Jesucristo

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Browsing Posts published in febrero, 2010

Juan Chapa

Entre los diversos evangelios apócrifos que aparecen mencionados por los Padres y antiguos autores eclesiásticos se encuentra el denominado Evangelio de Judas. De él San Ireneo, en su tratado Contra las herejías, 1,31,1, escribe: «Otros declaran que Caín obtuvo su ser del Poder de lo alto y reconocen que Esaú, Coré, los Sodomitas y ese tipo de personas están relacionadas entre sí. Por eso —añaden ellos— han sido asediados por el Creador, aunque ninguno ha sufrido daño. Pues la Sabiduría tenía la costumbre de llevarse lo que le pertenecía desde ellos a ella misma. También dicen que Judas el traidor estaba muy familiarizado con estas cosas y que él solo, sabiendo la verdad como ningún otro, llevó a cabo el misterio de la traición. Por su culpa, dicen, todas las cosas, terrenas y celestiales fueron disueltas. Éstos son los que han escrito una historia ficticia al respecto, que denominan Evangelio de Judas». A él aluden también San Epifanio y Teodoreto de Ciro.

Dado que Ireneo escribe su obra el 180, el Evangelio de Judas tuvo que ser escrito con anterioridad a esta fecha, probablemente en griego, entre el 130 y el 170. De la secta de los Cainitas no conocemos más de lo que nos dice el texto de Ireneo. No se sabe si era un grupo independiente o parte de una secta gnóstica más amplia.

Muy recientemente se ha dado a conocer la existencia de un códice del siglo IV encontrado en Egipto, que contiene un texto en copto del Evangelio de Judas. El códice contiene también otros tres escritos gnósticos. Con este nuevo descubrimiento podemos saber que el Evangelio de Judas recoge una supuesta revelación de Jesús a Judas Iscariote «tres días antes de que celebrara la Pascua». Como en el caso del Evangelio de María (véase la pregunta anterior), se trata de una obra carente de cualquier contenido histórico, que utiliza el nombre de Judas para trasmitir enseñanzas ocultas a los iniciados en la secta. Después de mencionar que Jesús desarrollaba su ministerio terreno haciendo milagros y mostrándose a veces ante sus discípulos en la forma de un niño, narra un diálogo entre Jesús y los discípulos. Jesús se ríe de lo que hacen (dar gracias sobre el pan) y ellos se enfadan. Judas es el único que reacciona bien ante lo que Jesús pide y éste le dice: «Yo sé quién eres y de dónde vienes. Tú vienes del reino inmortal de Barbelo y yo no soy digno de pronunciar el nombre de quien te ha enviado» (Barbelo es la primera emanación de Dios en las cosmogonías gnósticas de tipo setiano). Siguen otros encuentros y diálogos de los discípulos y de Judas con Jesús en los que se tratan complicadas cuestiones cósmicas, y casi al final se narra cómo Jesús le dice a Judas: «Tú excederás a todos, pues tú sacrificarás al hombre del que estoy revestido». El escrito acaba diciendo qué Judas recibió dinero de los escribas y les entregó a Jesús.

Este nuevo texto tiene valor para nuestro conocimiento del gnosticismo del siglo II, pero, desde el punto de vista histórico, no aporta nada sobre Jesús y sus discípulos que no sepamos por los evangelios. Sobre todo, este manuscrito —como los otros que se han descubierto en el siglo pasado— confirma la veracidad de las informaciones que Ireneo, Epifanio y otros escritores antiguos nos transmitieron sobre los grupos gnósticos.

Francisco Varo

El Concilio I de Nicea es el primer Concilio Ecuménico, es decir, universal, en cuanto participaron obispos de todas las regiones donde había cristianos. Tuvo lugar cuando la Iglesia pudo disfrutar de una paz estable y disponía de libertad para reunirse abiertamente. Se desarrolló del 20 de mayo al 25 de julio del año 325. En él participaron algunos obispos que tenían en sus cuerpos las señales de los castigos que habían sufrido por mantenerse fieles en las persecuciones pasadas, que aún estaban muy recientes.

