¿Un Cristo revolucionario y violento?
La Iglesia siempre estará tentada de aliarse con los poderosos, pudientes…y los cristianos también estarán tentados a ir al templo a lucirse, hombres y mujeres.
 
¿Un Cristo revolucionario y violento?
¿Un Cristo revolucionario y violento?

Cuando los vientos de guerra se sienten cerca, o habrán llegado a tocar tierra, hasta el momento de escribir mi mensaje, estoy pensando en Cristo con un látigo en la mano, expulsando a los vendedores del templo, y pensando en el Sr. Bush que se cree el gran libertador, no de su nación sino de la mismísima Irak, esperando que cuando las tropas estadounidenses entren a aquella nación puedan ser aclamadas cOmo las fuerzas de la paz, como los que además llevan alimentos y medicinas, pero después de haber destruido cuanto consideraron como la semilla del mal y de la discordia.

Qué mal se ve un hombre que se cree poseedor de la verdad total y se siente al mismo tiempo el único que puede ser árbitro y juez del destino de las naciones y del mundo. Suba nuestra oración por la paz de nuestro mundo y de todos los que habitamos este planeta tierra.

Pero volvamos nuestra mirada a Cristo que o al principio o al final de su vida pública puso sus ojos en el Templo de Jerusalén para purificarlo, y con una parábola viviente, hacernos llegar la idea de que él es el único templo donde podemos adorar hoy al Dios de los cielos que él nos ha revelado como el Buen Padre Dios.

No resisto la tentación de describir a través de José Luis Descalzo, la visión del Templo que pudo ser observada por Jesús. Después de describirnos la situación de las gentes que en una especie de banco cambiaban la moneda circulante por la única moneda permitida en el templo, después de describir los tenderetes de sal, de harina, de aceite o incienso para las ofrendas; luego de describir el espectáculo donde se entremezclaban las gentes con las ovejas, los toros y las palomas para el sacrificio; después de describirnos el nauseabundo olor del sacrificio de 250,000 corderos que según Flavio Josefo se sacrificaron en un solo día en la pascua del año 70, el autor nos dice:

“Es fácil comprender la impresión que cualquier creyente sincero probaba al cruzar el pórtico de Salomón. Llegaba allí con el corazón apretado por la emoción, con el alma cargada de plegarias, sus pies cansados se sentían de pronto, felices de pisar la casa de su Dios. Y de pronto todos sus sentidos se sentían agredidos. El olor a estiércol mezclado con el punzante de las especias: el griterío de los vendedores revuelto con los balidos de los corderillos, los mugidos de los carneros arrastrados hacia el sacrificio, el sonar de los esquilones de los vendedores de monedas, los chillidos de la pajarería y los arrullos de las palomas: y el agitarse de la multitud – banqueros, revendedores, corredores, ganaderos, plateros, provincianos – moviéndose como una enorme gusanera…

El peregrino sentía que el alma se le caía a los pies, que todos sus sueños de oración alimentados durante el camino chocaban cruelmente contra la sucia realidad. La amargura llenaba el alma de los más pusilánimes, la cólera invadía a los mejores. Sobre todo cuando pensaban que lo que nació como un servicio a los peregrinos se había convertido en la casa de Mammon en la que –como escribe Papini- los hombres materializados, en complicidad con los sacerdotes, en vez de orar en el silencio del espíritu, traficaban allí con el estiércol del demonio”.

No hay necesidad de decir mas, para darnos cuenta del conflicto que Jesús sentiría en su interior al ver el Templo de Jerusalén rodeado de tanto negocio en torno al altar, sede del Altísimo, lugar de oración.

No fueron tanques de guerra ni un gran ejército lo que necesitó Cristo para poner orden entre todos los vendedores, sino un simple cordel a manera de látigo para volcar las mesas de los cambistas y echar fuera a los los animales que en su estampida armaron la trifulca de los siglos.

Los evangelistas fueron sumamente cuidadosos de dejar constancia de que ningún hombre sufrió en su persona, que Cristo no descargó ningún latigazo sobre alguno de ellos, pero tenemos que remarcar que los latigazos sí cayeron sobre Cristo un poco después cuando fue aprendido y subido a la cruz.

No sabemos si al día siguiente los vendedores volvieron a ocupar su lugar, para berrinche de Cristo. Pero la acción que aparenta tanta violencia no fue tanto, sino más bien un grito a tiempo para prevenir a los dirigentes y al pueblo mismo de dos cosas:

En primer lugar, que el templo que se había convertido en un lugar propio y exclusivo de los judíos, que amenazaban de muerte a cualquier extranjero que se atreviera a cruzar el umbral, no tenía mas sentido de existencia, pues a Dios no puede aprisionársele en un solo lugar ni para sólo una nación, sino que Dios es para todos los hombres, y no para unos cuántos. Cuando Cristo grita: “mi casa es casa de oración”, añade “para todos los pueblos” citando expresamente al profeta Isaías, 56, 3 – 8: “A los extranjeros que se alleguen para servirle y amar su nombre, a todo el que se adhiere a mi pacto, yo les llevaré a mi monte santo, y los recrearé en mi casa de oración. Sus sacrificios y sus holocaustos serán gratos a mi altar, porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos”.

Y segundo, cuando Cristo grita, pero sin descomponer su semblante ni sus vestiduras, sin odio en sus facciones, “Ustedes han convertido mi casa en una cueva de ladrones”, no se estaba refiriendo precisamente a las gentes a las que acababa de desalojar, pues los ladrones roban fuera, y luego van a refugiarse en una cueva, sino a todos los que llegaban a convertir el templo en un lugar de refugio para tapar u ocultar los pecados, las injusticias que cometían fuera. Un culto con el que se pretendía camuflar una vida de pecado y de injusticia.

Y esta vez, también estaba Cristo citando a otro profeta muy conocido, Jeremías: “Así dice el Señor: no pongáis vuestra confianza en palabras engañosas diciendo: “Oh Templo de Yahvé, templo de Yahvé,… si no oprimís al peregrino, al huérfano y a la viuda, si no vertís sangre inocente, si no vais tras de dioses extraños.. entonces yo permaneceré con vosotros en este lugar… cuando hagáis esas cosas, no digan: Ya estamos salvos, para hacer luego todas esas abominaciones. ¿Es acaso esta casa, donde se invoca mi nombre, una cueva de bandidos a vuestros ojos?”

Y cuando le preguntan a Cristo la razón de su actitud, sus cartas credenciales, Cristo habla con una de esas frases desconcertantes a que tenía acostumbrados a sus enemigos y a quienes se acercaban con falaces intenciones: “Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré”. Se rieron de él, pero en el fondo comprendieron que los días del templo de Jerusalén estaban contados, pues el único sacrificio aceptable al Padre, sería el de su Hijo Jesucristo, lo que haría inservibles para el sacrificio, desde entonces, a las palomas, los corderos y los toros.

Las conclusiones las podrán hacer mejor que yo mis lectores: la Iglesia siempre estará tentada de aliarse con los poderosos, con los comerciantes, con los pudientes, haciendo un culto hueco, vacío, unas ceremonias muy bonitas, con muchas flores y pasillos y alfombras, pero los cristianos también estarán tentados del ir al templo a lucirse, hombres y mujeres, a lucir ahora incluso su propia desnudez, denotando una desnudez del alma que requiere ser recubierta por Cristo con la vestidura de su gracia y de su sangre.

Tu amigo el Padre Alberto Ramírez Mozqueda