Jesucristo concedió a su Iglesia la infalibilidad
Se expresa en declaraciones del Romano Pontífice cuando habla ex cathedra.
 
Jesucristo concedió a su Iglesia la infalibilidad
Jesucristo concedió a su Iglesia la infalibilidad

Jesucristo concedió a su Iglesia el carisma de la infalibilidad; y en ciertas ocasiones, la infalibilidad de la Iglesia se expresa en declaraciones del Romano Pontífice cuando habla ex cathedra, es decir, cuando cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre fe y costumbres debe ser sostenida por la Iglesia universal (1). Esta es la definición dogmática del Concilio Vaticano I, incuestionable para cualquier católico.

Ahora bien, hay bastantes católicos que sólo se sienten vinculados en conciencia a las declaraciones del Papa cuando éstas revisten especial solemnidad. Sin embargo, la definición dogmática del Concilio Vaticano I no menciona la solemnidad como condición necesaria para que una declaración del Romano Pontífice pueda llamarse ex cathedra. Basta que un lunes cualquiera, en cualquier lugar, el Papa como tal, se dirija a toda la Iglesia y diga con claridad: “esto” (una doctrina sobre fe o moral) debe ser sostenido por todos.

Puede arrojar luz sobre el asunto lo que el Concilio Vaticano II enseña acerca del Magisterio de los obispos. Dice que «aunque cada uno de los prelados por sí solo no posea la prerrogativa de la infalibilidad, sin embargo, si todos ellos, aun estando dispersos por el mundo, pero manteniendo el vínculo de comunión entre sí y con el sucesor de San Pedro, convienen en un mismo parecer como maestros auténticos que exponen como definitiva una doctrina en las cosas de fe y costumbres, en ese caso anuncian infaliblemente la doctrina de Cristo» (2). Hay por tanto un magisterio episcopal no solemne, no extraordinario, sino ordinario pero infalible, que se da cuando los obispos enseñan: 1°, en materia de fe y costumbres; 2°, sujetos a la autoridad del Romano Pontífice; 3°, en plena concordia entre sí; y 4°, queriendo actuar usando el grado supremo de su autoridad.

No siempre aparecen claras en la práctica las condiciones requeridas para que nos conste la infalibilidad de ese magisterio ordinario episcopal. Por ello a veces recurren al Magisterio extraordinario para evitar toda posible tergiversación y para mayor claridad (Cfr. Vat. II, LG, 25). Pero el hecho es que ese Magisterio existe como posibilidad que, sin duda, se ha realizado muchas veces en la historia de la lglesia.

EL MAGISTERIO DEL ROMANO PONTIFICE ORDINARIO E INFALIBLE

Pues bien, si el colegio episcopal es infalible no sólo cuando ejerce su Magisterio de modo extraordinario en concilio ecuménico, sino también como recuerda el Vaticano II, cuando lo ejercita de manera ordinaria disperso por el orbe católico, ¿cabe pensar que el Papa sea también infalible cuando ejerce su Magisterio ordinario, si éste es universal y supremo?.

Dos cosas hay que decir sobre este tema:

1. De la definición dogmática del Concilio Vaticano I resulta indudable la infalibilidad del Papa cuando habla ex cathedra, pero no se puede deducir de ella la infalibilidad del Romano Pontífice en su Magisterio ordinario.

2. La analogía con el magisterio episcopal de una parte, y de otra, la expresión utilizada por el propio concilio Vaticano I al afirmar que el Papa tiene la misma infalibilidad que Cristo quiso para su Iglesia, induce lógicamente a mantener que existe un Magisterio ordinario infalible del Papa.

Es esta una conclusión teológica muy de tener en cuenta y que manifiesta como altamente sospechosa la actitud de quienes se profesan “católicos” porque admiten la infalibilidad del Papa cuando habla ex cathedra, y están dispuestos – en teoría, al menos- a obedecerle en tales ocasiones, pero menosprecian su Magisterio ordinario, o no se consideran vinculados a él en conciencia. Esta actitud comporta riesgos evidentes de herejía, y siempre supone al menos ignorancia teológica.