El emperador Constantino, que por esas fechas aún no se había bautizado, facilitó la participación de los Obispos, poniendo a su disposición los servicios de postas imperiales para que hicieran el viaje, y ofreciéndoles hospitalidad en Nicea de Bitinia, cerca de su residencia de Nicomedia. De hecho, consideró muy oportuna esa reunión, pues, tras haber logrado con su victoria contra Licinio en el año 324 la reunificación del Imperio, también deseaba ver unida a la Iglesia, que en esos momentos estaba sacudida por la predicación de Arrio, un sacerdote que negaba la verdadera divinidad de Jesucristo. Desde el año 318 Arrio se había opuesto a su obispo Alejandro de Alejandría, y fue excomulgado en un sínodo de todos los obispos de Egipto. Arrio huyó y se fue a Nicomedia, junto a su amigo el obispo Eusebio.

Entre los Padres Conciliares se contaban las figuras eclesiásticas más relevantes del momento. Estaba Osio, obispo de Córdoba, que según parece presidió las sesiones. Asistió también Alejandro de Alejandría, ayudado por el entonces diácono Atanasio, Marcelo de Ancira, Macario de Jerusalén, Leoncio de Cesarea de Capadocia, Eustacio de Antioquía, y unos presbíteros en representación del Obispo de Roma, que no puedo asistir debido a su avanzada edad. Tampoco faltaron los amigos de Arrio, como Eusebio de Cesarea, Eusebio de Nicomedia y algunos otros. En total fueron unos trescientos los obispos que participaron.

Los partidarios de Arrio, que contaban también con las simpatías del emperador Constantino, pensaban que en cuanto expusieran sus puntos de vista la asamblea les daría la razón. Sin embargo, cuando Eusebio de Nicomedia tomó la palabra para decir que Jesucristo no era más que una criatura, aunque muy excelsa y eminente, y que no era de naturaleza divina, la inmensa mayoría de los asistentes notaron en seguida que esa doctrina traicionaba la fe recibida de los Apóstoles. Para evitar tan graves confusiones los Padres Conciliares decidieron redactar, sobre la base del credo bautismal de la iglesia de Cesarea, un símbolo de fe que reflejara de modo sintético y claro la confesión genuina de la fe recibida y admitida por los cristianos desde los orígenes. Se dice en él que Jesucristo es «de la substancia del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no hecho, homoousios tou Patrou (consustancial al Padre)». Todos los Padres Conciliares, excepto dos obispos, ratificaron ese Credo, el Símbolo Niceno, el 19 de junio del año 325.

Además de esa cuestión fundamental, en Nicea se fijó la celebración de la Pascua en el primer domingo después del primer plenilunio de primavera, siguiendo la praxis habitual en la iglesia de Roma y en muchas otras. También se trataron algunas cuestiones disciplinares de menor importancia, relativas al funcionamiento interno de la Iglesia.

Por lo que respecta al tema más importante, la crisis arriana, poco tiempo después Eusebio de Nicomedia contando con la ayuda de Constantino consiguió volver a su sede, y el propio emperador ordenó al obispo de Constantinopla que admitiera a Arrio a la comunión. Mientras tanto, tras la muerte de Alejandro, Atanasio había accedido al episcopado en Alejandría. Fue una de las mayores figuras de la Iglesia en todo el siglo IV, que defendió con gran altura intelectual la fe de Nicea, pero que precisamente por eso fue enviado al exilio por el emperador.

El historiador Eusebio de Cesarea, también cercano a las tesis arrianas, exagera en sus escritos la influencia de Constantino en el Concilio de Nicea. Si sólo se dispusiera de esa fuente, podría pensarse que el Emperador, además de pronunciar unas palabras de saludo al inicio de las sesiones, tuvo el protagonismo en reconciliar a los adversarios y restaurar la concordia, imponiéndose también en las cuestiones doctrinales por encima de los obispos que participaban en el Concilio. Se trata de una versión sesgada de la realidad.

Atendiendo a todas las fuentes disponibles se puede decir, ciertamente, que Constantino propició la celebración del Concilio de Nicea e influyó en el hecho de su celebración, prestando todo su apoyo. Sin embargo, el estudio de los documentos muestra que el emperador no influyó en la formulación de la fe que se hizo en el Credo, porque no tenía capacidad teológica para dominar las cuestiones que allí se debatían, pero sobre todo porque las fórmulas aprobadas no coinciden con sus inclinaciones personales que se mueven más bien en la línea arriana, es decir, de considerar que Jesucristo no es Dios, sino una criatura excelsa.

Bibliografía: Alois Grillmeier, Cristo en la tradición cristiana: desde el tiempo apostólico hasta el concilio de Calcedonia (451), Sígueme, Salamanca 1997; Javier Paredes (ed.) y otros, Diccionario de los Papas y concilios, Ariel, Barcelona 1998.