que anuncien la vida. Por eso digan “Sí” a la vida. La lucha es larga y seguirá. Pongan, como dijo Juan Pablo II, su entusiasmo y sus talentos al servicio de la vida. No teman anunciar a Cristo.

La generación de jóvenes tiene que sentir el llamado urgente para la tarea “¡Ay de mí si no evangelizare!”. La Iglesia necesita de sus energías juveniles para hacer que el Evangelio de la vida penetre en las estructuras de la sociedad.

No teman anunciarlo en las calles y lugares públicos. No es momento de avergonzarse del Evangelio. Es momento de estar orgullosos de Jesucristo, y predicarlo desde las azoteas; de salir a caminos para invitar al Banquete que Dios ha preparado para su Pueblo.

El Evangelio, que es el mismo Cristo, no es para estar oculto; tiene que ser colocado en una tribuna para que el pueblo alabe al Padre. Llamen, pues, a las puertas para que compartan la libertad. La gente ansía la libertad, la luz y la vida que Cristo nos trajo en abundancia.

Que la Virgen de Guadalupe y el Santo Juan Diego nos ayuden para servir a nuestros pueblos.

Con mi afecto y bendición

+Rafael Sandoval Sandoval M.N.M:
Obispo de Tarahumara

Autor: Mons. Rafael Sandoval Sandoval M.N.M | Fuente: Catholic.net