Hay que tener en cuenta que, tal como lo definió el Concilio Vaticano I, es doctrina de fe divina y católica (dogma de fe) «Todas aquellas cosas que se contienen en la palabra de Dios escrita o tradicional, y son propuestas por la Iglesia para ser creídas como divinamente reveladas, ora por solemne juicio, ora por su ordinario y universal magisterio» (3). Es decir, es dogma de fe no sólo lo que ha sido declarado como tal por el Magisterio de modo solemne.

Por otra parte y en toda hipótesis, conviene dejar bien asentado que si el Papa, enseñando en materia de fe y costumbres a los fieles en general, no hace constar su intención de imponer la máxima obligatoriedad, es decir, si no habla ex cathedra, su Magisterio no deja por ello de ser auténtico y universal, al cual – recuerda el Vaticano II- «se debe de modo particular una religiosa sumisión de la voluntad y del entendimiento, de manera que se reconozca y reverencie ese Magisterio supremo y con sinceridad se le preste adhesión».

Es claro que no se podría imponer una religiosa sumisión del entendimiento, si las doctrinas propuestas, aunque no constituyan definiciones dogmáticas, no fueran ciertas, y aunque eventualmente mejorables, no fueran estrictamente verdaderas. Pues en los documentos doctrinales del Papa, que pueden emanar de él mismo (cartas encíclicas, o cartas y escritos con destinatarios de diversa índole) o emanar de las Congregaciones Romanas (interesando al caso sólo los documentos que llevan una aprobación específica del Papa), hemos de distinguir dos clases de aserciones:

Los principios permanentes, integrados por verdades y valores absolutos, que conservarán siempre su valor de verdad y su fuerza vinculante.

2. Las afirmaciones de connotación histórica y de carácter prudencial, que, aunque no sean falsos, pueden variar si cambian las circunstancias; de modo que si consta con claridad que las circunstancias son distintas, pierden su fuerza vinculante.

EL “ESCANDALO” DEL “CASO GALILEO”

Frente a estos principios claros, se ha hecha ya clásica la objeción que se basa en la “lamentable condena a Galileo” – propagador del sistema llamado copernicano- en tiempos del Papa Urbano VIII. Mucho habría que decir sobre el desarrollo de aquellos acontecimientos, que Juan Pablo II ha mandado investigar a fondo. Pero una cosa es cierta, que es lo más importante por lo que aquí interesa: aun admitiendo el error de la Congregación del Santo Oficio, Dios no permitió que el Papa Urbano VIII condenase públicamente una teoría que él, personalmente, pudo estimar entonces como errónea.

En rigor, “el caso Galileo” es una manifestación más de cómo el Espíritu Santo, que es en última instancia, quien gobierna la Iglesia, triunfa también sobre las limitaciones personales de los papas, y los asiste siempre eficazmente en la tarea que Cristo mismo les confió en la persona de Pedro, cuando – cercana ya su muerte, instituido el Sacrificio de la Nueva Alianza- el Señor renovó la promesa del Primado: “Simón, Simón, he aquí que Satanás os ha reclamado para cribaros como el trigo. Pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe, y tú cuando te conviertas (Jesús predice la negación y la conversión de Pedro) confirma a tus hermanos” (Lc. 22,31).

El Señor ha rogado – con su infalible oración- no para que Pedro no le niegue, sino para que su fe no desfallezca y confirme en ella a los demás Apóstoles, a todos los fieles. Pedro y sus sucesores serán roca firme y luz certísima, sin sombras, para toda la Iglesia. En cuestiones de fe y de moral, la autoridad del Papa es singular. Y no la podrían alcanzar siquiera diez mil millones de teólogos unánimes; menos aún diez mil millones de sociólogos, psicólogos, médicos, biólogos, etc. Porque la autoridad del Papa es de orden superior, y se sostiene no sobre razonamientos humanos, siempre limitados y falibles, sino en su misión divina, en la asistencia del Espíritu Santo, garantizada por la oración de Jesucristo. Tal garantía no se encuentra en nadie más; ni siquiera en los más competentes teólogos: sólo en el Papa, y en los obispos con el Papa, en las circunstancias ya señaladas.

Los teólogos también han de ser confirmados en la fe. “En efecto – advertía Juan Pablo II- , se puede conocer perfectamente la Sagrada Escritura, se puede ser docto en filosofía y teología, y no tener fe, naufragar en la fe” (5). Precisamente los artículos de la fe son el principio de la teología, y un pequeño error en el principio, al final llega a ser enorme. Y así se explican las aberrantes conclusiones a las que algunos teólogos – hoy como ayer- han llegado, cuando han prescindido del Magisterio de la Iglesia. “El sagrado Magisterio – aseveraba Pío XII en su encíclica Humani generis– ha de ser para cualquier teólogo, en materia de fe y costumbres, la norma próxima y universal d e la verdad”; y también “todos los fieles deben guardar las constituciones y decretos con que las opiniones erróneas han sido prohibidas y proscritas por la Santa Sede”.

EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA POTENCIA LA LIBERTAD

Si se entiende bien lo que llevamos dicho, resulta obvio que el Magisterio del Romano Pontífice y, en general, el Magisterio de la Iglesia tanto el extraordinario como el ordinario, no es un inoportuno intermediario entre Dios y los hombres, ni lastra el espíritu humano en el libre progreso en el conocimiento de la palabra de Dios. No nos movemos en un terreno de hipótesis, sino de realidades divinas, claramente manifestadas en la misma Sagrada Escritura. No somos los hombres quienes hemos de imponer nuestros criterios a Dios, sino que es El quien manifiesta su verdad y voluntad a los hombres. Es claro y patente que Dios ha querido fundar la Iglesia como intermediaria de la salvación y depositaria de su mensaje redentor. Lo cual, por cierto, supone una paternal providencia al preservar la palabra divina de toda interpretación subjetiva, interponiendo la garantía del Magisterio, cuya finalidad no se cifra en manipular la palabra de Dios, sino en conservarla y explicarla en toda su integridad y pureza originales, sin menoscabo de la acción inmediata del Espíritu Santo en las almas. Espíritu que es el mismo que asiste a la Iglesia en su Magisterio y del que éste recibe toda su autoridad. En otros términos: sujetarse al Magisterio es sujetarse al mismo Espíritu de Dios.

Además, el Magisterio de la Iglesia, lejos de coartar la libertad y de frenar el legitimo progreso científico, facilita la libertad para una legitima investigación, al fijar con precisión los limites de la verdad, y fomenta el avance científico al advertir los caminos ciertamente erróneos y señalar con pauta infalible nuevos e insospechados horizontes.

SIEMPRE “ROCA”; SIEMPRE “LUZ”

En las cosas que conciernen a la fe y a la moral, el Papa ha sido y será siempre roca, siempre luz. Como decía San Agustín, al instituir el primado del Romano Pontífice, Jesucristo “quiso fortalecer de antemano nuestros oídos contra los que, según El mismo advirtió, se habrían de levantar a lo largo de los tiempos, diciendo ved aquí a Cristo, miradlo allá (Mt. 24, 23). Y nos mandó que no les diésemos crédito. No tendríamos excusa alguna si no hiciéramos caso a la voz del Pastor, tan clara, tan abierta, tan palmaria, que ni el más miope o torpe de inteligencia puede decir: no he entendido” (6).

Palabras de asombrosa actualidad. El Papa, hoy Juan Pablo II, no cesa de transmitirnos la palabra de Dios en toda su pureza, con toda claridad. Recorre el mundo jugándose la vida, llenándolo de luz, disipando tinieblas, despertando esperanzas que parecían imposibles, encendiendo la fe de los jóvenes y menos jóvenes. Es muy de agradecer. Y es también una gran responsabilidad: Dios nos pedirá estrecha cuenta de cómo hemos oído al Papa de cómo lo hemos recibido, de cómo hemos dejado que penetre en nuestra mente y en nuestro corazón su palabra inequívoca, fidelísima a la enseñanza del Maestro.

El Papa es principio, fundamento y unidad de todo el pueblo de Dios. Es lógico que sea así; es de sentido común. El conocido profesor luterano W. Pannenberg, en un coloquio celebrado en una Facultad teológica española, contestaba así a una pregunta sobre el papado: “la necesidad de un ministerio de unidad en la Iglesia es algo tan evidente que las negativas protestantes no debían mantenerse por más tiempo” (7).

Pero el amor del cristiano al Papa ha de estar inspirado por la fe y el amor teologal. La recepción entusiasta, exultante – incluso clamorosa, multitudinaria- al Papa no es culto a la personalidad de un hombre excepcional, sino – como se ha dicho con acierto- “el vehículo del amor a Cristo, el amor a lo esencial o la esencialidad del amor”.

De este modo no hay que tener miedo a amar “demasiado” al Papa ni a manifestarlo con entusiasmo. Lo haríamos aunque su aspecto no fuese tan amable; aunque su mirada fuese menos tierna y no tan recio, viril, el timbre de su voz. Porque el Papa, sea quien sea – Juan o Pablo, o Juan Pablo- , es Pedro, es “el dulce Cristo en la tierra”, como decía Santa Catalina de Siena y recordaba con gratitud Juan Pablo II, en su Alocución del 14-lX-1980.

QUÉ HACER POR EL PAPA
Obras son amores. La primera obra del amor es la oración. El Papa necesita la oración de todos sus hijos. En cierta ocasión, Pablo VI abría su alma en público, exclamando: “¡Qué pesadas son estas llaves que vienen de manos de Pedro a nuestras débiles manos! ¡qué pesadas de llevar y cuanto más de manejar! ” (8). Muy dura debe de resultar la tarea, sobre todo en un mundo en el que tantas veces se suelen preferir las tinieblas del error a la luz de la verdad (9). “Rogad por mí, mis muy queridos en el Señor”, suplicaba Juan Pablo II en la catedral de Brazzaville (10).

Todos podemos facilitar la colosal tarea del Papa con nuestra oración, que tiene múltiples manifestaciones: la Santa Misa, de infinito valor; el Santo Rosario, arma poderosa contra las fuerzas del mal y vigoroso imán de la gracia divina; ratos más o menos largos de petición ante el Sagrario; horas de trabajo bien hecho, esforzado, sacrificado y ofrecido por la persona e intenciones del Romano Pontífice; etc. etc.

Todo ello con una voluntad decidida de conversión profunda, de purificación interior, para que la luz de su palabra penetre hasta el fondo del alma y despierte el hambre de Dios que todos llevamos dentro. Nada mejor para lograrlo que acudir al Sacramento de la Penitencia, sin el cual “la conversión no es plenamente auténtica” (11). Ha hablado tanto y de tal modo del valor de la confesión individual que no parece que se le pueda hacer mejor regalo al Papa que una buena confesión.

¿Cómo se podría penetrar a fondo en los misterios divinos de salvación, de gracia – de los que el Papa ha nos habla- sin estar en gracia de Dios? ¿Cómo entender el mensaje de Cristo sin la sincera disposición de poner en coherencia conducta y fe? ¿Cómo alcanzar la fortaleza necesaria sin la gracia que se dispensa sobre todo por medio de los sacramentos?.

“Mediante el Sacramento de la Penitencia – decía Juan Pablo II en su homilía en el Quezon Circle, de Manila- Jesús nos ofrece el perdón y la paz. Precisamente a causa de su importancia como Sacramento de la reconciliación, subrayé en mi primera Encíclica el derecho del hombre a un encuentro más personal con Cristo crucificado que perdona (Redemptor hominis, 20), y recomendé encarecidamente la fiel observancia de la secular costumbre de la confesión individual. Hoy quiero presentar una vez más el Sacramento de la Penitencia como un don de la paz y del amor de Cristo, y os pido que os esforcéis por beneficiaros de esta ocasión de gracia” (12).

ANTONIO OROZCO
(1) Vaticano 1. Pastor aeternus, 2; Cfr. Vaticano II, LG, 25; (2) Vat. II, LG, 25, (3) Vat. I, Dz 1792; (4) Vat. II, LG, n. 4; (5)Alocución, 24-III- 1979; (6) S. AGUSTIN, De unitate Ecclesiae, II, 28; (7) P. RODRIGUEZ, Iglesia y Ecumenismo, Madrid 1979 p. 221; (8) PABLO V I, Aloc., 18-VII- 1965; (9) Jn (10) JUAN PABLO II Hom., 5-V-1980; (11) JUAN PABLO II, Hom., 28-VIII-1980; (12) JUAN PABLO II, Hom., 19-II-1981.

Autor: Antonio Orozco